Por qué hablan de laicismo «agresivo»

esperanto_moralPublicado en El Pais (opinión)

De los cinco modelos de relación entre el Estado y las religiones, el laico es el que mejor asegura los derechos de todos, creyentes o no. Pero la Iglesia, nostálgica del Estado confesional, intenta desprestigiarlo

El arzobispo Silvano Tomasi, observador del Vaticano ante la ONU, dijo no hace mucho (EL PAÍS, 24 de marzo de 2009) que la Iglesia está preocupada por el «laicismo agresivo» de algunos países europeos. La expresión me dejó algo perplejo. ¿Qué quería decir con eso tan distinguido clérigo? ¿Significa para él que el laicismo es en sí mismo una actitud política digna de alabanzas, y que sólo quedaría viciada si fuera defendida por métodos «agresivos»? Tal vez esté yo confundido, y el observador vaticano considere en el fondo que el laicismo es agresivo en sí mismo.

Un político cristiano que habla del papel positivo de la religión siempre se refiere a la suya

Si hay subsidios para los curas, los budistas y los musulmanes tienen derecho al mismo trato

En cualquier caso, monseñor Tomasi es un fiel representante del espíritu de su Iglesia, y sigue los pasos del actual Papa, el que fuera cardenal Joseph Ratzinger, quien en 2004 ya manifestaba una preocupación similar. El laicismo, según la argumentación de Ratzinger, estaba poniendo en peligro la libertad religiosa. Como prueba aducía el entonces cardenal el caso de un pastor protestante que, después de predicar en contra de la homosexualidad, fue condenado a un mes de cárcel. El laicismo, según Ratzinger, ha dejado de constituir un elemento de neutralidad capaz de abrir espacios de libertad para todos.

La confusión respecto a la verdadera naturaleza del laicismo alcanzó su cúspide cuando en 2007 el presidente Nicolas Sarkozy defendió la necesidad de que el laicismo dejara de alejar la nación francesa de sus raíces cristianas, de negar su pasado. Para él, una nación que ignora su histórica herencia ética, espiritual y religiosa, delinque contra su propia cultura. Y terminó defendiendo la idea de un «laicismo positivo».

Este debate manifiesta que hay una gran confusión en las sociedades europeas contemporáneas acerca de sus religiones o de su identidad secular. ¿En dónde radica el problema? En toda Europa hay ahora sociedades multirreligiosas y multiculturales. Si cada ciudadano basara sus principios morales en su pensamiento religioso, se produciría una carencia de base moral común. Los representantes de los diversos credos esperan de todos los demás que hablen en su lenguaje religioso particular. El católico, por ejemplo, piensa que si todo el mundo se convirtiera al catolicismo, tendríamos una base compartida sobre la que edificar nuestros principios. Y lo mismo ocurriría si todo el mundo se convirtiera al islam, al protestantismo o a cualquier otro credo, podrían proclamar todos los musulmanes o protestantes, etcétera.

Todo el mundo sabe que es altamente improbable que ocurra algo así. Los ciudadanos de los Estados del siglo XXI sólo tenemos una cosa en común en este sentido, ya que compartimos la manera de organizar la discusión de estas y otras cuestiones morales, y tal vez también el anhelo de polemizar pacíficamente sobre nuestras diferencias de opinión y creencias. En estas circunstancias, podríamos pensar que no hay ninguna posición mejor que la laicista para resolver las necesidades de nuestras sociedades, y que el laicismo es más útil que todos los demás modelos históricos de relación entre el Estado y la religión. ¿Cómo deberían relacionarse? Conocemos cinco modelos.

El primero es el «ateísmo político» o «ateísmo totalitario», en el que el ateísmo es la doctrina estatal. No se entiende como una convicción personal de unos individuos que piensan que Dios no existe, o que las razones para creer en su existencia no son incuestionables, sino que se convierte en la doctrina oficial del Estado, el cual trata de erradicar toda simpatía que la gente pueda sentir por las ideas religiosas y, sobre todo, por la idea de la existencia de Dios. El Estado ateo fue creado en 1917; sus ideólogos fueron Lenin y Stalin.

El segundo modelo es el del Estado religiosamente neutral o laico, en el que el Estado permanece «neutral». Admite todas las religiones, pero ninguna ocupa una posición de privilegio. El Estado no apoya la religión. No hace propaganda a favor de una u otra, ni financia públicamente ninguna Iglesia ni institución religiosa. Este modelo ha adoptado varias formas: la laicité francesa; la Wall of Separation de EE UU; el modelo turco. Ninguna de estas variedades tan diversas es necesariamente un laicismo «agresivo» (Tomasi), ni limita la libertad de expresión (Ratzinger), ni carece de dimensión «positiva» (Sarkozy). De hecho, en las sociedades multirreligiosas, no sería mala idea que el Estado fuese religiosamente neutral.

Pero, antes de sacar conclusiones precipitadas, estudiemos otras opciones. El tercero de los modelos es el del Estado «multirreligioso» o «multicultural», que trata a todas las religiones por igual porque las ayuda a todas en la misma medida. Si hay subsidios estatales para los curas cristianos, para el mantenimiento de las iglesias o la organización de sus sacerdotes, los budistas y los musulmanes tienen derecho a reclamar el mismo trato.

El cuarto modelo es el del Estado que tiene una Iglesia oficial. El Estado y la Iglesia combinan en estos casos sus fuerzas en el mantenimiento del orden público. No se suprimen las demás Iglesias, pero no tienen la prioridad que se concede a la oficial. En muchas declaraciones de los representantes de las Iglesias cristianas (incluyendo al Vaticano) se percibe cierta nostalgia de este modelo. Si un político cristiano habla del papel de la «religión» como poderoso elemento cohesionador de la sociedad, siempre se refiere a la suya, aunque evite decirlo tal cual, por no parecer políticamente incorrecto.

El quinto modelo es la teocracia, un sistema opuesto al ateísmo político pero que, paradójicamente, debe ser rechazado por los mismos motivos. En este modelo hay una religión que es favorecida por encima de las demás, que son suprimidas con brutalidad, a menudo por medio de prohibiciones legales e incluso por la fuerza. Este modelo quedó olvidado en Occidente, con algunas excepciones, hace años, pero regresó al poder en Irán a partir de 1979, y es una fuente de inspiración para los jóvenes islamistas que se sienten ajenos al orden democrático liberal de países como Holanda, Francia y España. La teocracia es tan «agresiva» (aquí el término es apropiado) y tan mala como el ateísmo político.

La discusión acerca de cuál tendría que ser la actitud del Estado en relación con las religiones debe limitarse pues a elegir entre los tres modelos intermedios: laicismo, multiculturalismo o Iglesia oficial. El problema de este último modelo es que discrimina a las religiones que no ocupan la posición privilegiada de la que ha logrado ocupar ese lugar de privilegio. En las actuales circunstancias no parece plausible que reaparezca una sociedad con un único credo religioso común a toda la población. Así que se trata de un modelo basado en la nostalgia. Por su parte, el modelo multicultural es igualitario en lo que concierne a todas las religiones pero discrimina a los no creyentes. Se olvida de la mitad de los ciudadanos de los países europeos, que no suscriben ningún credo religioso. Además, es incapaz de crear una base verdaderamente universal sobre la que construir una ética compartida, pues hoy en día la diversidad religiosa no es lo que nos une, sino lo que nos separa.

El laicismo parece pues la idea más adecuada para proporcionar una base común a todos los ciudadanos, sea cual sea su fe religiosa, y permite unirlos a todos en torno a una serie de valores, los de democracia, derechos humanos y Estado de derecho. Por supuesto que los laicistas deben cuidarse de no defender sus convicciones de manera «agresiva», según nos advierte el arzobispo Tomasi, pero sí deberíamos confiar en la posibilidad de que los países europeos encuentren una nueva identidad que no esté basada en el cada vez más evanescente pasado religioso común.

No hace falta ignorar la herencia espiritual y religiosa, como pide Sarkozy, para saber que el futuro no parece anunciar la prevalencia de una única religión compartida por todos. Los europeos haríamos bien en aceptar este hecho irrebatible, y construir Estados y sociedades basados en un modelo realista que, al propio tiempo, constituya una fuente de inspiración para todos sus ciudadanos, cualesquiera sean sus convicciones religiosas. Pensándolo bien, un Estado laicista no parece tan mala idea. Nos proporcionaría un idioma moral común a todos, un «esperanto moral» que todos podríamos ser capaces de hablar.

Paul Cliteur, catedrático de Jurisprudencia de la Universidad de Leiden (Países Bajos), acaba de publicar en España el ensayo Esperanto moral.

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Democracia vs Teocracia

Curso de Verano de la Fundación Universidad Rey Juan Carlos Aranjuez, 30 de Junio al 4 de Julio de 2008

El auge del fundamentalismo islámico, con sus acciones terroristas y su proselitismo creciente preocupa a nuestra sociedad. También preocupa, aunque en menor medida, la radicalización de las religiones con mayor arraigo en España. Por otro lado, en muchos países occidentales ha florecido con fuerza un postmodernismo que con su odio a la modernidad y su desafío al pensamiento racionalista conduce a un nihilismo que nos puede dejar desarmados. Ante el temor de que en la contienda de la «Alianza de civilizaciones» vayan a salir perjudicados la democracia y el laicismo hemos de elaborar propuestas razonables y consensuar una postura ética secularizada. 

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El caso Rushdie

Hace veinte años el caso Rushdie supuso un cisma entre la sociedad británica y su minoría musulmana. La campaña contra el libro Los Versículos Satánicos transformó el paisaje cultural y político de Gran Bretaña. La quema de libros durante las protestas y la fatua lanzada por el Ayatollah Khomeini obligó a Salman Rushdie a esconderse durante toda una década.

El caso Rushdie difería de los conflictos previos acaecidos previamente entre la sociedad británica y sus minorías. La ira musulmana no era debida a cuestiones como la discriminación o la pobreza, si no a la ofensa que las palabras de Rushdie habían provocado en los sentimientos más profundos de los creyentes musulmanes. ¿ De dónde provenía esta herida y porqué se manifestaba ahora ? Podía y debía ser mitigada esta angustia musulmana ? ¿ Cómo se vertebraba este enfado en temas políticos como los derechos y deberes ciudadanos ? Gran Bretaña no se había planteado antes este tipo de cuestiones. Veinte años después aún busca las respuestas.

Fue a través del caso Rushdie que muchos de los temas que ahora dominan el debate social y político – el multiculturalismo, la libertad de opinión, el islamismo radical – salieron a la superficie. Fue también debido a este caso por lo que nuestra opinión sobre estos temas empezó a cambiar. En la era post – Rushdie se ha afianzado el sentimiento de que en una sociedad plural es inaceptable el ofender a otras culturas o credos. En 1989 poca gente habría dudado sobre el derecho del escritor a publicar su novela. En 2005 estaba extendida la percepción de que el periódico danés Jyllands-Posten hizo mal en publicar las viñetas de las caricaturas de Mahoma. Los políticos rogaron a los medios británicos para que no las publicaran, y condenaron a otros medios europeos por hacerlo bajo el epíteto de “irrespetuosos”.

Shabbir Katar es un filósofo musulmán que se convirtió en el vocal del Consejo de Mezquitas de Bradford (GB) después de la quema de libros de Rushdie. Recomienda la auto-censura como algo valioso. Viene a decir que lo que Rushdie publica afecta a muchas personas en un mundo donde cohabitan convicciones y pasiones variadas. Muchos liberales son ahora de la misma opinión. “Si la gente comparte el mismo espacio público y político sin que haya conflicto”, menciona el sociólogo Tariq Modood, “debe evitar extralimitarse en lo que dice”.

El impacto de los atentados del 11/09 en Nueva York y del 07/07 en Londres, y la muerte del realizador holandés Theo van Gogh en 2004 han acabado de modelar el paisaje cultural. Particularmente significativa es la historia de La Joya de Medina, escrita por la periodista norteamericana Sherry Jones. La novela sobre Aisha, la esposa más joven de Mahoma, debía ser publicada por Random House el año pasado, pero después de que un académico norteamericano la describiera como “ofensiva” la editorial la desestimó. Ninguna otra gran editorial se interesó por ella. En 1989 la editorial Penguin continuó publicando Los Versos Satánicos a pesar de la fatua, las amenazas de muerte e incluso el asesinato de algunos editores y traductores. Veinte años después de la fatua de Khomeini el terror se ha interiorizado.

El novelista Hanif Kureishi, un amigo de Rushdie desde tiempos anteriores a la fatua, ha narrado extensamente la experiencia de los inmigrantes en Gran Bretaña a través de novelas como el Buda de los Suburbios y películas como Mi hermosa lavandería. Hablé con él recientemente sobre el impacto de la campaña contra Los Versos Satánicos en su propia obra y sobre la cultura británica en general.

“Nadie”, comenta Kureishi, “tendría los huevos hoy en día de escribir Los Versos Satánicos, ya no te digo de publicarlos. La escritura hoy es timorata porque los escritores están aterrorizados”.

Como Rushdie, Kureishi es un escritor que entró en el panorama literario de los ochenta explorando las relaciones entre raza, cultura, identidad y política en la Gran Bretaña de Thatcher. Pero mientras el primero nació en Bombay y su obra se encuentra modelada por la política y la cultura del subcontinente, Kureishi nació en Bromley, en el sur de Londres, fue a la misma escuela de su tan admirado David Bowie (aunque no coincidieron), y su obra está tamizada por los sonidos y ritmos de la capital británica.

La escritora Zadie Smith leyó por primera vez a los quince años la semi-autobiográfica primera novela de Kureishi, publicada en 1990. “Un ejemplar del libro circulaba por nuestra escuela a escondidas”, comenta. “Cuando me llegó mi turno me lo leí de un tirón en el patio y me perdí todas mis clases. Algo que un lector blanco daría por descontado a esa edad, el placer de leer un libro sobre alguien que se te parezca un poco, a mí no me había sucedido hasta el momento al no poderme identificar con ninguno de los personajes asiáticos que aparecían en las novelas que había leído. Los personajes de Kureishi no encajaban con el tópico despectivo habitual acerca de los asiáticos. Eran tan presumidos, listos y con una fuerte carga sexual como el mismo Kureishi”. “Yo era un paki. Toda mi familia lo era. En mi trabajo había muchos. En cambio en las películas o novelas de ese tiempo no aparecían. O por lo menos paquistaníes que yo pudiera reconocer”, afirma el autor.

Más aún que el propio Rushdie, Kureishi se convirtió en el talismán de una nueva generación de asiáticos que luchaban no solo contra el racismo, sinó contra la imagen convencional que se tenía de ellos. El escritor Sukhdev Sandhu afirma que Kureishi cambió el enfoque sobre lo que significaba ser asiático tanto por lo que respecta a él mismo como por parte de sus amigos blancos. Los asiáticos “habían sido caricaturizados previamente como sumisos y retraídos. No queríamos ser tema de debate público o fuente de problemas. No fue el caso de los personajes asiáticos de Kureishi. “El lenguaje de Kureishi fue una revelación. No era ni dócil ni manso. Más bien dinámico, divertido e informal”.

Kureishi obtuvo su primer éxito en 1985 con Mi Hermosa Lavandería. Su obra narraba la historia de amor entre un aburrido adolescente asiático llamado Omar y un muchacho anglosajón de clase obrera llamado Johnny, con el telón de fondo de la recesión económica y el racismo imperante en la Gran Bretaña de los años 80. La película contrastaba con el patrón clásico que seguían los films “étnicos” hasta la fecha, por ser divertida, chocante y sensual. Pero al mismo tiempo que abordaba temas tabú y rompía prejuicios establecidos, también resultó embarazosa para los cronistas con un enfoque tradicional en su descripción de la vida del inmigrante. Sandhu recuerda como su padre le dio un cachete después de ver la película en familia por televisión. El pobre Sandhu no sabía nada de la película excepto de que trataba sobre asiáticos. “La noche que emitieron la película barrí la alfombra, preparé un aperitivo e hice instalar a mis padres enfrente del televisor”. Las escenas de sexo gay y los desnudos, así como la inmoralidad de algunos de sus personajes (traficantes de drogas o un empresario paquistaní sin escrúpulos) disgustaron sobremanera a mis padres. Además, los mullahs tampoco salían muy bien parados. “¿Porque nos muestras semejante porquería?”, aulló el padre de Sandhu, con sus puños amenazantes. “Y eso que ya no llegaron a ver la escena en la que Omar y Johnny follan en el la lavandería”, musita Sandhu.

“Mi padre se sentía aterrado con toda razón”, comenta. El film mostraba precisamente todo aquello a lo que más temía : la ironía, la juventud, la inestabilidad familiar, o el deseo sexual. A pesar de todo le enseñó, aunque le costó unos cuantos años el asimilarlo, que no podía controlar el futuro. Y controlar – esposas, niños y dinero – era precisamente aquello que más deseaba un inmigrante asiático tradicional”.

El padre de Sandhu no fue el único ofendido. Con tres años de antelación respecto a Los Versos Satánicos de Rushdie, la obra de Kureishi provocó la ira de los islamistas. “Hubo manifestaciones en contra en New York promovidas por la Pakistani Action Group”, comenta Kureishi. Cada viernes había un centenar de hombres de mediana edad manifestándose delante del cine gritando “No homosexuals in Pakistan”.

Lo que más molestó a los críticos de Kureishi es que no tratara a sus personajes asiáticos con respeto. “Soy un hombre de negocios profesional, no un pakistaní profesional” le dice a su colega Johnny el arrendador Nasser al desalojar a un arrendatario negro. “Se trataba de un nuevo concepto sobre lo que suponía ser asiático, dice Kureishi, “más allá de la clásica noción victimista. Quería mostrar que no todos los asiáticos eran simpáticos y políticamente correctos, por lo que incluí un personaje egoísta y ambicioso muy en la onda del Thatcherismo”.

Pero la idea de victimismo no sólo resultaba muy seductora, también creó extraños compañeros de cama. “Fue la primera vez, que yo recuerde, que la Izquierda y los fundamentalistas iban de la mano”, comenta Kureishi. Los críticos islámicos dijeron que se había llamado homosexuales a todos los musulmanes y que los platos sucios se tenían que lavar en casa. I la Izquierda dijo “deberías apoyar tu comunidad en lugar de atacarla”.

A pesar del encontronazo con los islamistas Kureishi no pudo imaginar lo que más tarde llegaría con Los Versos Satánicos. “Primero leí un borrador de Los Versos Satánicos. No encontré nada escandaloso. Lo vi como un libro sobre la psicosis, la novedad y el cambio. Los 80 fueron una época de fusión – en la música, la gastronomía o la literatura. Los Versos Satánicos formaba parte de esta corriente”. Aún cuando las protestas empezaron, no las tomó en serio. “Las manifestaciones contra Mi Hermosa Lavandería ser diluyeron. Pensé que lo mismo pasaría con Los Versos Satánicos”.

Kureishi ni siquiera recuerda la quema de libros. “No fue algo que me quedara grabado”, dice. “Sólo con la llegada de la fatua me quedó claro lo peligroso que era todo. Parecía de locos que alguien pudiera ser asesinado por escribir un libro. Estaba anonadado. ¿Cómo una comunidad se podía volver en contra de una de sus más brillantes voces?”.

La fatua supuso un trauma para Kureishi, y no sólo por ser amigo de Rushdie. “Cambió el sentido de mi escritura. A diferencia de Salman a mi nunca me interesó la religión. Provengo de una familia musulmana, pero perteneciente a la clase media – intelectuales, periodistas, escritores – y muy anti-clericales. Yo era ateo, como Salman y como muchos asiáticos de mi generación. Estaba interesado en la raza, la identidad, la mezcla, pero no en el Islam. La fatua cambió todo esto. Empecé a investigar sobre el fundamentalismo. Visité mezquitas y hablé con ellos.

Seis años después de la fatua de Rushdie, Kureishi produjo The Black Album, su trabajo más relevante en la era post – Rushdie (en estos momentos prepara una versión teatral con el Teatro Nacional para este verano). Ambientada en 1989 cuenta la historia de Shahid, un solitario y vulnerable estudiante que se debate entre el liberalismo y el fundamentalismo – entre Deedee, su maestro y también amante, que le introduce en Lacan, el sexo, Madonna y Prince (el título del álbum está prestado de un álbum de Prince), y Riaz, para quien toda la música pop es decadente y quien enseña a Shahid a pregar y a ayunar.

Dos años más tarde llegó Mi Hijo el Fanático, un relato corto, del que después se hizo un largometraje, que trata sobre la densa relación entre Parvez, un taxista de Bradford que sueña en hacerse rico y en encajar en la cultura británica, y su hijo, Alí, quien se decanta por el fundamentalismo islámico para encontrar un senda de orden moral y de sentido de pertenencia. “Amo a Inglaterra”, dice Parvez a su hijo. “Te dejan hacer casi todo lo que quieras aquí”. “Ese es el problema”, replica Alí.

Los fundamentalistas en las historias de Kureishi no pertenecen a la primera inmigración. Si sus padres lamentan la pérdida de un mundo que han dejado en sus sociedades de origen, los hijos anhelan un Islam que nunca han conocido. Se trata más bien de un conflicto generacional que de un choque entre civilizaciones. La primera generación desea prosperar materialmente, mientras que la segunda busca llenar un vacío espiritual. “Creo en una cosa”, dice el padre de Shahid en The Black Album. “Se llama trabajar hasta que me arda el culo”. Cuando Alí se enfrenta a su padre por la bebida en Mi Hijo el Fanático, el padre cuenta que “durante años he trabajado más de diez horas al día, he tenido pocas distracciones y nunca me fui de vacaciones. ¿Es entonces un crimen tomarse una copa cuando te apetece ? Alí insiste en que lo es, y acusa a su padre de estar “demasiado imbuido de la civilización occidental”.

“Los fundamentalistas que conocí”, dice Kureishi, “fueron educados e integrados de un modo tan inglés como el mismísimo David Beckham. Pero pensaban que Inglaterra era un sumidero. Tenían una visión apocalíptica del futuro. Vivían en un universo paralelo. No tenían idea de cómo sería la vida en un país islámico, pero clamaban por instaurar la Sharia. Y apoyaban un Islam que hubiera disgustado a sus padres”. Kureishi recuerda la visita a la casa de Farid Kassim, uno de los fundadores de la rama británica de la corriente Hizo ut-Tahrir. “Cuatro mujeres nos trajeron la comida. Entraron en la sala de espaldas, de manera que no pudiéramos ver sus rostros. No he visto nada parecido en ningún otro lugar”.

El caso Rushdie, valora Kureishi, transformó no sólo su manera de hacer las cosas, si no que influyó en la manera de hacerlas para el resto de la población, escritores incluidos. La fatua creó un clima de terror y miedo. Los escritores tenían que pensarse dos veces lo que estaban haciendo. La libertad de expresión se convirtió de nuevo en un tema de debate cuando parecía algo ya totalmente superado. Los liberales tuvieron que dar un paso adelante para defender algo que por obvio y por supuesto ni se habían planteado con anterioridad. ¿Cómo les ha ido ? Los ataques a Rushdie demostraron que las palabras pueden ser peligrosas. También demostraron que el pensamiento crítico es más importante que nunca, y que necesita ser protegido ante la blasfemia, la inmoralidad y el insulto. Pero la mayoría de la gente y de los escritores agachan la cabeza, prefieren tener una vida sin sobresaltos. No quieren una bomba en la puerta de su casa. Han sucumbido al terror”.

Kenan Malik

Publicado en http://www.kenanmalik.com/essays/prospect_kureishi.html

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Entrevista a Dale McGowan, autor de «Parenting beyond belief»

Nací y me crié en Los Ángeles, pero durante dos años viví en Atlanta. Calificar este cambio de aires como shock cultural sería tomarlo demasiado a la ligera. En mi lugar de trabajo mi única compañera de oficina era una Baptista del Sur que después de averiguar que crecí sin religión alguna decidió que su misión sería el convertirme. Una de sus preguntas era “¿Cómo puedes tener moral sin Dios? Y si tienes hijos, entonces qué ? Cómo podrán saber ellos la diferencia entre el bien y el mal ?”. De nuevo a salvo en Los Ángeles, sus preguntas aún me rondaban en la cabeza. No dudo ni me arrepiento de mi decisión de permitir a mis hijos el ser libres de crear su propio sistema de creencias, pero me inquieta que haya tanta gente que piense que la única manera de dotarse de principios morales sea a través de la creencia en lo sobrenatural. Ocasionalmente me pregunto si mis hijos llegarán a pensar que por este hecho les falta algo en sus vidas al ver que sus compañeros de clase asisten a templos, sinagogas, mezquitas o iglesias mientras que ellos no.

Dale McGowan, autor de Parenting Beyond Belief : On Raising Ethical, Caring Kids Without Religion, ha escrito un libro que pretende cerrar esta laguna, y este mes, su secuela, Raising Freethinkers : A Practical Guide for Parenting Beyond Belief sale a la venta. Reproducimos a continuación una entrevista con este autor.

– L.J. Williamson para The Examiner

Parenting Beyond Belief es el primer libro para padres no religiosos ?

Hay algunos libros excelentes sobre como educar a tus hijos sin la religión, pero se trata de ediciones reducidas y poco extensas, donde no se abordan tantos aspectos. En este sentido, Parenting Beyond Belief sí que sería el primer libro publicado por una gran editorial donde ampliamente se aborda este tema. Y afortunadamente no va a ser el último !. Una segunda parte titulada Raising Freethinkers : A Practical Guide for Parenting Beyond Belief, se encuentra ya disponible desde Febrero pasado.

Cómo es de extensa la audiencia para este tipo de libros ?

Enorme y no para de crecer. En 1980 el 8% de los norteamericanos se identificaban como no religiosos. En 2002 este porcentaje había crecido hasta el 14,1%. Existe una demanda potencial de un mínimo de 7 millones de padres no religiosos que actualmente educan a sus hijos con unos recursos didácticos de apoyo insuficientes. Se estima además que 10 millones de padres “nominalmente religiosos” darían la bienvenida a un libro secular de estas características. Cómo es de diferente Raising Freethinkers respecto al primer libro ? En Parenting Beyond Belief se presentaba de forma general en qué consiste una educación secular por parte de los padres. Raising Freethinkers ofrece consejos y prácticas más específicas, incluyendo respuestas a las 100 preguntas más comunes formuladas por padres no religiosos, más de 100 propuestas de actividades familiares y un catálogo con más de 200 libros recomendados, DVDs, organizaciones y sitios web donde seguir encontrando ideas y respuestas.

¿Por qué los padres no religiosos necesitan este tipo de contenidos específicos para ellos ?

La religión tiene mucho que ofrecer a los padres : una comunidad establecida, un abanico de valores ya predefinido, ritos de paso, medios para generar admiración y sorpresa, respuestas confortables a las grandes preguntas y consuelo ante la pérdida de seres queridos. Parenting Beyond Belief demuestra que se pueden obtener estos beneficios sin los efectos dañinos de la religión. También pretende mostrar a los padres no religiosos que a menudo se sienten aislados que mucha otra gente comparte sus valores.

No creo en la existencia de un Dios sobrenatural, pero me considero a mi mismo religioso en un sentido más liberal. ¿Es este un libro para mí ?

El subtítulo “sin religión” se refiere a la definición de religión más comúnmente aceptada : “creer, obedecer y adorar a un poder divino creador que rige el universo” (Webster´s New 20th Century). Para entendernos, se refiere a la religión deística. No se refiere obviamente a la definición más amplia de religión como abanico de creencias, valores y actitudes utilizada por ejemplo por Unitarian Universalism. Por lo tanto si usted es un padre que educa a sus hijos sin la idea de la existencia de un Dios sobrenatural, ni en base a revelaciones divinas o textos sagrados, este libro también está pensado para usted.

Usted menciona los “efectos dañinos de la religión”. ¿Cuáles son estos efectos ?

El hecho de cuestionarse honestamente algo en las religiones monoteístas ya de por sí no está permitido. Aquellos con una mentalidad de “nosotros contra ellos” que se han atrincherado en unos “valores” en los que el miedo a Dios, al pecado, a la duda y a la diferencia son los instrumentos utilizados en la educación, creen que el respeto al principio de la autoridad no se puede enseñar de otra forma, y mucho menos permitiendo que los niños desarrollen su propio juicio.

¿Estos libros pretenden que los padres religiosos dejen de serlo ?

No del todo. Estos libros son un recurso para aquellos padres que ya han decidido educar a sus hijos sin religión (que no sin valores). Incluso muchos lectores religiosos han alabado el tono de estos libros por fomentar la coexistencia y no el conflicto. Cualquier cosa que ayude a los padres a ser mejores educadores más allá de sus creencias es algo bueno.

¿Cómo no puede uno creer en Dios cuando … (rellenar el espacio) ?

Una buena pregunta, pero este no es el tema. Aunque el libro incluya un ensayo con los argumentos clásicos a favor y en contra de la creencia religiosa, este no es nuestro objetivo principal – y si dedicamos nuestro tiempo argumentando sobre lo que es no creer nunca llegaremos al tema que nos ocupa, el de la educación. Los lectores que deseen sumergirse en estos temas y sus maravillosas preguntas deberían dirigirse a otras magníficas obras ya escritas donde se exploran estas cuestiones tan trascendentales como son el tener creencias religiosas o dudar de ellas. Mi libro es para aquellos que ya han investigado o reflexionado sobre estos temas y han decidido que la religión no es para ellos.

¿Cuál ha sido la acogida de Parenting Beyond Belief ?

Muchos de aquellos que estaban preocupados de que fuera un libro “anti-religioso” han mostrado su agradable sorpresa después de leerlo. “Remarkably even hended” es una respuesta común. A pesar de que algunos de los que han participado en el libro son muy críticos con la religión, otros continúan sintiendo afecto por ella. La primera frase del ensayo de Julia Sweeney, por ejemplo es : “Me gustó ser católica”. Otros recomiendan a los padres seculares que lean literatura religiosa para que empaticen con los creyentes y sepan discernir las cosas buenas de la religión – no sin dejar de concienciar y alertar a los creyentes de la necesidad de depurar su religión de los elementos de odio, ignorancia y división que también pueden emanar de las creencias religiosas. De lo que se trata es de hacer ver que el libro pone en evidencia que tanto los creyentes como los no creyentes comparten muchos de sus valores. Al igual que los creyentes, los no creyentes también aprecian el amor, la honestidad, la bondad o la generosidad, se sienten atraídos por aquello que resulta prodigioso o por lo misterioso, buscan consuelo en los momentos en que pierden a un ser querido, y cuidan y valoran a sus amistades. Queremos que nuestros hijos sean bondadosos y tengan una moral ética. A pesar de todo, las encuestas indican que los no creyentes son la minoría que generan mayor desconfianza y miedo en los EEUU. Este miedo es infundado – y este libro puede tranquilizar a aquellos creyentes que sientan miedo de aquellos que no lo son. Lo que deseamos ambos grupos para nuestros hijos demuestra que lo que nos une es mayor que lo que nos desune.

¿Estos libros no adoctrinan también, pero en una dirección distinta ?

El valor principal del libre pensamiento es el derecho del individuo a pensar por sí mismo. El adoctrinamiento de cualquier tipo deniega este derecho. Los padres instalan valores en sus hijos, pero cada individuo elije el marco en el que esos valores se desarrollarán. Los niños no deberían ser etiquetados de manera alguna. Parenting Beyond Belief y Raising Freethinkers subrayan la importancia de mantener a los hijos abiertos y “no declarados”, de manera que puedan libremente cuando sean mayores identificarse con el marco de referencia que hayan elegido.

¿Los participantes en el libro están de acuerdo en todo ?

Parenting Beyond Belief practica lo que predica ofreciendo diversas opiniones. Qué otro libro hubiera contado con dos sacerdotes y Penn Gillette ? Hay hasta un apartado de réplica – contrarréplica en el que dos autores debaten sobre como tratar el tema de Santa Claus. Este es precisamente el modelo que queremos presentar a nuestros niños – no una versión cerrada, si no un sano, abierto y amistoso intercambio de ideas y la invitación a que sea uno mismo quien decida. Los cuatro participantes en Raising Freethinkers siguen esta misma filosofía.

¿Qué temas trata ?

Parenting Beyond Belief empieza con ensayos personales escritos por padres seculares como Julia Sweeney, Penn Jillete y Richard Dawkins, seguidos por capítulos titulados Living with Religion, Holidays and Celebrations, Being and Doing Good, Meaning and Purpose, Dealing with Dead, Questioning, the Wonder of Science, and Seeking Community. Raising Freethinkers sigue un marco parecido pero ofrece un acercamiento más práctico, centrado en unas 100 preguntas muy comunes, 100 actividades y el listado de más de 200 recursos alternativos donde encontrar más información para padres no religiosos.

¿Cómo pueden los niños tener moral sin ser religiosos ?

Ambos libros tienen capítulos específicos sobre este tema tan recurrente. Comportarse bien tiene sentido, y la mayoría de la gente lo hace porque tiene sus razones – también los que siguen ciertos mandamientos. El psicólogo Dr. Jean Mercer contribuyó con un ensayo en PBB describiendo los seis niveles que se dan en el proceso del desarrollo de la moral. Los niños tienen tendencia a moverse hacia los niveles más altos y adquirir una moral más juiciosa si aprenden los principios racionales del comportamiento ético en lugar de confiar únicamente en el principio de autoridad parental o de las sagradas escrituras.

Afrontar el tema de la muerte debe ser todo un reto.

Siempre ha sido así. Incluso aquellos que creen en otra vida lloran en los funerales y tratan de retardar todo lo posible su propia muerte. No hay mayor reto para un ser humano que saber que la vida tiene un final. Pero un número creciente de gente se ha dado cuenta de que para alcanzar la madurez del individuo hay que aceptarlo, en lugar de creer que no nos vamos a morir. Que la vida tenga un final es precisamente lo que la hace tan preciosa. En Parenting Beyond Belief se incluyen muchos razonamientos extraídos de la Filosofía que pueden servir de consuelo.

¿Qué podría reemplazar al Cielo como instrumento de consuelo de cara a la muerte ?

No olvide que junto a la esperanza que trae consigo el Cielo también está el miedo al Infierno. El racionalismo exime a ambos. Nuestro miedo a la muerte tiene mucho que ver con nuestro fracaso a la hora de asumir la no existencia – algo por otra parte que todos hemos “experimentado” antes de nacer. En ese momento no tuvimos miedo. Porqué tenemos miedo de retornar a ese estado sin miedo alguno ?. El Reverendo y Dra. Kendyl Gibbons ha escrito un maravilloso ensayo para el libro, muy práctico, de cómo hablar a los niños sobre la muerte sin acudir a ilusiones supra naturales.

¿Qué hace un sacerdote en un libro sobre como educar a los niños sin religión ?

De hecho hay dos. Kendyl Gibbons es un sacerdote según la clasificación de la Unitarian Universalist. Mucha gente perteneciente a esta categoría que se describe a sí misma como humanistas (46%) o ateos (19%) quieren también para ellos los beneficios de pertenecer a una comunidad religiosa. La experiencia del reverendo Kendyl en el trato con familias seculares en el momento de la pérdida de algún ser querido se hace muy evidente en su escrito. Junto a ella en el libro también aparece la Rev. Dra. Roberta Nelson, quien escribe sobre la necesidad de tener una cultura religiosa. Además el co-autor de Raising Freethinkers es Jan Devor, un educador unitario humanista religioso.

¿No es importante para los niños sentirse parte de algo ?

Claro que lo es. Afortunadamente como seres humanos formamos parte de muchas cosas. Nuestra familia, nuestra comunidad, la humanidad o la naturaleza son algunos ejemplos de entornos que nos dan un sentido y un contexto. Apartar la religión no nos aísla. Al contrario, debería reforzar los lazos de confianza y seguridad de lo que nos une.

¿Entonces la religión no es que sea mala del todo ?

Claro que no. Como muchas creaciones humanas es una mezcla de cosas buenas y de cosas malas. Deberíamos quedarnos con las buenas y rechazar las malas. El mayor bien que podemos dar a nuestros hijos es la capacidad y la libertad para pensar, discurrir, de permitirles que razonen por ellos mismos que es lo bueno y lo malo de cada cosa. Pero cuando establecemos ideas más allá de cualquier crítica lo malo no desaparece, y esto no puede ser bueno. Solo si somos capaces de valorar todas nuestras ideas podremos trabajar juntos para separar aquellas que no son valiosas y perjudiciales de aquellas que son nobles y valiosas.

Traducido desde:

http://www.examiner.com/x-2580-LA-Parenting-Examiner~y2009m2d15-QA-with-the-Dale-McGowan-author-of-Parenting-Beyond-Belief

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La perversión del respeto: las religiones a la búsqueda de la hegemonía cultural

Intervención en el curso Democracia Versus Teocracia (Universidad Rey Juan Carlos, Aranjuez), en junio de 2008. Traducción de Jose Andres Fernández Leost.

No deja de repetirse que la sagrada Escritura es la palabra de Dios, que ella nos enseña la verdadera beatitud y la vía de la salvación, pero en el fondo estamos muy alejados de pensar seriamente de este modo, y no hay nada en lo que piense menos el vulgo que en conformar su vida según las enseñanzas de la sagrada Escritura. Aquello que se nos presenta como la palabra de Dios son la mayoría de las veces absurdas quimeras, y bajo el falso pretexto del celo religioso, no se pretende sino imponer a los demás los propios sentimientos. Sí, lo repito, el gran propósito de los teólogos ha sido desde siempre extraer de los libros sagrados la confirmación de sus ensoñaciones y sus sistemas, a fin de envolverlos en la autoridad de Dios. En su interpretación del pensamiento de la Escritura, es decir, del Espíritu Santo, nada hay que les incite el menor escrúpulo o que pueda detener su temeridad. Si algo temen, no es atribuir algún error al Espíritu Santo ni apartarse de la vía de la salvación, sino únicamente que sus rivales les convenzan de su error, viendo así debilitada y despreciada la autoridad de sus palabras…”.

– Baruch Spinoza [1]

La época contemporánea -desde la revolución iraní de 1978- se caracteriza por una ofensiva de las religiones dispuestas a destrozar la laicidad, reocupar el espacio público e influir sobre la vida colectiva. En el seno de esta estrategia de reconquista se sitúa la exigencia de respeto -tanto en las protestas de los católicos contra la película de Godard, Yo te saludo, María, como en aquellas otras, acompañadas de violencia, contra la de Scorsese, La última tentación de Cristo, sin olvidar la presión cada vez más abrumadora que el islam ejerce sobre las sociedades occidentales-. La puesta en circulación de nociones tales como “nueva laicidad”, “laicidad abierta”, o “laicidad positiva” participa de esta reconquista.

Respeto” es una palabra que, como un grito de caza, abre la veda para que ciertas religiones persigan y tomen represalias hacia quienes se niegan a plegarse a sus divagaciones. A mediados del siglo XVII, Spinoza catalogó estos delirios en el apéndice del Libro 1 de su Ética. Michel Houellebecq, Philippe Val, el semanario Charlie Hebdo, han sido arrastrados a los tribunales por una supuesta falta de respeto hacia una religión. Bajo igual motivo de blasfemia, Ayaan Hirsi Ali y Salman Rushdie viven con una condena de muerte sobrevolando sobre su destino. El supuestamente infiel cineasta Theo Van Gogh fue degollado en pleno Amsterdam, el país de Spinoza, por tomarla contra el islam. El autor de estas líneas está, él mismo, bajo el efecto de una llamada al asesinato difundida en la nebulosa islamista. En una época más antigua, el Caballero de la Barra tuvo que padecer tortura y muerte por negarse a “respetar” una procesión religiosa. ¿Qué proclaman estas religiones, con ese grito de caza? ¡Exigimos el respeto de nuestras creencias, nuestros ritos y nuestros símbolos! ¡Nos ofendéis con vuestras burlas, vuestra ironía, vuestras caricaturas, vuestras sátiras y vuestras críticas! ¡Vuestra risa nos ofende! ¡No queremos oírla más – ¡a la cárcel, morid, ruidosos infieles!

Desde entonces, la ONU se interroga sobre la eventual criminalización del blasfemo – ¡supuesto pecado que sin embargo es una de las más hermosas conquistas del espíritu! ¿Se convertirá la “difamación contra las religiones” en un crimen internacionalmente reconocido? ¿Qué es el respeto? ¿Qué hay que respetar? Las exigencias de respeto concernientes a sus símbolos -que otros podrían llamar sin error fetiches-, ¿están fundadas en la razón? ¿Cuál es el objetivo de las estrategias religiosas relativas al blasfemo, a las caricaturas, a la crítica?

El respeto es un sentimiento subjetivo -en un sentido filosófico y no peyorativo del término- que incita una conducta. Por respeto, el sujeto renuncia realizar ciertos actos y pronunciar ciertas palabras, en virtud de la dignidad o de la sublimidad que ha concedido a una persona, a una idea o a un objeto -ya sea este ficticio, ya sea, retomando a Feuerbach, una idealización proyectada fuera del mundo sensible-. Debido a su subjetividad, el respeto no puede obtenerse a la fuerza – en el sujeto que se encuentra sometido, sin un profundo consentimiento interno, la coerción no produce sino el espectáculo del respeto. Respetar bajo coerción no es respetar de verdad, es temer. Al ser un sentimiento que brota de la subjetividad, el respeto no puede imponerse mediante cualquier legislación externa al sujeto.

En tanto disposición libre, el verdadero respeto (diferente del temor maquillado de respeto) no paraliza: no puede confundirse el respeto con la renuncia a criticar. No criticar aquello que debe ser criticado -como, por ejemplo, las ilusiones de la conciencia, la falsa conciencia, la servidumbre voluntaria, las manipulaciones de la inteligencia, las mentiras que pretenden que un libro no ha sido creado, la alienación-, más que respeto demuestra irrespetuosidad (hacia la verdad y la dignidad humana). Castoriadis decía a menudo: se respeta a un teórico criticándolo: no se respeta a un pensador embalsamándolo en la hagiografía, proceder tanático que implica el asesinato del pensamiento. Al contrario de lo que parece, la hagiografía desprecia lo que establece como intocable, consagrándolo a una pueril veneración. No es respetar la verdad creer en la hagiográfica Leyenda Dorada, ese mosaico compuesto por Jacques de Voragine a mediados del siglo XIII, que reúne varias centenas de vidas imaginarias de santos. A partir de la Leyenda Dorada, podríamos remontarnos hasta los Evangelios, la Biblia, o el Corán, que contienen no menos maravillas. Respetar la verdad, ¿no supone negarse a dar por buenos y creer a pies juntillas los cuentos para no dormir que tejen la trama de los libros sobre los que se levantan las religiones? El respeto a la verdad fundamenta todo verdadero respeto. El respeto falta ahí donde el alarde de exigencia al respeto implica el rechazo de la verdad – como, por ejemplo, cuando se prohíbe sospechar de la maravilla religiosa que esmalta a los tres libros fundadores. Más concretamente, la condición objetiva de posibilidad de todo respeto consiste en la convicción -aquella, por ejemplo, que alcanzó Descartes, tras la prueba de la duda- de que la verdad existe, y de que es posible compartirla con los demás gracias a la facultad que todos tenemos en común, la razón. Ahí donde ya no se cree en este tipo de verdad, el respeto pierde su principal condición de posibilidad, puesto que desaparece toda norma objetiva. No se puede asegurar que una sociedad del respeto pueda formase en una sociedad de escépticos absolutos -de relativistas absolutos, que Nietzsche llamaría nihilistas-. Lo que entonces llamaríamos respeto no sería más que una actitud exterior apoyada por la fuerza y la astucia. Paralelamente, una sociedad fundada sobre un único dogma -como en Irán, en numerosos países islamistas, o en la antigua Unión Soviética [2]-, donde la verdad es oficial, tampoco puede conocer el verdadero respeto. El verdadero respeto se considera una intolerable disidencia del espíritu, como lo ilustra toda la obra de Solzhenitsyn.

Todos respetamos los resultados de una operación geométrica o aritmética, no por una fuerza externa, sino por una convicción interna, en tanto que somos animales razonables. “La demostración de un teorema geométrico está al alcance de todos, e implica una evidencia indiscutible; entre los creyentes, la evidencia de la existencia de Dios preexiste a la demostración, y la demostración no añade nada”, señalaba Felix Le Dantec [3]. Lejos de ser producto de caprichos arbitrarios, de la imaginación, o de astucias de impostores, esos resultados son el producto invariable e incontestable de un razonamiento que todo ser humano puede compartir. En cambio, nada hay más inestable en la historia que los enunciados religiosos. El Corán -el Alcorán, como escribía Pascal- no se constituyó sino un cuarto de siglo tras la muerte de Mahoma, al precio de mil negociaciones y discusiones. Tan sólo dentro del catolicismo, el purgatorio no apareció hasta la Edad Media, y el dogma de la inmaculada concepción (que no concierne a la virginidad de María, sino a la de su madre, Ana, quien, a fin de que la futura madre de Cristo estuviese exenta del pecado original, concibió a su hija sin relación sexual[4]) a mediados del siglo XIX. Los primeros cristianos no creían en el mismo cristianismo que el de sus equivalentes modernos. Ninguna línea de los libros fundadores es incontestable. Es más: los enunciados que contienen están, por naturaleza, condenados a una réplica intelectual, que no se apagará hasta el crepúsculo del espíritu humano. Las matemáticas son, ellas, una escuela de respeto a la verdad. Son su pedagogía. A la proposición de Descartes, según la cual las matemáticas conservaron lo que más perdido estuvo en el mundo hasta el siglo XVII, la regla de la verdad, podríamos añadir que conservaron igualmente el verdadero respeto, el respeto por esa verdad. Las matemáticas, no la religión, nos enseñan a respetar. La aquiescencia con que aceptamos sus verdades, exhibe la esencia del respeto: un sentimiento tan irresistible como no forzado ante un dato de por sí incontestable, producido por el razonamiento.

Planteémonos preguntas a nivel kantiano, según el hilo crítico: ¿Qué es lo respetable? ¿Qué debe respetarse? ¿A qué debe aplicarse el respeto? Este reparto no debe asignarlo una religión de acuerdo a sus propios fantasmas. Más bien al contrario, trazar las fronteras del respeto es una de las tareas de la filosofía.

Es imposible deducir el campo de aplicación del respeto sin plantear previamente un concepto del ser humano. Cumplida esta condición, se hace concebible delimitar qué es lo respetable, evitando la única determinación socio-histórica, y que no esté configurada por los caprichos de la imaginación. A ello podrá atribuírsele, al menos a título de horizonte, un valor universal, directamente deducible del concepto de ser humano como animal dotado de razón, sin necesidad de recurrir a ninguna religión.

Hay que respetar la verdad basada en la razón. Por una parte, porque la razón define al ser humano, constituyendo su diferencia respecto al resto de los animales. Por otra parte, porque quien no piense que una verdad de este tipo exista no puede reivindicar el respeto salvo por la astucia (el engaño ideológico) o a la fuerza. El respeto -que en este caso no se corresponde con el verdadero respeto tal y como lo hemos definido- se convierte entonces en una de las figuras del derecho del más fuerte.

Hay que respetar la vida y el cuerpo humano. En el ser humano, la vida no se reduce a la mera vida biológica. A su vez, el cuerpo humano, tal y como Heidegger demostró, es algo más que un cuerpo simplemente biológico[5].

Hay que respetar al ser humano en tanto es un fin en sí mismo dotado de razón, es decir, una persona. Ciertamente, todo ser vivo constituye un fin en sí mismo, pero no una persona capaz de utilizar la razón. Existe eso que Chantal Nelson llama “insularidad del ser humano”, es decir, una diferencia antropológica que ni las consideraciones sobre los animales ni sobre las máquinas consigue restringir[6]. Esta diferencia antropológica se añade al concepto de fin en sí mismo para trazar la superficie del área del respeto. El respeto al ser humano como fin en sí mismo no implica el respeto a las opiniones, creencias, sistemas ideológicos o ritos, muchos de los cuales son bastante ridículos. ¿Hay que respetar la cruel religión azteca? ¿Y los sacrificios humanos que practicaba? ¿Hay que respetar las ideas del negacionismo? No, puesto que su delirio no respeta la verdad histórica. Al igual que es un deber respetar a quien justifica la tortura, porque es un ser humano, no lo es respetar sus ideas sobre la tortura. El mismo razonamiento vale para quien defiende el repudio a las mujeres, la lapidación, las decapitaciones con sable, o para quien se contenta, de acuerdo con Tariq Ramadan, pensando que debe llegarse a una moratoria sobre algunas de estas cuestiones.

Hay que respetar la dignidad humana, consecuencia de la diferencia antropológica. Conviene entender esta palabra, “dignidad” en sentido pascaliano: como lugar preciso. “Toda nuestra dignidad está en el pensamiento” escribió Pascal[7]. Dignidad significa eminencia, separación y lugar. El ser humano está separado de los otros animales por el pensamiento racional. Este único hecho define su eminencia, al tiempo que designa su lugar en el universo. No respetar esta dignidad sería degradar al ser humano, rebajarlo al rango inferior de las bestias, deshumanizarlo. La consecuencia moral de la afirmación pascaliana de la dignidad humana se expresa, más adelante, en Rousseau y en Kant: no hay que tratar al ser humano ni como a un animal ni como a una cosa.

Los símbolos religiosos no entran en este marco. Por una parte, porque no son productos de la razón (universal, de acuerdo con el entendimiento), sino de la imaginación (que es siempre propia de una época, un pueblo o un ser humano). Por otra parte, porque su destrucción no hace que la vida humana sea imposible – los símbolos serán reemplazaos por otros, como nos enseña la experiencia de la historia. Las religiones se turnan unas a otras en el curso del tiempo. Con ellas, penetramos en el universo de lo no-verificable, de lo no-demostrable (Kant puso en evidencia la vanidad de todas las pretendidas pruebas sobre la existencia de Dios). De hecho, ¿cómo verificar que Dios dictó al camellero iletrado Mahoma un Corán increado, y que Jesús consiguió resucitar a Lázaro antes de resucitarse a él mismo? La humanidad puede prescindir de los símbolos religiosos y del respeto que estos reclaman a gritos, pero no puede prescindir del respeto a la verdad racional, a la vida y a la dignidad humana. En general, las religiones no favorecen la emancipación humana, al profesar la creencia esclavizadora que ve un peligro en la libertad de interpretación. Así, según Kant, el sacerdote vocea sus órdenes a los seres humanos: “¡No razonéis, sino creed!”[8].

Esas tres exigencias -respeto a la verdad, a la vida y a la dignidad humana- se deducen del carácter racional del ser humano. Tienen un contenido a priori. Pero son verdaderas también a posteriori. En efecto, si no las planteamos como absolutos intangibles, toda vida verdaderamente humana se hace imposible. Ahora bien, caricaturizar símbolos religiosos, o blasfemar sobre tal o cual profeta, no es atentar ni contra la verdad, ni contra la vida, ni contra la dignidad humana. No se atenta contra nada de lo que de por sí exige respeto. En relación a los símbolos religiosos -y sin acatar el mandamiento por el cual las religiones quieren paralizar la inteligencia- el respeto se reduce a esta limitación: abstenerse de toda destrucción. El negacionismo que busca anular la verdad de la Shoa destruye la verdad. No respeta la verdad. El criminal que ataca a los otros destruye vidas humanas. No respeta la vida. El torturador, el esclavista, el explotador sin escrúpulos que usa a los otros como un medio, que abusa de su debilidad, olvidando que son un fin en sí mismo, destruye la dignidad humana. No respeta la dignidad. Pero aquel que se ríe de una religión no comete ninguna de estas faltas.

Las religiones son sistemas de representación vinculados a ritos que juegan distintos roles: de identificación personal, de vínculo social, de opio del pueblo. Toman sitio en el fenómeno registrado por La Boétie: la servidumbre voluntaria. Todas son creaciones de la imaginación con efectos socio-históricos fuertemente interiorizados por los individuos. Esta concepción de la religión como fruto de la imaginación, inspirada en Castoriadis, encuentra una potente anticipación en Lucrecio. Este autor nos dice que hay que escribir “contra la fabulas divinas”[9] que manifiestan el poder de las imágenes. Las imágenes, sobre todo las imágenes de los dioses, poseen para este filósofo materialista un poder físico sobre el entendimiento. Muy avanzado en esta intuición iconológica, Lucrecio parece considerar a las religiones como combinaciones eficaces de imágenes, a las cuales atribuye una realidad física. El poder de ciertas imágenes (las de, por ejemplo, el infierno y sus castigos) residen en el terror que imponen al creyente. Mientras que las de otras consisten en los crímenes a los que con facilidad conducen las religiones (sacrificios, ejecuciones por apostasía, tribunales de la inquisición, ejecución en la hoguera de Bruno y de Vanini, Yihad sanguinaria, conversión por la espada de poblaciones enteras, atentados suicidas a cambio de paraísos, etc.). “A tantos crímenes pudo inducir la religión”, suspira Lucrecio[10]. Las imágenes religiosas, si interpretamos bien a Lucrecio, no actúan en virtud de un poder de sugestión. Su efecto es el de un poder físico – el impacto de las imágenes religiosas sobre el espíritu es un impacto físico, casi una conmoción. El rasgo común a todas las religiones aparece a plena luz: hacerse dueña de los iconos (entendamos en esta palabra no solamente las imágenes, sino también todas las representaciones en general, incluidos los discursos), obtener el control de las imágenes o de las representaciones, disponer del poder que sobrepasa a todos los demás poderes: la iconocracia.

Respetar, en el sentido en el que lo entendemos habitualmente, en el sentido en el que lo entienden las religiones, equivale a considerar un objeto -una idea, una creencia, una teoría, un rito- como si estuviese situado fuera de toda crítica y de todo debate. ¡Nada hay más antifilosófico que esta actitud! Al contrario de lo que generalmente se afirma, la caricatura, la burla y la sátira forman parte del debate filosófico. Su uso por los filósofos de la Ilustración engendró modificaciones en la percepción de la religión. ¡Nadie puede quitarle a los martillazos de Nietzsche su carácter filosófico! Está demostrado que resulta insano excluir la caricatura del entendimiento, pretendiéndola excesiva, y por tanto no-verdadera. Cierta verdad de la sofistica se alcanzó gracias a la caricatura platónica. Asimismo, la caricatura de Sócrates presentada por Aristófanes no es impertinente. Y La Mettrie, en sus fórmulas mordaces que son verdaderas joyas del pensamiento libre, ¿no resulta más acertado que los pesados tratados de teología? Los mismos creyentes, cegados por su fe, infrecuentemente aprecian todo el beneficio espiritual que podrían extraer de la caricatura, en la cual no ven más que una ofensa. En realidad, esas caricaturas introducen al creyente en una dialéctica de la fe. Ellas le proporcionan la ocasión de poner a prueba de fuego su fe, ante el rechazo absoluto. Recusar la caricatura y la sátira recurriendo al respeto que le estaría debido a las religiones, no manifiesta fuerza, sino debilidad de la fe. Lanzar fatwas vengadoras, hacer correr ríos de sangre, lapidar, recurrir a la censura, manifestarse para obtener la prohibición de películas y obras de arte, cerrar periódicos, encarcelar a personas como respuesta intimidatoria, represiva y violenta a formas de expresión tomadas por blasfematorias, indica una fe débil, y no fuerte, incapaz de sobreponerse a aquello que la contradice, que tiembla al descubrir en su propio seno la infidelidad

En su exigencia de respeto, las religiones encierran a los no-creyentes, a los ateos y a los agnósticos en una alternativa: callarse o elogiar. Conminados a callarse ante los innumerables abusos, los dogmas absurdos, o el adoctrinamiento desde la infancia (como enseñar a leer con el Corán). No se trata, con este silencio impuesto, de respeto, se trata de sumisión. A través de esa alternativa, las religiones no buscan otra cosa sino la sumisión muda de aquellos que no figuran en la lista de sus fieles. No quieren oponentes audibles. En este caso, el respeto no es ni un concepto ni un valor, sino una fuerza análoga a una coerción física. Consiste en una categoría física disfrazada de axiológica. Fuerza disfrazada de moral. ¿Podemos imponer el respeto a quien toma por un fetiche lo que otros veneran como un dios? ¿A quien toma por una farsa antropófaga la presencia real de Dios en un trozo de hostia? Por la fuerza, sí se puede; en absoluto por la razón. En lo que las religiones llaman respeto hay que identificar una palabra para decir sumisión. Sumisión de los no-creyentes, sumisión de la inteligencia a sus delirios. Como recurso a la censura, el respeto es el nombre, bajo forma de lítote, de la sumisión.

Sobre el respeto exigido a los creyentes se articula una sumisión excesiva, bautizada abusivamente como respeto, que se exige a los que no creen, o creen de otra forma (como Lutero creía de otra forma, desprendiéndose del fetichismo del catolicismo, o como los cataros creían de otra forma). La burla, la ironía, la caricatura, son respuestas a la opresión religiosa. Nadie negará que en las religiones existan -concretamente en nuestra época- fuerzas opresivas. Pero los oprimidos no saben siempre que lo son. La mujer lapidada, en Níger o en Sudán, ¿sabe que vive bajo opresión? ¿Y aquella a la que se condena en Arabia Saudí por haber sido violada? La muchacha de 14 años colgada en público en una calle iraní por ofensa contra el pudor, ¿era consciente de la opresión religiosa? Los oprimidos se parecen a los prisioneros de la caverna de Platón, al considerar el mundo religioso como el mundo verdadero. Lo que las religiones llaman respeto no es más que la sumisión universal a su particular imaginario social. Además, la reivindicación del respeto esconde otra cosa: voluntad de potencia. La voluntad de potencia de las religiones se ha manifestado a lo largo de la historia. Una voluntad de potencia terrible y aterrorizadora -faceta de la siniestra santa inquisición que anticipaba el mundo musulmán contemporáneo- nutrida de una fascinación hacia la muerte. Michel Onfray hace de la pulsión de la muerte “el carburante” de las religiones[11]. La potencia es más amplia que el poder. El poder se limita a la temporalidad. La potencia va más lejos: aspira a gobernar las almas y a llevar su empresa hasta el principio mismo de la existencia, individual y social. Vemos en ella la voluntad de regir no solo las almas de los creyentes, sino también las de los no-creyentes. Afanándose en hacer invisibles a los no-creyentes, las religiones trabajan para alisar el campo colectivo, como si la incredulidad no existiese.

Esta exigencia de respeto es virtualmente infinita. Lleva siempre más lejos sus logros, como una piedra que, rodando por una pendiente, acelera su velocidad. Sin embargo, la religión no merece ni más ni menos respeto que otras producciones notables de la imaginación humana. Nos podemos reír de Marx, incluso tomando en serio su obra. Nada puede impedirnos que nos riamos de Jesús y de Mahoma, del cristianismo y del islam. Ninguna prescripción racional puede impedir tomar a Mahoma por un impostor y a Jesús por un iluminado, más aún cuando las apariencias, quizá engañosas, parecen demostrar estas interpretaciones. Nada debe estar en condiciones de impedir a nuestro viejo amigo y cómplice de malos pensamientos, François George, escribir: “Es posible apreciar en la Anunciación la más fabulosa trola que jamás se le haya presentado a un cornudo”[12]. Puesto que no está proscrito incidir en el peligro totalitario inherente al marxismo, tampoco puede estarlo señalarlo en el islam. ¿Hemos visto a algún lector de Nietzsche perseguir con intenciones asesinas a quienes, y son numerosos, atacan a su filósofo favorito tratándolo de racista y proto-nazi? ¿Les hemos visto exigir que el iconoclasta libro Por qué no somos nietzscheanos (1991) sea quemado en la plaza pública? Menos tolerantes, los lectores de los reputados libros sagrados persiguen con ferocidad a quienes ofenden su escrito favorito. No obstante, no existe legitimidad alguna para excluir a Mahoma de las burlas y sarcasmos que tenemos derecho a dirigir a Nietzsche – máxime cuando el filósofo no es un impostor, y su pensamiento es infinitamente superior al del profeta del islam. En tanto que parodia seria de un libro profético, Así habló Zaratustra vale más que el Corán. El sentimiento de excepcionalidad que mantienen las religiones -como beneficiarias de un derecho de trato de favor que las diferencia de otras creaciones imaginarias, literarias o sociales, y humanas- no está basado en nada que una persona externa a la religión pueda aceptar. Si para un creyente se abre una diferencia sacralizante entre su religión y los otros sistemas de representación, visiones del mundo o ideologías, para el no-creyente esta diferencia no puede valer como fuente de deberes especiales. Ningún argumento, salvo el argumento de autoridad -que todo espíritu debe rechazar a riesgo de renunciar a sí mismo-, permite justificar esa protección especial concedida al poder de la religión.

Exigir a los no-creyentes, ateos, agnósticos e impíos que se comporten delante de los símbolos religiosos como los creyentes es una pretensión excesiva. En cambio, con toda razón, al igual que tenemos derecho a ser anticomunistas, también lo tenemos a ser anticristianos (siguiendo a Nietzsche) o islamófobos, tanto más cuanto que el comunismo fue, de acuerdo con Eric Voegelin, una religión secular cuyos adeptos manifestaban una fe tan fuerte como la de los fieles de las religiones tradicionales. De hecho, se dan rasgos comunes entre las incriminaciones de anticomunismo que florecieron en los años cincuenta del siglo pasado, y las actuales de islamofobia. El proceso entablado en el año 2002 contra Michel Houllebecq, por haber dicho algo tan anodino como plausible (“El islam es la religión más estúpida”[13]) es un crimen contra la inteligencia cometido en nombre del respeto. Parece un regreso de la inquisición en plena laicidad[14]. En el pasado, para imponerse y para imponer su voluntad de potencia y su sed de poder, las religiones, que exigen hoy el respeto mudo a sus símbolos y la sumisión a su imaginario, no vacilaron jamás en destruir violentamente los símbolos de otras religiones. Los paganismos y las religiones rivales pagaron las consecuencias. El cristianismo ha profanado los altares paganos durante siglos, sin respetarlos. El islam conquistó el norte de África a fuego y espada, imponiéndose cruelmente sobre tierras de fe pagana, cristiana y judía. El cristianismo y el islam insultaron a los símbolos paganos rebajándolos al rango de ídolos, criminalizando a los creyentes de esos cultos bajo el cargo de idolatría ¿Y qué decir del fanatismo asesino de los cruzados durante la interminable represión contra los cataros en Languedoc en el siglo XIII? ¿Qué decir de la fórmula del abad de Citeaux, el sanguinario Padre Arnaud Amaury, a fines de julio de 1209 ante Béziers: “Matadles a todos, Dios reconocerá a los suyos”[15] La exigencia de respeto es una de las formas de la voluntad de potencia de las religiones; la otra forma es la destrucción de lo que no les conviene, de lo que va en contra de sus creencias. La destrucción de los Budas de Bamiyán, en Afganistán, llevada a cabo por los talibanes a lo largo del año 2001, no es un gesto excepcional: el cristianismo y el islam están acostumbrados a este tipo de gestos. De igual modo han devastado testimonios culturales y arquitectónicos de otras religiones. Las pruebas son innumerables. En este tipo de destrucción nos reencontramos con el objetivo iconocrático. Cuando hablamos de religiones, nunca hay que disociar la exigencia de respeto de la voluntad de potencia y de la sed de poder. No existe ninguna religión que no aspire al poder.

La exigencia de respeto produce la falsa impresión de ser una estrategia defensiva de protección. Ciertamente, la actitud de la Iglesia católica, institución en estado de descomposición, es de momento defensiva. Pero, impulsado desde la revolución iraní por el viento de la historia, el islam da muestra de su audacia: el respeto que exige se ha convertido en un arma de conquista. Los musulmanes moderados toman el relevo de los islamistas fanáticos cuando se trata de condenar las caricaturas del profeta o los escritos juzgados como blasfematorios. La reivindicación de respeto toma un giro ofensivo. Mediante ella se persigue un objetivo: permitir la instalación de prácticas religiosas o de costumbres inspiradas por la religión (portar el velo, instaurar el apartheid sexual en los hospitales, prescindir de la clase de educación física para las chicas y de la clase de biología, debido al darwinismo, en los institutos, inscribir ulteriormente alguna fiesta religiosa musulmana en el calendario de los días festivos) en el espacio público, condenado pues a una verdadera deslaicización. La exigencia de respeto es un arma que pretende obtener de los poderes públicos un retroceso de la laicidad, de la libertad de conciencia y de expresión. El respeto, si no es más que un temor disfrazado de mutismo y sumisión, fabrica incluso, al neutralizar toda oposición, el soporte social necesario para el proselitismo. Es el efecto de una práctica etiquetada por el filósofo y periodista argelino Hamid Zanaz como “terrorismo espiritual”[16]. Asimismo, el objetivo es obtener la autocensura en los periodistas, los escritores, los intelectuales, los dibujantes, sin dejar de atemorizar a los editores y directores de los órganos de prensa sobre las consecuencias de publicar textos descorteses con el islam. Los islamistas -con Tariq Ramadan a la cabeza, según Carolina Foures[17]– han logrado prohibir durante muchos años en Ginebra la obra de Voltaire, Mahoma. En diciembre de 2007, el museo de La Haya retira una foto de una exposición, tomada por una iraní, que podía desagradar a los musulmanes. Ejemplos tan tristes como estos son desde entonces numerosos en Europa. La mezcla entre la exigencia de respeto, revindicada por unos utilizando a menudo la violencia, y el angelismo cobarde de otros, deseosos de no molestar, ha creado un clima muniqués favorable a todas las renuncias, intelectuales y políticas. Abolido en 1791 por la Constituyente, el delito de blasfemia intenta regresar a la legislación francesa.

La cuestión de la islamofobia es el buque insignia de esta estrategia de alcance planetario. Trampa diabólica, este concepto, próximo acústicamente al de “xenofobia” está destinado tanto a atemorizar -evocando subliminalmente el odio, las persecuciones y las discriminaciones- como a culpabilizar. No es inocente que el vocablo de “islamofobia” fuese acuñado inicialmente (en los años setenta) por los islamistas radicales que atacaban a las feministas[18]. La guerra contra las mujeres es el origen de este término, misógino (odio a las mujeres) y ginofobo (miedo a las mujeres) desde su génesis. Kate Mollet, celebre militante del movimiento de emancipación femenina, fue violentamente insultada, y tachada de islamófoba por haber incitado a las iraníes a rechazar el velo. De nuevo, es en torno a la cuestión del apartheid de las mujeres -velo en la escuela, en las instituciones, en la calle, autosegregación en las piscinas- donde se concentra la crispación, y donde la acusación de islamofobia amenaza a quienquiera que se alce contra la tentativa de oficializar este apartheid. En los años noventa el término de islamofobia fue difundido más ampliamente por los islamistas londinenses, en el marco de las campañas anti-Rusdhie. El escritor y los defensores de la libertad de pensamiento y publicación se encontraron acusados de crimen de islamofobia, al tiempo que estaban amenazados de muerte. El concepto de “islamofobia” es originariamente un arma forjada por los islamistas con el objetivo de imponer su visión totalitaria del mundo. Hunde sus raíces en el más sórdido oscurantismo. Este concepto pretende asimismo enmascarar la atroz realidad: es el islam, y no los islamófobos, el que, en el mundo entero, persigue, poniendo en práctica la sharia. La violencia no la producen quienes son estigmatizados de islamófobos, sino aquellos que les estigmatizan. Por lo tanto, en un principio “islamofobia” era una expresión de combate – todos nos acordamos de la fórmula del poeta revolucionario Maiakovski, “las palabras son balas”. Al reutilizarla ingenuamente, los amigos más o menos sinceros de la libertad se sitúan en el terreno de sus adversarios.

La amalgama entre la islamofobia y el racismo está destinada a volverse contra toda crítica a la religión, tan importante desde Bayle y Voltaire en la cultura europea, tan importante también en la elaboración de la idea republicana. ¿Es “racista” rechazar las exacciones que se practican, desde Mauritania hasta Pakistán, en nombre del islam? ¿Rechazar la sharia, las lapidaciones, las mutilaciones, la esclavitud (muy viva todavía en las sociedades musulmanas), la criminalización de la homosexualidad, las decapitaciones con sable, el fomento del oscurantismo, el estatuto inferior de las mujeres, la ejecución de los homosexuales, la dhimmitud[*], el código de la familia vigente en Magreb, etc.? ¿Es racista recordar que en ningún país musulmán los Derechos Humanos ocupan un lugar de honor, no más por cierto que la democracia? ¿Es racista calcular que cientos de millones de seres humanos viven cotidianamente bajo el yugo impuesto por esta religión? ¿Es racista inquietarse por las exigencias, en nuestra sociedad, de una religión que tan poco ha hecho por demostrar su capacidad para interiorizar los valores emanados de la Ilustración? Tras un examen de los textos fundadores, Christian Delacampagne concluye: “Nada autoriza a pensar que el islam sea en el fondo tolerante [19]«. ¿Es racista plantearse la pregunta de si es posible un islam de rostro humano, al igual que nos preguntábamos hace tiempo si era posible un socialismo de rostro humano?

El origen teototalitario del concepto de islamofobia debería volver prudentes a quienes desean instituirlo como delito. La islamofobia -que no podemos aproximar al racismo y al antisemitismo, en tanto odio a uno o varios pueblos, sin cometer un error de lógica-, es un derecho en la medida en que el islam es una construcción ideológica, del mismo modo que lo es el comunismo o el liberalismo. Al igual que se puede ser anticomunista o antiliberal (aun cuando los altermundialistas antiliberales profesen a menudo islamofilia), se puede ser islamófobo. El islam es una construcción social totalizadora que engloba todos los aspectos de la existencia, incluida la ciudad. Al ofrecer una visión del mundo, esta religión se presenta como una construcción a través de la cual el creyente interpreta la existencia en todas sus dimensiones, incluidas las políticas. Se trata igualmente de una construcción normativa, prescriptiva, que pretende regir la vida individual y colectiva, sin olvidar desplazar a ciertas partes de la humanidad, por ejemplo, a mujeres y judíos, a un estatuto indigno. Ningún argumento sólido puede impedir la oposición a esta visión del mundo, y a las pretensiones que formula relativas a la vida de la ciudad, ni su afirmación mediante palabras, escritos y caricaturas.

Ignorando la etimología, la opinión contemporánea confunde la fobia con el odio. La islamofobia sería entonces el odio al islam – por consiguiente, una opinión tan condenable como el racismo y el antisemitismo. La historia -para convencerse basta con releer a Bernard Lewis- pone en evidencia hasta qué punto el miedo al islam está justificado. Considerando el mundo contemporáneo -desde Pakistán a Mauritania, pasando por Sudán y Arabia Saudí- se refuerza precisamente este miedo. Si el tema filosófico de la secularización puede encontrar una continuidad entre el cristianismo y los valores que, desde la Ilustración, guían la existencia colectiva del mundo occidental, no se pueden obtener resultados análogos con el islam. Christian Delacampagne señala la ruptura: “ningún historiador… conseguirá convencerme de que el islam, más que la Europa agnóstica de la Ilustración, es el que ha dado al mundo la idea de tolerancia[20] El pensamiento de la secularización alcanzó su cumbre y su término con la tesis desarrollada por Marcel Gauchet en 1985 en El desencantamiento del mundo: el cristianismo es la religión de salida de la religión. Esta tesis de la secularización no puede aplicarse al islam, pese al hecho de que pertenezca a la misma familia genealógica que el cristianismo, la de los hijos de Abraham. El islam no es una vía para salir de la religión. El miedo está justificado igualmente habida cuenta de la despiadada guerra llevada a cabo por el islam contra numerosas libertades conquistadas con esfuerzo, sin olvidar la interminable guerra que lleva a cabo contra las mujeres. Los mayores valores contemporáneos -expresados en la Declaración de los Derechos Humanos, los ideales republicanos, la separación entre la Iglesia y el Estado, la laicidad- no se han originado en el seno de las sociedades dominadas por el islam. Se han desarrollado únicamente en el seno de sociedades cristianas, particularmente en Francia, como resultado de un largo combate contra la Iglesia, salpicado de desgarros, conflictos armados y dramas. La islamofobia, aprovechándose de esta confusión entre fobia y odio, y manipulando el sentimiento de culpabilidad de la opinión occidental, tiende su trampa, en la que se manifiesta la perversión de la noción de respeto, para conseguir la criminalización de la irreligión.

Frente a la sumisión falsamente respetuosa que las religiones quieren instaurar como ley, ¿no existe más bien el deber de irrespetuosidad? Esta hipótesis encuentra un apoyo en la concepción del pensamiento formulada por Alain: “Pensar es decir que no. (…) Los seres humanos son esclavos por creer. Reflexionar en negar aquello que creemos. Quien cree no sabe ni lo que cree”[21]. El valor del pensamiento se concentra en su capacidad para decir “no”, a encontrar en el “no” su comienzo. Decir no, como Deleuze afirma evocando a Johann Sebastian Bach[22] a la distribución entre lo sagrado y lo profano tal y como lo establecen las Iglesias. En esta distribución, que las religiones pretenden reconfigurar ventajosamente aprovechándose de que el islam está en boga, se encuentra el problema de la laicidad. Deleuze nos lo sugiere: en el seno de un universo dominado por la religión, el arte de Bach construyó su libertad luchando contra esa distribución. ¡Decir no al dogma, por supuesto! En el rechazo al dogma puede encontrarse el origen de todo pensamiento. ¡Decir no a aquello que se piensa espontáneamente, cuya naturaleza es sociológica, un resultado de la ideología comparable a aquello que los filósofos antiguos rechazaban denominándolo opinión, doxa! ¡Decir no a lo que se impone al entendimiento por la fuerza! Más que una palabra, el “no” define un gesto: el gesto liberador por el cual todo espíritu se introduce en el pensamiento. Incluso el “Ja-sager” de Nietzsche, el “afirmador”, es inicialmente un “Nein-sager”, un “rechazador”: dice no a los mundos pasados y a sus predicadores, a los ideales ascéticos y a los despreciadores del cuerpo, a la religión que desprecia la vida para poder pronunciar su “” a la vida. Casi todos los seres humanos nacen en el seno de una religión que no han elegido. Al oponer su “no” a esa religión, se abren al pensamiento. El “no” inaugural del pensamiento es -utilicemos una fórmula de Marcuse- el “Gran Rechazo”. Las religiones practican desde siempre la intimidación a fin de impedir a todo ser humano ejercer su deber de irrespetuosidad. Exigen que los actos, las obras, los escritos, los dibujos y caricaturas, etc., obedezcan a los límites que ellas de por sí fijan. Pese a esta presión, que vincula culpabilidad y chantaje, es mediante el gesto de irrespetuosidad por el que el espíritu se convierte en espíritu libre, y el pensamiento se convierte en pensamiento libre. Es a través de ese gesto por el que el espíritu y el pensamiento se instituyen y se mantienen firmes – es exactamente el gesto de Epicuro.

¿Creemos que Epicuro respetaba a los dioses, a las que sin embargo no negaba su existencia? Lucrecio lo alaba por esta irrespetuosidad inaugural: “Cuando a la vista de todos yacía vergonzosamente en tierra/ la vida humana, oprimida por el peso de la religión/ (…) fue un griego el primer mortal/ que se atrevió a elevar contra ella sus ojos y el primero/ en enfrentarse a ella…[23]. En materia de valor de espíritu, Epicuro es quien muestra el camino, y no la Biblia, los Evangelios, el Corán, que no muestran sino sumisión. En los caricaturistas del diario danés Jyllands-Posten, en Charlie Hebdo, en Godard y Scorsese, en el Tratado de ateología de Michel Onfray, perdura la libertad de Epicuro. Cada vez que una mente se libera, repite el gesto del fundador de la Escuela del jardín. Entre los cargos que pesaban contra Giulio Cesare Vanini, antes de que muriese en la hoguera durante el siglo XVII en Toulouse, figuraba el de haber enseñado a Epicuro. El balance de la historia lo establece: las religiones no pueden soportar a Epicuro y su filosofía. Las retóricas sagradas no han cesado de calumniar a los discípulos de Epicuro, animalizándolos bajo forma de puercos. El deber de irrespetuosidad -que practicaban los surrealistas, Dalí, Voltaire, La Mettrie…- se corresponde con el impulso que Epicuro dio a toda la historia del pensamiento. De Epicuro surge la fuente griega de la autonomía – darse uno a sí mismo sus propias leyes, rechazando aquellas impuestas por un cielo imaginario. Ejemplo para todo espíritu, matriz de toda libertad, Epicuro hace las veces del hombre firme, frente al hombre postrado.

La imaginación, fuente de las religiones, no puede fundar racionalmente ni obligaciones ni prohibiciones colectivas. No se puede llegar a deducir ningún imperativo universal de sus producciones. Los personajes religiosos, míticos y mitológicos, son ficciones literarias, a través de los cuales la libertad de expresión debe recibir su máxima extensión. No existe ningún argumento que puede admitirse racionalmente -salvo la fuerza disfrazada de derecho, la intimidación y el chantaje a la mala conciencia- que impida tratar publicitariamente la Última Cena, en la medida en que los personajes puestos en escena no son personajes reales, sino personajes literarios extraídos de un libro, el Evangelio, que todos sabemos que no es un libro de historia. Mahoma y Jesús pueden acceder al mismo estatus que Cagliostri y Madame Bovary. Mahoma ha existido, pero puso su existencia en escena al punto de convertirse en el personaje literario de un libro, el Corán. El derecho a transformar estos personajes a nuestro grado está todavía más justificado en tanto lo que creemos saber de ellos es fruto de la imaginación, de la creatividad colectiva. La libertad de pensamiento, de expresión y de creación no se realizará hasta el día en que un creador pueda, sin correr riegos, hacer de Jesús y Mahoma los personajes de una opereta, a la manera en que Jacques Offenbach puso en escena y musicalizó la mitología griega en La Bella Helena.

En el chantaje a la islamofobia, combinado con la exigencia de respeto, radican las dos armas más eficaces empleadas por las religiones en su proyecto de reconquista del espacio público. El maquiavelismo (en el sentido vulgar del término) se ha combinado con el gramscismo, compartido tanto por los islamistas (con Tariq Ramadan a la cabeza), como por la Iglesia católica. En realidad, las religiones buscan reconstituir la hegemonía cultural que supuestamente les permitirá política y jurídicamente imponer al cabo sus visiones. En el éxito y posterior recepción oficial de la palabra “islamofobia” se manifiesta un indicio de esta búsqueda de la hegemonía cultural. La inflación mediática del vocabulario espiritual hasta en los comentarios de la vida política es una muestra de esta carrera religiosa hacia la hegemonía cultural. La lectura cotidiana de la prensa muestra hasta qué punto el léxico espiritual gana terreno día tras día. La marcha hacia la hegemonía cultural se apoya sobre un fenómeno apreciado por Hamid Zanaz: “la islamomanía[24]. Llegados a este punto, todo un bloque histórico informal se estructura sobre la base de esta hegemonía: el proceso a Charlie Hebdo, o el odio por el que el autor de estas líneas continúa estando perseguido, ha permitido una fusión, en torno al tema del respeto a las religiones y sus símbolos, de fuerzas heteróclitas (islamistas, islamo-izquierdistas, progre-islamistas, antiimperialistas, nuevos anticapitalistas, tercermundistas, cristianos, MRAP, LDH antisionistas, verdes, sindicatos de profesores, extrema izquierda, una parte de la izquierda, una parte del SUD, una parte del PCF, una parte de la derecha persuadida de que se puede comprar la paz social y la tranquilidad internacional al precio de la capitulación). Tras el momento de las “peligrosas convergencias”, sacado a la luz por Pierre-André Taguieff[25] en una obra decisiva, le sucede ahora el de un bloque histórico cimentado por la hegemonía cultural de lo religioso, bajo predominancia islámica. De momento, este bloque histórico es amorfo, y aparece o desaparece según los acontecimientos – lo vemos en funcionamiento en las linchadoras campañas de odio que intermitentemente se llevan a cabo contra Alain Finkielkraut. El islam proclive al islamismo juega en su seno el papel que Gramsci quería jugar en el partido comunista, el de gran vencedor final.

Todo nuestro planteamiento desemboca en la siguiente conclusión: la reivindicación de respeto (de sumisión, de hecho) unida a la criminalización del no-respeto (la pretendida “difamación contra las religiones” a debate en la ONU) se revela abusiva. Al no poder encontrar fundamentos racionales, esta exigencia manifiesta ante todo la implacable voluntad de potencia de esas hijas de la imaginación que son las religiones. Qué no se malinterprete nuestro propósito. A nuestros ojos, la imaginación desvela también una forma de verdad, la de la verdad religiosa. Pensamos incluso que uno de los estratos de la imaginación es de la imaginación reveladora, suplemento de la imaginación reproductora, y de la imaginación creadora, en el seno de la cual se producen las apariciones sobrenaturales del Arcángel Gabriel, de la Virgen María, o del mismo Jesús. Definimos las entidades religiosas como apariciones, cuyo paradigma son las de la Virgen María – lo que no las hace ser históricas. La imaginación es el lugar de estas apariciones. Estamos persuadidos sin embargo de que, al no poder obtener ningún testimonio racional, verificable para todos los seres humanos (al contrario de lo que ocurre en las matemáticas), la verdad religiosa, sometida a la particularidad de la historia y a la plasticidad de los pueblos, no puede presentar ningún título para reivindicar un respeto excepcional e imponer la sumisión.

¿Qué buscan las religiones? La deslaicización, es decir, el fin de la autonomía humana (del ser humano que se da a sí mismo sus propias leyes) que define a su vez la democracia y la república, en beneficio de la heteronomía (de las leyes que se le presentan al ser humano a través de la trascendencia, de lo extrahumano sobrenatural), de la que las religiones se pretenden representantes y gestores en la tierra. Inscribiéndose en una estrategia general de tipo gramsciano -lograr la hegemonía cultural y constituir un bloque histórico compuesto por compañeros de ruta más o menos conscientes, articulado en torno al islam-, y aspirando a la deslaicización del espacio público, a la obtención del poder supremo y al poder iconocrático, la reivindicación religiosa que exige que la “difamación de las religiones” sea delito constituye una perversión de la noción de respeto.

Robert Redeker

Notas:

[1] Spinoza, Tratado teológico-político (1670), París, Granier, 1928, p. 82.

 

[2] La negación de la verdad en biología, por razones dogmáticas, aproxima, como un calco invertido, a la Unión Soviética del caso Lyssenko (que rechaza el neodarwinismo a causa del papel que se concede al azar) con los Estados islámicos que no admiten el evolucionismo.

[3] Félix Le Dantec, El ateísmo, París, editorial Ernest Flammarion, 1906, p. 24.

[4] Gervais Dumeige, S. J., La fe católica, Paris, editorial l’Orante (1961), páginas 228-247.

[5] Martin Heidegger, Carta sobre el humanismo (1946), París, Aubier, 1975, p. 59.

[6] Chantal Delsol, Elogio de la singularidad (2000), París, La table ronde, 2007, p. 23.

[7] Blaise Pascal, Pensamientos (1660), París, Gallimard, “Bibliothèque de la Pléiade”, 1976, p. 1156.

[8] Immanuel Kant, ¿Qué es la Ilustración? (1784), París, Mille et une Nuits, 2006, p. 15.

[9] Lucrecio, Sobre la naturaleza, I, 66, París, Les Belles Lettres, 1968, p. 4.

[10 ]Lucrecio, Sobre la naturaleza, I, 101, París, Les Belles Lettres, 1968 p. 5.

[11] Michel Onfray, Tratado de ateología (2005), París, Le Livre de poche, 2006, p. 102.

[12] François George, Historia personal de Francia (1983), París, Seuil, “Points”, 1984, p. 39.

[13] Lire, septiembre de 2001.

[14] ¿Por qué los ateos no habrían de acudir a su vez a los tribunales, pretextando que el ateismo se ve todos los días calumniado, injuriado y caricaturizado por las religiones, en prensa, radio y televisión, y en los oficios religiosos?

[15] Michel Roquebert, La epopeya catara, Toulouse, Privat, 1, p. 261.

[16] Hamid Zanaz, ¿Reformar el Islam? Autopsia a una caracterizada ilusión, París, editorial Editeur indépendant, 2007, p. 181.

[17] http://carolinefourest.canalblog.com/archives/2007/02/p10-0.html.

[18] Caroline Fourest y Fiammetta Venner, Fuego cruzado: la laicidad ante la prueba de los integrismos judío, cristiano y musulmán, París, Calmann-Lévy, 2003.

[*] Neologismo utilizado en Francia derivado de la palabra árabe dhimmi. Hace referencia al conjunto de no-musulmanes sometidos a la autoridad o la intimidación musulmana. (N. del t.)

[19] Christian Delacampagne, El islam y occidente, París, PUF, 2003, p. 47.

[20] Christian Delacampagne, El islam y occidente, París, PUF, 2003, p. 47.

[21] Propósitos sobre los poderes, § 139.

[22] Gilles Deleuze, “¿Qué es el acto de creación?”, conferencia pronunciada en la fundación FEMIS (1987), http://www.cip-idf.org/IMG/rtf/questcequelactedecreation.rtf.

[23] Lucrecio, Sobre la naturaleza de las cosas, I, 62-70, París, Le Livre de poche, 2002, p. 83.

[24] Hamid Zanaz, ¿Reformar el Islam? Autopsia a una caracterizada ilusión, París, editorial Editeur indépendant, 2007, páginas 17-31

[**] Siglas del Movimiento contra el Racismo y por la Amistad entre los Pueblos.

[***] Liga de los Derechos Humanos.

[****] Partido Comunista Francés.

[25] Pierre-André Taguieff, Predicadores del odio, París, Mille et une nuits, 2004, páginas 821-945.

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