Doce pruebas de la inexistencia de Dios

Publicado

por Sébastien Faure

Publicado en 1926

Hay dos medios de estudiar y procurar resolver el problema de la inexistencia de Dios.

El primero consiste en eliminar la hipótesis Dios, del campo de las conjeturas plausibles o necesarias, por una explicación clara y precisa de un sistema positivo del Universo, de su origen, de sus desenvolvimientos sucesivos, de sus fines.

Esta exposición inutilizaría la idea de Dios y destruiría inmediatamente la base metafísica de los teólogos y filósofos espiritualistas.

En el estado actual de los conocimientos humanos, en todo lo que ha sido demostrado o pueda demostraste verificable, reconocemos que un conocimiento preciso del Cosmos no existe. Existen, es cierto, varias hipótesis ingeniosas que no chocan con la razón: sistemas más o menos aceptables, que se apoyan en una serie de experiencias basadas en la multiplicidad de observaciones, sobre las que se han modelado un carácter de probabilidad impresionante. También puede sostenerse que esos sistemas, esas suposiciones, soportan ventajosamente la confrontación con las afirmaciones teístas; mas, a decir verdad, consideramos que no existen en este punto sino tesis que no poseen el valor de la certeza científica, quedando cada uno en libertad de conceder su preferencia a tal o cual sistema que le sea expuesto, pudiendo decir que la solución del problema así planteado aparece, actualmente al menos, bastante relevada.

Los adeptos de todas las religiones aprovechan las ventajas que les concede un estudio tan arduo y complejo, no para resolverlo en afirmaciones concretas o en razonamientos acabados, sino para perpetuar la duda en el espíritu de sus correligionarios, lo que resulta para ellos el punto capital.

En esta lucha esforzada entre el materialismo y el teísmo, cada doctrina se defiende con tesón, pero los creyentes, a pesar de haber sido puestos en actitud de vencidos, tienen la impudicia de declararse, ante la multitud ignara, dignos cantores de la victoria, y buena prueba de ello es la manera de expresarse de los periódicos de su devoción, con cuya comedia pretenden mantener bajo el cayado del pastor a la inmensa mayoría del rebaño. Esto es, en síntesis, lo que desean estos falsos redentores.

El problema planteado en términos precisos

Sin embargo, hay una segunda manera de intentar la resolución del problema, y consiste en examinar la existencia de Dios que las religiones proponen a nuestra adoración.

Podrá encontrarse un hombre sensato y reflexivo que admita la existencia de Dios como si no estuviera rodeada de ningún misterio, como si nada con ella relacionado se ignorara, como si hubiera podido descifrarse todo el pensamiento divino en sus propias confidencias.

Esto ha hecho; aquello ha dejado de hacer; esto ha dicho; lo otro ha dejado de decir; se ha movido; ha hablado con tal fin, por tal razón; quiere tal cosa; prohíbe tal otra; compensara una acción mientras castigara otra diferente. ÉL ha hecho lo presente y quiere que se haga lo futuro, porque es infinitamente justo, sabio, bueno, etc.

¡Ah que dicha! He aquí un Dios que se hace conocer. Baja del imperio de lo inaccesible, disipa las nubes que le rodean, desciende de las alturas, habla con los mortales confiándoles su pensamiento, les revela su voluntad y encarga a un grupo de privilegiados la misión de extender su “doctrina”, de propagar su ley, revertiéndoles de plenos poderes tanto en la tierra como en el cielo.

Este Dios, sin embargo, no es el Dios-fuerza, Inteligencia, Voluntad, Energía, que, como tal, podría, según las circunstancias e indiferentemente, ser bueno o malo, útil o inútil, justo o injusto, misericordioso o cruel; este Dios, dotado de todas las perfecciones, no puede ser compartible más que con un estado de cosas del cual fuera él creador, y por el que se afirmaría su Poder, su Justicia, su Bondad y su Misericordia infinitas.

Este Dios es el que nos enseñan en el catecismo cuando somos niños; es el Dios viviente y personal en cuyo honor se elevan los templos, hacia el que se ascienden las plegarias, por el que se realizan los sacrificios y al que pretenden representar en la tierra todos los clérigos de las castas sacerdotales.

No es ese algo desconocido; esa fuerza enigmática; ese poder impenetrable; esa inteligencia incomprensible; esa energía incognoscible; ese principio misericordioso; hipótesis, en fin, que, en medio de la impotencia humana de hoy para explicar el cómo y el porqué de las cosas, el espíritu acepta complaciente. No es tampoco el Dios especulativo de los metafísicos; es el Dios que sus representantes nos han descrito y detallado tan amplia y luminosamente. Es el Dios de las religiones, el de la historia religiosa de cada pueblo, el que yo niego y voy a discutir; el que conviene a estudiar si queremos obtener de esta exposición filosófica un provecho positivo, un resultado practico.

¿Quién es Dios?

Puesto que sus representantes en la tierra han tenido la amabilidad de describírnoslo con todo lijo de detalles, aprovechemos estos, examinemos de cerca y detenidamente, pues para discutirlo bien es preciso conocerlo bien.

A fin de reconocer su valor, examinemos las tres proposiciones que lo componen.

Ese Dios, con un gesto potente y fecundo ha hecho todas las cosas de la nada; el ser del no ser, y por su sola voluntad ha sustituido con el movimiento, la inercia, con la vida universal, la muerte universal: es el Creador, que lejos de volver a su inactividad secular y continuar indiferente a la cosa creada, se preocupa de su obra, se interesa, interviene, cuando lo cree necesario, la administra, la dirige, la gobierna. Es la Providencia que, convertida en Tribunal Supremo, hace comparecer ante él a cada uno después de la muerte; le juzga según los actos de su vida, pesa en la balanza sus buenas y sus malas obras, y pronuncia en último extremo, sin recurso posible, la sentencia que hará del juzgado, por todos los siglos de los siglos, el más dichoso o el más desgraciado de los seres. Es la Justicia Suprema.

Luego Dios, que posee todos los atributos, no excepcional sino infinitamente, no admite grados de comparación: es la Justicia, la Bondad, la Misericordia, la Potencia, la Sabiduría infinitas.

Contra la existencia de este Dios, yo presento doce pruebas, aunque con una sola bastaría para negarla.

División de la cuestión

He aquí el orden en que presentare mis argumentos, que formaran tres grupos: el primero tratara particularmente del Dios creador, y se compondrá de seis argumentos; el segundo se ocupara especialmente del Dios gobernador o Providencia, formado por cuatro argumentos; y, en fin, el tercero y último presentara al Dios Justiciero o Magistrado en dos argumentos. En total formaran las doce pruebas de la inexistencia de Dios.

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