¿En qué creen, además de en la ciencia, los ateos?

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David Sloan Wilson ha escrito en el Huff Post sobre la relación entre los “nuevos ateos” y la ciencia evolucionista de la religión. En algunas partes puede que lleve razón, pero en otras simplemente es la típica regañina a los ateos que, en determinados ambientes, le otorga a uno un toque de distinción y sofisticación.Una de las cosas más llamativas del post está hacia el final, cuando Wilson menciona que “los sistemas de significado secular a menudo se apartan de la realidad factual a su propio modo”. Este es un tipo de argumento que suele emplearse habitualmente para equiparar el ateísmo con otras “creencias”, incluso religiosas, como si fueran la misma cosa. Pues bien, eso que en apariencia se distingue (y no necesariamente para apartarse) de la “realidad factual” se llama tradicionalmente filosofía. Al fin y al cabo las personas ateas tienen un cerebro humano del mismo tipo de los creyentes, y esto significa que comparten una necesidad común de autoestima, de control sobre los propios pensamientos y de consistencia cognitiva. Lo que no significa es que las “creencias” de los ateos sean equiparables en principio a las de los creyentes.

Sigue llamando la atención que los “nuevos ateos” sean siempre un pequeño subconjunto de intelectuales angloparlantes y que siga presentándose como prácticamente inaudita una polémica de siglos. Al fin y al cabo, tal como evidencia la obra de Philipp Blom (alemán, aunque estudió en Oxford) el ateísmo moderno se organizó hace más de dos siglos, alrededor de las legendarias mesas del salón de Holbach en una calle de París. Y aquel materialismo y ateísmo radical no surgió de repente. Se asentaba en una tradición filosófica discontinua pero persistente, desde Epicuro hasta Spinoza. Muchas de las discrepancias que separaban a los visitantes del salón, entre Hume y Holbach o Diderot, o entre estos y Rousseau o Voltaire, de hecho parecen un calco de muchas actuales. Me temo que casi ningún argumento de los llamados hoy “nuevos” ateos sería desconocido o incomprensible para los que se reunían habitualmente en el salón de la rue Royale.

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