Los cuatro tipos de ateos

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Se estima que hay en el mundo al menos 500 millones de ateos, una minoría no trivial. Para Norenzayan y Gervais (2012) el estereotipo del ateísmo como un fenómeno más o menos unitario es erróneo. No todos los ateos son como Richard Dawkins. Hay otros tipos, según cuáles sean los fundamentos evolutivos y psicológicos activos en cada caso.

Para estos investigadores el ateísmo y las creencias religiosas comparten los mismos patrones naturales subyacentes, y por tanto, pueden ser explicados por “un único marco evolutivo arraigado tanto en la evolución genética como en la cultural”.

Según una visión dominante en la ciencia cognitiva de la religión, las creencias religiosas arraigan en intuiciones naturales, en parte genéticamente determinadas, lo que en apariencia dificulta entender por qué hay ateos. En contra de ese punto de vista, Norenzayan y Gervais argumentan que “el ateísmo es más duradero y prevaleciente de lo que cabría esperar si sólo estuviera dirigido por un costoso esfuerzo contra el teísmo intuitivo”. Existirían más vías para llegar a la increencia, y los autores identifican cuatro.

El primer tipo es algo así como el “ateísmo psicológico” (“mind-blind atheism”). Los “ateos psicológicos” tendrían una “teoría de la mente” no tan desarrollada como el resto, un sesgo psicológico que podría crearles dificultades para representarse agentes sobrenaturales con intenciones mentales. Esta hipótesis estaría avalada por el hecho de que los ateos están sobrerrepresentados entre los autistas (Caldwell-Harris et al., 2010), y entre los hombres –con la notable excepción del Islam.

El segundo tipo se corresponde con los “ateos indiferentes” (“apatheism”), caracterizado por la indiferencia hacia la religiosidad, sobre todo en sus aspectos rituales y sociales. Este tipo de ateísmo estaría causado en parte por un aumento de la seguridad existencial, lo que explicaría por qué las opciones seculares progresan en los estados más prósperos y seguros del mundo (Gill y Lungsgaarde, 2004; Rees, 2009) y por qué a la inversa los países más inseguros y menos prósperos también tienden a ser mucho más religiosos.

En tercer lugar, tendríamos los “ateos culturales”, es decir, personas que no han desarrollado creencias religiosas simplemente porque no han recibido ninguna presión cultural significativa favorable a la religión. Estos mecanismos de la psicología gregaria, y en especial el deseo de generar signos de credibilidad social, explican fácilmente por qué hay personas más seculares en países donde hay mayoría secular, y menos donde predominan las religiosas.

Por último, los “ateos analíticos” constituirían sólo un último subconjunto: el de las personas que han llegado al ateísmo después de emplear distintas herramientas intelectuales para superar los sesgos innatos que favorecen la religiosidad. Esta hipótesis estaría apoyada por la propia historia de la filosofía; pues los teólogos y filósofos tienden efectivamente a desarrollar concepciones más abstractas y menos “antropomorfas” de la divinidad, en contraste con la religiosidad popular, mientras que también hay algunas evidencias de laboratorio de que el pensamiento analítico erosiona las creencias religiosas (Gervais y Norenzayan, 2012).