Sobre el subdesarrollo del ateísmo y del laicismo en España

por Eduardo Robredo Zugasti en http://www.revolucionnaturalista.com

El ateísmo y el secularismo progresan básicamente bajo tres condiciones que están relacionadas entre sí. La primera es la democracia (los países con mayor interés en la democracia son los menos religiosos) y un sistema de “bienestar” económico que alivie la inseguridad personal. La segunda es la libertad de expresión que permite confrontar los argumentos irreligiosos en un territorio neutral y sin coacciones. La tercera es la expansión de la cultura científica, que favorece sistemáticamente la disminución de la religiosidad (los científicos y los filósofos suelen ser mayoritariamente ateos o agnósticos).

Ninguna de estas condiciones incluye la “quema de iglesias” o persecución religiosa de ninguna clase, aunque esto es justamente lo que sigue pensando el lumpen del ateísmo español. Yo no puedo evitar volver a recordar estas palabras de Puente Ojea: “Los ateos españoles, con no ir a misa, meterse con los curas cuando podían darle palos y tal y cual y hacer ademanes de rebelión, creían que habían dejado ya la creencia para siempre, cuando ni la examinaron ni la conocían bien.”

En el marco de la confrontación con el laicismo, tan vivo en los últimos tiempos, es del máximo interés potenciar la identificación de los ateos y laicistas con este tipo de grupos, pese a su evidente carácter marginal, vecinal y folklórico. Pero de esto no tienen la culpa los arzobispos, en realidad, sino los mismos ateos españoles, que en más de tres décadas de democracia no hemos sido capaces de formar una asociación secularista verdaderamente seria, con recursos y de carácter nacional.

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El declive de la violencia

La idea de que los seres humanos son pacíficos por naturaleza y corrompidos por las instituciones modernas nos hizo soñar durante mucho tiempo con un pasado idílico.Pero los científicos sociales nos llaman al desengaño: no todo tiempo pasado fue mejor, sino todo lo contrario…

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Ni irascible ni agresivo ni impaciente ni gruñón

por Glenys Álvarez en sindioses.org
La primera carta de odio que recibí aquí en Sin Dioses me tomó por sorpresa. Al vivir en un mundo de proselitismo religioso, no creí que una página en la red sobre ateísmo concerniría a nadie. Entendía que pasaríamos desapercibidos. Han pasado casi nueve años desde entonces y las cartas continúan arribando; la publicación de ellas en la sección de la Edad Media ha disminuido un poco el furor, pero no lo acalla. Nos preguntan por qué dedicamos tanto tiempo a dios si no creemos en él (esa es una constante), nos recuerdan que nuestra alma arderá para siempre en el infierno o, con palabras misericordiosas, nos aseguran que estaremos en sus oraciones. La indignación es otra constante en sus continuas demandas. Una vez, durante una charla que daba para la Academia de Ciencias de mi país, un creyente interrumpió mi discurso con folletos sobre su dios mientras me acusaba de decir mentiras. Aquella inquietante perturbación también me tomó por sorpresa; ni siquiera estaba hablando de dios ni de religión, mi charla era sobre genes.

Pero la ciencia tiende a inquietar al religioso. Todos sabemos por qué. Desde que la observación y el pensamiento racional unieron fuerzas en la investigación científica, las explicaciones religiosas sobre el mundo han quedado atrás. Hoy, a pesar de que la evolución explica perfectamente el origen del ser humano, el religioso aún se opone a todas sus evidencias.

No le debo mi ateísmo a Richard Dawkins. Tampoco a Carl Sagan ni a Christopher Hitchens, mucho menos a Daniel Dennett o Michael Shermer, no tenía idea de quiénes eran ellos cuando descubrí que era atea. De hecho, los autores que despertaron mis neuronas ni siquiera eran incrédulos.

Ser madre tampoco me hizo atea, ya lo era antes; pero me obligó a buscar los medios para explicar mejor mi ateísmo; necesitaba afianzar mis ideas; era mi obligación ser coherente sobre mi forma de vivir pues mi hijo vendría al mundo en ella. Esta nueva responsabilidad me puso en marcha, obligándome a actuar: buscar un colegio laico, emprender conversaciones difíciles con profesoras evangelizadoras, escribir cartas a la directora y darle a él todas las evidencias que conozco sobre por qué somos ateos (muchas de ellas descubrí leyendo a esos nuevos ateos que menciono más arriba). Ahora me tildan de agresiva por ello, por ser coherente con mis ideas y expresarlas.

Es precisamente lo que encontré en una columna escrita por Caspar Melville en el periódico británico The Guardian y publicada en el blog La media hostia (http://lamediahostia.blogspot.com/). Melville, autodenominado ateo que proclama defender el nuevo ateísmo en el día y atacarlo en la noche (algo así como mi relación con las dietas) afirma que el nuevo ateísmo ofrece una visión simplista de la religión y, continúa, en su embate disfrazado de auxilio: “pero, seamos claros, no importa dónde decidamos ir, probablemente no estaríamos ahí si no hubiésemos tenido esos cinco años del impaciente, irascible, romo y descreído discurso del Nuevo Ateísmo que ahora tenemos que dejar atrás”.

¡Vaya con el profeta Melville!, no sólo insulta la inteligencia de grandes pensadores ateos (que no nuevos), sino que sentencia la muerte de un movimiento joven cuyo discurso me es imposible caracterizar como irascible ni obtuso. Mucho menos que pinte la religión de forma simplista.

Oponerse a la crítica franca de las religiones es condonar lo que continúan haciendo, machacar el derecho de todos a la libre expresión y colaborar con un concepto aberrante como la blasfemia. Es perfectamente normal que creyentes se tomen el tiempo para escribir cartas de odio a una página atea, que recurran al fraude y la mentira y al bloqueo del conocimiento científico en el mundo, alentando a la continua opresión de la mujer y otras minorías, pero si un ateo expresa su punto de vista: ‘bueno, obviamente somos impacientes e irascibles. Sencillamente irrespetuosos’.

Los primates hemos desarrollado emociones que nos impulsan a actuar de formas negativas o positivas con o sin la religión; lo racional es promover los rasgos que ayudan al bienestar del grupo e intentar cambiar y domar los negativos. No precisamente la especialidad religiosa. De hecho, si existen todos esos creyentes tan maravillosos, es porque ninguno sigue sus libros sagrados de forma literal y la mayoría ni siquiera los conoce; ser bondadosos es parte de su humanidad.

Y en cuanto a tener una visión simplista de la religión, pues por el contrario, la unión de la ciencia y el ateísmo nos devuelve una religión enriquecida por la genética y la neurología, diversificada por la psicología y la sociología evolutivas, diseccionada por una historia más objetiva, ya despojada del subjetivismo impuesto por los que tienen el poder. Hemos desnudado a la emperatriz y en nuestra sociedad ningún desnudo, por metafórico que sea, es simple; nuestra cultura es estrictamente antinudista.

En ese sentido, el ateísmo libre, que cada cual adopta porque no puede pensar de otra forma, suscita sentimientos de rechazo; una ocurrencia común en todo movimiento provocador: la gente teme abandonar el status quo. Millones de mujeres aún se oponen y niegan el feminismo, los mismos esclavos dudaron ante la valentía de los que se enfrentaron a sus opresores y todavía un sinnúmero de homosexuales defiende desde su incómodo armario, una heterosexualidad falsa que disfrazan de homofobia. Respetar las ideas de nuestros abuelitos no nos lleva al progreso.

Ahora bien, cada ser humano es una multitud, y no sólo bacteriana. Nuestro cerebro se debate todo el tiempo entre nuestros impulsos y lo que sabemos nos conviene, es una guerra que se complica con el desarrollo de nuestra corteza prefrontal y otras áreas ejecutivas y el crecimiento de nuestras sociedades. En ese sentido, muchos aseguran que las religiones logran controlar esos primitivos impulsos humanos y así aplicar el orden, con la mano dura de Dios, a una especie primitiva, contaminada por el instinto animal. ¿Ha dado eso resultado? ¿Somos verdaderamente una mejor especie porque la religión ha dominado al mundo? ¿Es la religión la dueña de la moral y los humanos los únicos en poseerla? ¿Creen ustedes que los seres humanos éramos incapaces de ayudarnos unos a los otros antes de desarrollar la religión?

La respuesta que nos brinda hoy el estudio de varias ramas científicas, incluyendo la neurología, la primatología y la sociología, es contundentemente negativa. No he nutrido el pensamiento de mi hijo con moral religiosa sino con firmes principios éticos que nacieron porque somos animales sociales y tenemos que vivir en grupos cada vez más grandes y diversos. Necesitábamos empatía; esos animales que la desarrollaban tendían a pasar más sus genes y prosperar.

No sólo eso, en la actualidad, el porcentaje de ateos en las cárceles del mundo es realmente ínfimo, sin embargo, entre científicos es notablemente alto, en esta página es posible encontrar esas y más estadísticas para Estados Unidos y otras partes del mundo. (http://www.freethoughtpedia.com/wiki/Percentage_of_atheists)

«Oponerse a la crítica franca de las religiones es condonar lo que continúan haciendo, machacar el derecho de todos a la libre expresión y colaborar con un concepto aberrante como la blasfemia»

Los religiosos afirman que un mundo secular sería caótico. Yo he crecido en un mundo religioso y no percibo ni orden ni justicia en él. Algunos argumentan que el ateísmo ha tenido su momento y que no ha funcionado tampoco; pero el ateísmo comunista no es ateísmo, es una oposición al orden religioso que imitó el mecanismo usado por los cristianos en el “Nuevo Mundo”: obligar a los demás a aceptarlo como dogma. No obstante, el ateísmo dogmático cae por su propio peso. No se trata de que un gobierno dictatorial te imponga cómo pensar, se trata de que los gobiernos te ofrezcan la libertad para pensar en el laicismo, pero eso es inadmisible para muchos. Como bien lo planteara Noam Chomsky, hasta en los sistemas democráticos el pensamiento libre es un peligro.

“Un estado totalitario puede satisfacerse con grados menores de alianza a las verdades requeridas. Es suficiente que las personas obedezcan; lo que piensen tiene una importancia secundaria. Pero en un orden de democracia política siempre está el peligro de que el pensamiento independiente sea traducido en acción política, por lo que es importante eliminar la amenaza desde la raíz”.

Por eso, Joseph Ratzinger y Mahmoud Ahmadinejad unen fuerzas contra los nuevos ateos, por eso nos catalogan ahora de agresivos, irascibles, obtusos. Nos atacan acusándonos de que parecemos religiosos, que somos tan irracionales y dogmáticos como ellos. ¿Curioso, no? Que ni siquiera eso los haga meditar.

“No es un accidente que Santo Tomás de Aquino pensara que los herejes deben ser asesinados y que san Agustín pensara que debían ser torturados también (pregúntese entonces si estos buenos doctores de la iglesia ¿no debieron de haber leído detalladamente el Nuevo Testamento como para descubrir allí que a lo mejor estaban errados?) Como una fuente de moralidad objetiva, la Biblia es uno de los peores libros que tenemos. De hecho, podría haber sido el peor si no contáramos también con el Corán”, escribe Sam Harris en la página de “Humanismo secularista” (http://www.secularhumanism.org/index.php?section=library&page=sharris_26_3).

Neurólogos como Harris y otros científicos en distintas ramas, creyentes o no, nos han devuelto un cerebro dotado de su propio armazón ético, que desarrolla ayudado por el medio y su interacción con los demás. No son características únicas en los humanos, ni siquiera en los primates. La moral no ha sido un regalo divino. Si lo fuera, los dioses nos hubieran dotado con un sistema mucho más sofisticado y los “médiums” que trabajan directamente para ellos no cometieran actos amorales. Los dioses que gobiernan hoy la vida de la mayoría de los humanos sobre el planeta poseen una ética que deja mucho que desear. Por eso concuerdo con el primatólogo holandés Frans de Waal cuando dice:

“Quizás sea sólo yo, pero desconfiaría de cualquiera cuyo sistema de creencias es lo único que se interpone entre ellos y conductas repulsivas. ¿Por qué mejor no asumir que nuestra humanidad, incluyendo ese autocontrol que se necesita para mantener una sociedad habitable, ya vino integrada en nosotros? ¿Realmente creen que nuestros ancestros no se ayudaban entre sí o se quejaban de injusticias antes de conocer estas religiones organizadas que claman ser dueñas de la moral. La moralidad humana es mucho más vieja que las religiones y las civilizaciones”.

Nos reservamos el derecho a no servir a metafísicos

Bye, bye, dios

A otro tipo de creyentes, entre ellos agnósticos, les incomoda el reduccionismo en el discurso del ateo. La navaja de Occam los corta profundamente y se molestan. En sus más recientes publicaciones, Stephen Hawkins y Sam Harris declaran muerta a la filosofía y erradican de sus discursos, el primero basado en la astrofísica y la cuántica y el segundo en la neurología, la necesidad de los dioses. Su literatura intenta llegar a más personas y desmitificar el discurso científico como aburrido, pero su indiferencia hacia la filosofía y cualquier asomo de metafísica ha desconcertado a muchos que se levantan en protesta.

“Estoy convencido de que cada aparición de términos como metaética, deontología, incognitivismo, antirrealismo o emotivismo, etc, directamente aumenta la cantidad de aburrimiento en el universo”, bromea Harris en su más reciente libro, The Moral Landscape.

Llegar a explicaciones sobre el comportamiento humano a través de las distintas ramas científicas no es reducirlo a términos peyorativos. Identificar al individuo como la suma de los mecanismos que producen su conciencia no es denigrarlo, especialmente si esta reducción viene acompañada por evidencias. Pero la resistencia es fuerte y persistente; es problemático aceptar lo nuevo y pensar de forma no convencional.

Evidentemente, los seres humanos no necesitamos de las religiones para crear divisiones entre la especie. Vivimos bajo emociones encontradas e impulsos ante los cuales cedemos una y otra vez. “El simio vestido”, nos llaman los sociólogos darwinistas; “un avanzado cromagnon víctima de su medio”, nos dicen los deterministas culturales. Para mí que somos una combinación inseparable de ambas cosas que se retroalimenta constantemente; su producto innegable. Por eso es tan difícil pensar más allá de la generación que te toque vivir, más allá de tu medio; aunque no quiere decir que no podamos ni debamos intentarlo.

Que el Papa y el presidente de Irán le declaren la guerra a los ateos es un punto a favor del laicismo y evidencia lo peor en la religión; también realza los efectos directos de este nuevo ateísmo que tanto desean denigrar y tergiversar. Los ateos, como los creyentes, somos todos distintos. Encontrarás por ahí algunos más pasivos que otros, también los habrá más o menos estudiados, más o menos informados y más o menos escépticos, pero todos estamos de acuerdo en que el ateísmo no pretende suplantar los dogmas religiosos, el ateísmo dogmático es ignorante y huele a política.

Stephen Jay Gould no pertenecía a los nuevos ateos. El famoso paleontólogo autor de varios divertidos e interesantes libros, entre ellos Bully for Brontosaurus, pensaba que la religión y la ciencia debían vivir en mundos paralelos, una encargándose del crecimiento moral y espiritual de los individuos y la otra explicando a través de las evidencias el mundo donde vivimos. El problema con esa forma de pensar es evidente. Dawkins la caracterizó de puro sin sentido ya que muchas religiones ofrecen explicaciones sobre el origen de la vida, del ser humano y del Universo. Explicaciones basadas en fábulas indefendibles que llevan milenios contraponiéndose a las observaciones y evidencias científicas, bloqueando su estudio en las escuelas y promoviendo este tipo de ideología como la única válida. Hoy en día, como es lo usual, si clamas desacuerdos ante esta visión y te agarras de la ciencia como defensa te tachan de agresiva, de nueva atea, irascible, obtusa e impaciente; en otras palabras, todos somos libres de expresarnos, a menos que pienses distinto a mí.

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En la Europa del siglo XXI los no creyentes siguen siendo discriminados

autor: Eduardo Robredo Zugasti en revolucion naturalista

El Consejo de Ex Musulmanes de Gran Bretaña ha informado, a través de una carta dirigida a sus simpatizantes, que esta insólita institución atraviesa problemas financieros debido en parte a la negativa del Comité de Caridad de Inglaterra de facilitarles dinero público alguno. Desafiar el tabú islámico de la apostasía resulta demasiado “controvertido” para los responsables de la caridad estatal británica, que también han cuestionado la propuesta de esta asociación de separar la religión del estado:

Las leyes inglesas reconocen a la religión como un objetivo caritativo, y la ley del estado proporciona ciertos privilegios fiscales a la caridad. La prohibición de tales privilegios fiscales tal como se demanda en el Manifiesto requeriría un cambio en las leyes. De forma similar, la separación de la religión del estado y del sistema legal y educativo requeriría tanto una reforma constitucional como un cambio en las leyes.

Desde el punto de vista legal y constitucional, este criterio es el mismo que aparece en el ordenamiento español, que define el estado como aconfesional en lugar de como estado laico.

Si el estado no se define como neutral con respecto a las creencias religiosas, resulta francamente discriminatorio que no dispense un trato equivalente a quienes han manifestado que no desean tener creencias religiosas. En definitivas cuentas, si los no creyentes poseen realmente los mismos derechos que los creyentes y si la religión no es un privilegio, las asociaciones de no creyentes deberían gozar de al menos los mismos privilegios fiscales que las asociaciones religiosas.

Es paradójico que una organización con un carácter heroicamente democrático como el Consejo de Ex Musulmanes no consiga un reconocimiento legal como asociación caritativa en Gran Bretaña, pero sí lo hagan las asociaciones islamistas que propugnan el reconocimiento legal de la Sharia, con la consiguiente ruptura en la unidad de la ley.

Relacionado: Manifiesto del Consejo de Ex Musulmanes de Gran Bretaña

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Doce pruebas de la inexistencia de Dios

por Sébastien Faure

Publicado en 1926

Hay dos medios de estudiar y procurar resolver el problema de la inexistencia de Dios.

El primero consiste en eliminar la hipótesis Dios, del campo de las conjeturas plausibles o necesarias, por una explicación clara y precisa de un sistema positivo del Universo, de su origen, de sus desenvolvimientos sucesivos, de sus fines.

Esta exposición inutilizaría la idea de Dios y destruiría inmediatamente la base metafísica de los teólogos y filósofos espiritualistas.

En el estado actual de los conocimientos humanos, en todo lo que ha sido demostrado o pueda demostraste verificable, reconocemos que un conocimiento preciso del Cosmos no existe. Existen, es cierto, varias hipótesis ingeniosas que no chocan con la razón: sistemas más o menos aceptables, que se apoyan en una serie de experiencias basadas en la multiplicidad de observaciones, sobre las que se han modelado un carácter de probabilidad impresionante. También puede sostenerse que esos sistemas, esas suposiciones, soportan ventajosamente la confrontación con las afirmaciones teístas; mas, a decir verdad, consideramos que no existen en este punto sino tesis que no poseen el valor de la certeza científica, quedando cada uno en libertad de conceder su preferencia a tal o cual sistema que le sea expuesto, pudiendo decir que la solución del problema así planteado aparece, actualmente al menos, bastante relevada.

Los adeptos de todas las religiones aprovechan las ventajas que les concede un estudio tan arduo y complejo, no para resolverlo en afirmaciones concretas o en razonamientos acabados, sino para perpetuar la duda en el espíritu de sus correligionarios, lo que resulta para ellos el punto capital.

En esta lucha esforzada entre el materialismo y el teísmo, cada doctrina se defiende con tesón, pero los creyentes, a pesar de haber sido puestos en actitud de vencidos, tienen la impudicia de declararse, ante la multitud ignara, dignos cantores de la victoria, y buena prueba de ello es la manera de expresarse de los periódicos de su devoción, con cuya comedia pretenden mantener bajo el cayado del pastor a la inmensa mayoría del rebaño. Esto es, en síntesis, lo que desean estos falsos redentores.

El problema planteado en términos precisos

Sin embargo, hay una segunda manera de intentar la resolución del problema, y consiste en examinar la existencia de Dios que las religiones proponen a nuestra adoración.

Podrá encontrarse un hombre sensato y reflexivo que admita la existencia de Dios como si no estuviera rodeada de ningún misterio, como si nada con ella relacionado se ignorara, como si hubiera podido descifrarse todo el pensamiento divino en sus propias confidencias.

Esto ha hecho; aquello ha dejado de hacer; esto ha dicho; lo otro ha dejado de decir; se ha movido; ha hablado con tal fin, por tal razón; quiere tal cosa; prohíbe tal otra; compensara una acción mientras castigara otra diferente. ÉL ha hecho lo presente y quiere que se haga lo futuro, porque es infinitamente justo, sabio, bueno, etc.

¡Ah que dicha! He aquí un Dios que se hace conocer. Baja del imperio de lo inaccesible, disipa las nubes que le rodean, desciende de las alturas, habla con los mortales confiándoles su pensamiento, les revela su voluntad y encarga a un grupo de privilegiados la misión de extender su “doctrina”, de propagar su ley, revertiéndoles de plenos poderes tanto en la tierra como en el cielo.

Este Dios, sin embargo, no es el Dios-fuerza, Inteligencia, Voluntad, Energía, que, como tal, podría, según las circunstancias e indiferentemente, ser bueno o malo, útil o inútil, justo o injusto, misericordioso o cruel; este Dios, dotado de todas las perfecciones, no puede ser compartible más que con un estado de cosas del cual fuera él creador, y por el que se afirmaría su Poder, su Justicia, su Bondad y su Misericordia infinitas.

Este Dios es el que nos enseñan en el catecismo cuando somos niños; es el Dios viviente y personal en cuyo honor se elevan los templos, hacia el que se ascienden las plegarias, por el que se realizan los sacrificios y al que pretenden representar en la tierra todos los clérigos de las castas sacerdotales.

No es ese algo desconocido; esa fuerza enigmática; ese poder impenetrable; esa inteligencia incomprensible; esa energía incognoscible; ese principio misericordioso; hipótesis, en fin, que, en medio de la impotencia humana de hoy para explicar el cómo y el porqué de las cosas, el espíritu acepta complaciente. No es tampoco el Dios especulativo de los metafísicos; es el Dios que sus representantes nos han descrito y detallado tan amplia y luminosamente. Es el Dios de las religiones, el de la historia religiosa de cada pueblo, el que yo niego y voy a discutir; el que conviene a estudiar si queremos obtener de esta exposición filosófica un provecho positivo, un resultado practico.

¿Quién es Dios?

Puesto que sus representantes en la tierra han tenido la amabilidad de describírnoslo con todo lijo de detalles, aprovechemos estos, examinemos de cerca y detenidamente, pues para discutirlo bien es preciso conocerlo bien.

A fin de reconocer su valor, examinemos las tres proposiciones que lo componen.

Ese Dios, con un gesto potente y fecundo ha hecho todas las cosas de la nada; el ser del no ser, y por su sola voluntad ha sustituido con el movimiento, la inercia, con la vida universal, la muerte universal: es el Creador, que lejos de volver a su inactividad secular y continuar indiferente a la cosa creada, se preocupa de su obra, se interesa, interviene, cuando lo cree necesario, la administra, la dirige, la gobierna. Es la Providencia que, convertida en Tribunal Supremo, hace comparecer ante él a cada uno después de la muerte; le juzga según los actos de su vida, pesa en la balanza sus buenas y sus malas obras, y pronuncia en último extremo, sin recurso posible, la sentencia que hará del juzgado, por todos los siglos de los siglos, el más dichoso o el más desgraciado de los seres. Es la Justicia Suprema.

Luego Dios, que posee todos los atributos, no excepcional sino infinitamente, no admite grados de comparación: es la Justicia, la Bondad, la Misericordia, la Potencia, la Sabiduría infinitas.

Contra la existencia de este Dios, yo presento doce pruebas, aunque con una sola bastaría para negarla.

División de la cuestión

He aquí el orden en que presentare mis argumentos, que formaran tres grupos: el primero tratara particularmente del Dios creador, y se compondrá de seis argumentos; el segundo se ocupara especialmente del Dios gobernador o Providencia, formado por cuatro argumentos; y, en fin, el tercero y último presentara al Dios Justiciero o Magistrado en dos argumentos. En total formaran las doce pruebas de la inexistencia de Dios.

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Los islamistas llevan a juicio la Biblia en Pakistán

publicado en: http://ateorizar.blogspot.com

Islamabad- Ahora la Biblia se ha convertido en el nuevo blanco de ataque de los extremistas religiosos paquistaníes. Maulana Abdul Rauf Farouk, líder del partido islamista Jamiat Ulama Islam (JUI) ha presentado una demanda al Tribunal Supremo paquistaní para prohibir la Biblia, alegando que Las sagradas Escrituras «difaman el nombre de algunos profetas y es considerada blasfema»…

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