Noruega rechaza la ley islámica
Los relativistas culturales, bellas almas de cántaro de la era socialdemócrata, creen que basta con distinguir entre la minoría terrorista islamista y la gran mayoría de musulmanes moderados para que reine la armonía en la tierra y todos seamos buenos hermanos. Es lógico. Para esta gente, los islamistas son como los bolcheviques, que quieren hacer la revolución a «lo bestia», mientras que los musulmanes «moderados» son como la socialdemocracia que la quiere hacer por la vía «pacífica». Llegar por la vía armada al gulag, o al califato, es feo. Llegar por vías «de participación democrática» es bonito. Más que bonito, es un derecho. Para esta gente, el pecado no es el gulag, sino sólo la manera de llegar. Creen que no hay verdades absolutas y, por tanto, si la gente «democráticamente» quiere un gulag, pues hay que aceptar el gulag.
En Noruega, como en muchos otros países del norte de Europa, durante mucho tiempo han creído que esta actitud era la correcta. Siempre han tenido una actitud muy permisiva a la hora de conceder permisos y facilidades de toda clase para instalar mezquitas o locales de reunión y plegaria destinados a la comunidad musulmana. Creían que esta actitud de Tolerancia serviría para facilitar la integración. Pero lo que ha pasado, por el contrario, es que cada concesión ha sido recibida como una victoria para su identidad y como una derrota del estado occidental. Hasta el punto, que ahora han pedido la introducción de la ley islámica, la sharia, en la legislación noruega. La respuesta, afortunadamente, ha sido un no rotundo y definitivo, por tratarse de una cuestión calificada de innegociable.
La «sharia» islámica, que refleja las ideas del Corán y del Hadiz, regula el conjunto de actividades públicas y privadas de los fieles de aquella religión, y puede dictar sentencias de derecho civil sobre divorcios, herencia, economía y relaciones familiares. Esto significaría la existencia de dos leyes paralelas dentro del territorio noruego, destinadas a las diferentes creencias de sus ciudadanos.
Este rechazo ha sido más categórico aún desde el momento en que ha quedado claro que su implantación sería discriminatoria para las mujeres, quedando así gravemente afectado el uso normal de sus derechos. Visto desde la perspectiva noruega, la «sharia» islámica equivaldría a dar un salto atrás de un millar de años, y las mujeres serían las primeras víctimas.
El Islam, radical o moderado, es insoluble en el estado democrático de derecho. O los musulmanes aceptan la separación entre religión y estado, como lo hicieron las iglesias cristianas, o no hay nada que hacer.
Publicado por Nihil Obstat
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