La COPE Sin Mí (Nuevo Récord)

Extraido de «Por la boca muere el pez»

Poco he durado en el rebaño de la COPE: en cuanto un tarado de esos con mucha fe pero escasa ciencia descubrió -sin duda leyendo la pecera, lo que, le comunico, es sin duda pecado mortal- y lo contó en su bitácora en la que bajo el paraguas del antidarwinismo lo que vende es la mala baba habitual de los cristofascistas, el mundo e-católico descubrió de repente que este pececillo era ateo entre otras mercedes que le adornan. Y ya saben cómo es esta gente, que rápidamente te amenaza con la excomunión, luego te montan un tribunal inquisitorial y, si pudieran, no solo te suspenden ab homine, a divinis o como sea, sino que te suspenden de un cabo. Colgándote, quiero decir.

No ha sido tanto y mi cuello sigue entero, la cabeza bien colocada encima de los hombros como siempre. Pero me han llamado de «La Mañana» y me han dicho que deben suspender mi colaboración. Suspenderla, ya ven. Que han llamado de la dirección general, que la cosa venía de la confe (no les debe haber gustado aquella vez que recogía la colorista caracterización de un extraterrestre malhablado, aquello de la «sauna de chuloputas» de Plutón BRB Nero, entre otras cosas de este lenguaraz pez) y que aquí paz y después gloria. Que no hay mañana colaboración, así que no podré contar lo del trabajo de Jordi Bascompte sobre el análisis estadístico de las crisis ecológicas, bursátiles, sanitarias y demás. Será en otro momento, no me cabe duda.

Bueno, ahí queda la cosa. A los directores del magazine de «La Mañana» no puedo sino seguirles agradeciendo que depositaran su confianza en mí y lamentar que ellos quizá también hayan confiado demasiado en ese eslogan que habla de una radio donde caben todas las opiniones, la Cope más libre y tal. Va a ser que no.

En cualquier caso, reconozco que mi papel es meramente instrumental en todo esto: simplemente el sector más fiero de la caverna no perdona que la Cope se haya deshecho de sus voceros más destacados, y mientras Federico y los suyos retoman posiciones mediáticas, la guerra está plantada y el asunto es descalificar a la «nueva» Cope. Yo les he venido bien, e imagino que ahora pretenderán exhibir mi cadaver por ahí como una victoria por su parte.

Me parece que no, al menos en lo que a mí respecta sigo como siempre. Eso sí, me pierdo esta nueva actividad de las mañanas de los martes que me obligaba a mantenerme un poco más al día. Tampoco es que ahora haya que ponerse a montar campañas contra la censura en la Cope. Bueno, soy un buen ejemplo de cómo en algunos medios de comunicación se considera que también los trabajadores y colaboradores deben ser de su cuerda. Otros apostamos más por la pluralidad y la diferencia, pero claro, por eso no tenemos medios de comunicacion, ni iglesias ni partidos políticos.

De paso, a quienes tanto les preocupaba mi conversión en plan Saulo de Tarso, esta censura y expulsión del paraíso terrenal radioeléctrico les dejará más tranquilos.

Y, finalmente, me contengo para no hacer chistes, pero conste que dentro de unos días ya los podremos hacer. Porque la cosa no deja de tener su gracia.

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Holanda actúa contra un grupo musulmán por una viñeta que niega el Holocausto

El Ministerio Fiscal de Utrecht, en el centro de Holanda, ha decidido llevar a los tribunales a la organización Liga Árabe Europea (LAE) por publicar en su página de internet una caricatura que niega el Holocausto.

EFE

La Fiscalía de Utrecht explica que «la viñeta puede ser calificada como discriminatoria», según un comunicado del que se ha hecho eco la agencia de noticias Belga. En el dibujo se ve a dos hombres ataviados con un kipá (casquete redondo típicamente judío) que observan un montón de esqueletos apilados bajo un cartel que reza «Auswitch».

«No creo que se trate de judíos», dice uno de ellos, a lo que el otro responde: «Debemos llegar hasta los seis millones de una manera o de otra».

La asociación árabe ya había publicado y retirado esta caricatura en 2006, pero la volvió a colgar el mes pasado, en protesta por el anuncio de la Fiscalía holandesa de archivar la causa contra el diputado Geert Wilders, que colocó en su página web las viñetas sobre el profeta Mahoma que aparecieron en un diario danés hace cuatro años.

Las polémicas caricaturas fueron consideradas ofensivas por muchos musulmanes. que desencadenaron una ola de manifestaciones violentas contra Dinamarca en enero y febrero de 2006, con varios muertos como resultado.

El Ministerio fiscal de Utrecht ha considerado que los dibujos rebasan la legalidad y, por tanto, ha decidido actuar contra la asociación árabe. Otros dibujos de la citada página muestran, por ejemplo, a Hitler en la cama con una niña a la que dice: «Espero que cuentes esto en tu diario, Ana», en clara referencia a Ana Frank.

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Discurso preliminar al Sistema de la naturaleza

Discurso preliminar al Sistema de la naturaleza, de Paul Henri Thiry, Barón de Holbach. Publicado en el Foro de Humanismo Secular por cortesía de la editorial Laetoli (Pamplona, 2008)

Versión del discurso en PDF

In hoc sumus sapientes, quod Naturam, optimam ducem tanquam Deum sequimur, eique paremus.

[Nuestra sabiduría consiste en seguir a la naturaleza, la mejor guía, y obedecerla como a nuestro Dios]

– Cicerón, De Senect.,liber II, 5

¡Hombre!, cuando leas esta obra su autor no será sino un poco de polvo. La razón se ve obligada a hablar sólo desde el fondo de la tumba: el grito de la naturaleza está silenciado en todas partes por hijos ingratos que temen oírlo, la verdad no puede mostrarse sin peligros en este mundo que debería ilustrar. La virtud sin apoyo, la sabiduría despreciada, la verdadera moral ignorada, están expulsadas de esta tierra que tendrían que gobernar. No les está permitido de ningún modo instruir al género humano, consolarlo en sus penas, indicarle las causas, enseñarle los remedios: el amigo de los hombres está obligado a encerrar sus pensamientos en su corazón, ahogar sus suspiros y ser el espectador mudo de los infortunios de sus semejantes. Calumnias, cadenas y hogueras son el castigo que la impostura triunfante reser va en todas partes a quienes se atreven a rasgar el velo que cubre los ojos de los mortales.

La superstición y la tiranía han invadido el mundo y han hecho de él un calabozo tenebroso, cuyo silencio turban sólo los clamores de la mentira o los sollozos que la opresión arranca a los cautivos que encierra. Estas dos furias, siempre vigilantes, impiden que la luz se abra paso hasta su sombría morada; de ningún modo soportan que se ilustre o conforte a los esclavos, a quienes la ignorancia, el terror y la credulidad mantienen encadenados a sus pies. Por orden de ellas, la impostura, sentada a la entrada de esta cárcel, embriaga a sus víctimas desde la infancia con el brebaje del error. Estos desgraciados quedan toda su vida bajo los efectos del filtro venenoso; subsiste en ellos para siempre una debilidad o una demencia habituales, de las que se aprovecha la autoridad para encadenarlos. La violencia, la opinión y la inercia los mantienen embotados en un sueño incesantemente turbado por fantasmas y sueños funestos, y no salen de este inquieto reposo sino para entrar en un delirio aún más peligroso. Entonces, turbados por sus sueños insensatos, reciben de manos del fanatismo los cuchillos homicidas afilados por el fervor, se hieren unos a otros y se destruyen sin causa. Ante el nombre fatal de un ser desconocido quedan poseídos por un pánico terrible. Cada uno en su locura considera un mérito, un deber, odiar, atormentar o dego llar a cualquiera que no delire como él.

Así es cómo la superstición enciende y justifica las pasiones ciegas de los hijos de la Tierra. Sin embargo, la naturaleza los había desti nado a amarse, a vivir en paz en este mundo y a pensar de maneras diversas. Pero la naturaleza es desconocida por la religión, monstruo alumbrado por la melancolía o la imaginación en desorden que se complace en combatir a la naturaleza, de la que está descontenta: quiere destruir su poder. Llama a sus defensores al combate bajo los estandartes de un Dios salvaje, a quien anuncia como tirano del género humano, como amo del mundo, como su legislador y su rey, como el árbitro de sus destinos. No vincula el favor de este monarca inconcebible sino al olvido de la razón, al odio al placer y, sobre todo, a la ignorancia sumisa. Amenaza con eternas desgracias a todos cuantos se niegan a compartir sus conjeturas sobre un fantasma que ha compuesto con cualidades imposibles de conciliar.

Sin embargo, la política cree necesaria esta religión para el gobierno de los pueblos y para su propio sostén. Corrompida por sus adulaciones, asustada por sus amenazas y engañada por sus promesas, mediante una alianza monstruosa se une a un rival que la convence de que es el soporte de su poder: en consecuencia, la secunda, hace causa común con ella y hasta se cree obligada a compartir sus furores. Ambas se unen para aplastar la razón, la verdad y la naturaleza, que siempre se opondrán a los proyectos criminales de los enemigos del género humano.

Aparta pues, ser inteligente, la venda que cubre tus párpados. Abre los ojos a la luz. Utiliza la antorcha que la naturaleza te ofrece para contemplar los vanos objetos que turban tu espíritu. Pide ayuda a la experiencia, consulta a tu razón, despierta de los extravíos de tu imaginación sorprendida y verás pronto que sólo el delirio ha creado los fantasmas que te inquietan. Entonces la serenidad se restablecerá en tu alma, la humanidad, la indulgencia y la paz volverán a tu corazón, y te desembarazarás para siempre de esos temores cotidianos que te hacen envejecer temblando, esos odios que te convierten en enemi go tanto de ti mismo como de los demás, esos vanos meteoros que te impiden seguir el sendero de la felicidad. La razón, guía seguro del ser inteligente, recobrará sus derechos sobre tu espíritu, te hablará claramente, te consolorá de los males vinculados a tu especie, te enseñará la manera de usar con prudencia los bienes que deseas y te mostrará las vías capaces de llevarte a los bienes que te está permitido gozar.

Entonces dejarás de atribuir la bondad o la maldad, la clemencia o el rigor, la indulgencia o la cólera, la perfección o la imperfección, a un mundo en el que todo se hace según leyes necesarias. Esta fuerza, que crees conocer mejor llamándola Dios, no es sino la energía del gran conjunto, cuya esencia es actuar: no es realmente sino la materia que actúa en el tiempo y llena el espacio. Tú formas parte de ese conjunto cuyas leyes inalterables quieren que goces o sufras en el tiempo, que sientas placeres y penas rodeado por el espacio, que materias provistas de propiedades diferentes actúen alternativamente sobre ti de manera que las encuentres tanto favorables como dañinas para tu existencia presente. Sin embargo, el tiempo, el espacio, la materia y el movimiento no son buenos ni malos.

Tus placeres y penas provienen de tu propia esencia y de la que constituye los cuerpos cuya acción sientes. Como ser organizado para pensar y sentir, tienes que gozar y sufrir, tienes que amar y odiar según tus órganos sean afectados por las causas que te rodean o que llevas en ti mismo. Cambias porque todo cambia, mueres porque todo se disuelve o se transforma en el universo. Busca en las leyes constantes que regulan los movimientos de los cuerpos la fuente de los males que llamas físicos. Busca en tu ignorancia, tu credulidad, tus opiniones falsas y tus costumbres, en la ceguera y la perversidad de tus guías y en sus instituciones depravadas la verdadera fuente de los males que llamas morales. Estudia, pues, tus relaciones con los seres que te rodean y descubrirás las causas y los remedios de los males físicos que te aquejan. Instrúyete acerca de los caminos de la naturaleza y podrás usarlos para alejar el dolor y hallar el bienestar. Medita acerca de tus relaciones con los seres de tu especie, reflexiona sobre ti mismo y conocerás tanto lo que debes a los demás como lo que ellos te deben a ti. En la corrupción, que la ignorancia, la impunidad, la adulación y la licencia hacen germinar en las almas de los amos del mundo, es donde hallarás el principio de estas pasiones que te atormentan y te inducen sin cesar a procurar tu felicidad en la desgracia de tus hermanos. En tu educación poco razonable, en tus prejuicios sagrados, en tus locas opiniones, en tus costumbres estrafalarias y en tus leyes tan a menudo contrarias a tu naturaleza encontrarás la fuente de tus extravíos. He aquí la serpiente del Paraíso, cuya seducción ha desterrado la felicidad de este mundo;he aquí la caja de Pandora, de donde han salido los males que inundan la Tierra. Así es como ha llegado el hombre a ser el artesano de su desgracia.

No hagas descender de un Dios al que no conocerás jamás, que se contradice a sí mismo y al que los hombres perversos hacen hablar en cada país según sus propios intereses, las reglas de tus deberes, que son claras y precisas y que la naturaleza te muestra de manera patente. Estos deberes son consecuencias necesarias del amor del hombre por sí mismo, están fundados en las relaciones existentes entre ti y los seres útiles para tu propia felicidad. Estos deberes no pueden apoyarse sólidamente en los caprichos de un ser acerca del cual no tienes ideas ciertas, ni en unas revelaciones que varían según el clima del globo en que vives. Te engañan cuando te dicen que tu Dios ha hablado, te extravían cuando te ordenan seguir las órdenes de un ser desconocido imposible de comprobar. Te ciegan cuando te aseguran que este ser es el enemigo de la razón, te corrompen cuando te convencen de que este amo te ordena ultrajar a la naturaleza y hacer desgraciados a tus prójimos. Te inducen al crimen cuando pretenden que hay medios para obtener de este Dios el perdón por el mal que causas a tus semejantes.

Extrae, pues, tu moral de tu propio corazón; es la misma para todos los países. Consulta a sus habitantes: todas las voces se unirán para proclamar que la raza humana no puede subsistir de ningún modo sin justicia, que la bondad es su vínculo más dulce, que la humanidad forma una gran familia con todos los hijos de la naturaleza, que el crimen los separa, que el vicio daña tarde o temprano a todo aquel que se deja esclavizar por él, y que ni siquiera por azar puede el malo ser verdaderamente feliz.

Interrógale, pregúntale si está satisfecho con su conducta, y si le gustaría verse sometido por los demás a los tratos a los que él los somete. Te responderá cabizbajo que la justicia a la que ultraja, la humanidad que pisotea bajo sus pies, la sinceridad que desprecia y la compasión contra la que su alma se ha endurecido son, sin embargo, las cualidades que le gustaría poseer y que desea hallar en aquellos a los que lo ha unido su destino.

Así descubrirás que el hombre debe algo al hombre, no porque un Dios castigue a los infractores de sus leyes sino porque el hombre, debido al organismo del que está dotado, por el deseo de bienestar que le anima, por la esfera que ocupa y el estado de sociedad en que vive, es el ser más necesario para la felicidad de sus semejantes. Descubrirás, además, que el hombre se debe también a sí mismo y que, cual quiera que sea su suerte en el futuro, debe aprovechar durante su estancia actual los medios de los que depende la conservación de su ser, y evitar todos los excesos cuyos efectos harían su existencia dolorosa, ya sea de forma inmediata, ya a largo plazo.

Desengáñate, pues, hijo de la naturaleza, acerca de esas relaciones ficticias supuestamente existentes entre ti y el poder desconocido que ha creado la ignorancia y que el fervor ha revestido de mil cualidades incompatibles. Sé razonable: ésta es tu religión. Sé virtuoso: éste es el sendero de la felicidad. Hazte útil a los demás: éste es el medio de complacerlos y animarlos a secundar tus proyectos. No te dañes a ti mismo: esto es lo que se debe a sí mismo un ser razonable.

Si no te está permitido conocer de antemano la suerte que el futuro te depara, modera tus pensamientos, acepta ignorar el papel que tus par tes dispersas ocuparán tras la descomposición de tu actual conjunto. Basta que sepas que, mientras seas hombre, la sociedad es beneficiosa para ti, que para hacer que tus semejantes se ocupen de tu bienestar debes ocuparte del suyo, que tienes que mostrarles los sentimientos que les pides. Si pagan con ingratitudes las obras buenas que les haces, no podrán al menos privarte totalmente de la recompensa que habrás merecido, te apreciarás a ti mismo, sentirás tu propia dignidad, serás grande a tus propios ojos y querido por todos aquellos que conocen el precio de la virtud.

La sociedad en la que vives será feliz, y te hará feliz a ti mismo, cuando sus leyes, extraídas de la naturaleza, dictadas por la razón, guiadas por el interés general y conformes a la justicia, garanticen a todos los beneficios que pueden gozar en común y permitan a cada uno gozar de los frutos de su trabajo, su oficio y sus talentos propios. Los pueblos serán auténticamente afortunados cuando quienes los gobiernan, obligados ellos mismos a ser justos, cesen de distinguir entre sus intereses y los de la patria y confundan su felicidad con la de sus súbditos. Los gobiernos serán igualmente buenos cuando los amos del mundo den a los pueblos el ejemplo de virtudes reales, que son los apoyos mutuos entre los pueblos y sus jefes. Las costumbres serán honradas y la moral no hablará ya a sordos cuando la virtud sea estimulada, respetada y recompensada, y cuando el vicio sea constantemente despreciado, odiado y castigado. Los crímenes desaparecerán cuando las ideas engañosas de honor, gloria y grandeza cesen de encender en los corazones esas pasiones que los dividen, esos intereses que los convierten en enemigos, esos vicios que los degradan y hacen de ellos cómplices de la opresión. Finalmente, las sociedades humanas gozarán de toda la felicidad a la que les está permitido aspirar cuando la justicia sea la única regla de las leyes, y cuando estas leyes gobiernen a los soberanos tanto como a los súbditos. Cuando les quiten a los príncipes el poder fatal de sacrificar los intereses de la mayoría a sus fantasías particulares o a los intereses de sus cortes. Cuando estas leyes les priven del funesto privilegio de trastornar a voluntad el universo, extender la desolación, la indigencia y el luto por sus Estados despoblados y pervertir los corazones de sus esclavos
desunidos.

Que la educación y la opinión pública inspiren estima por las virtudes reales, desprecio por la inutilidad y horror al mal. Que la legislación venga en apoyo de estas lecciones saludables y no las contradiga. Que el gobierno premie a los buenos y castigue a los malos e induzca así a los hombres a hacer el bien y a abstenerse de lo que les perturbaría en su tendencia común.

Que la religión orgullosa no se interfiera más en la marcha de una política ilustrada por la sabiduría y guiada por la moral. Que su antorcha lúgubre, que desde hace tantos siglos sólo ha servido para extraviar a las naciones y atizar sus furores, se apague al menos para quienes gobiernan. Que los príncipes, los ministros y los magistrados cesen de dirigir su atención hacia quimeras religiosas, siempre dañinas para la tranquilidad de los pueblos. Que los ministros de los dioses reciban la ley de los ministros de la razón. Si la superstición ha podido llegar a ser una enfermedad inveterada del género humano ha sido sólo porque legisladores bribones, negligentes y cortos de vista la han considerado necesaria para sus injustos proyectos y han sido capaces de dar carácter sagrado a sus usurpaciones. Según esos falsos principios, en todos los países se autoriza a mercenarios, guías ciegos o tramposos, a sembrar en los corazones jóvenes los gérmenes del fanatismo religioso. Estos preceptores, en lugar de formar ciudadanos humanos, magnánimos y virtuosos, forman sólo inútiles exaltados, supersticiosos maleducados, ignorantes obstinados, ciegos fervorosos y criminales audaces que se permiten llevar a cabo fechorías con la le jana esperanza de expiarlas algún día.

Los hombres han sido durante demasiado tiempo víctimas y juguetes de la moral incierta que enseña la religión. Esta religión nos describe normalmente la virtud bajo los rasgos de una Gorgona apropiados para hacérnosla odiar. Su moral sobrenatural no es en absoluto conforme con la naturaleza: la combate, quiere aniquilarla y la obliga a desaparecer a la temible voz de sus dioses. Estos dioses han ordenado mil veces fechorías y han convertido el crimen en hazaña. La religión ha querido que se sacrifique incesantemente los verdaderos intereses de los Estados a los presuntos intereses del cielo, a los caprichos de los inmortales y a las pasiones de sus ministros. Los seres
humanos necesitan, finalmente, una moral simple y natural fundada sobre sus necesidades; necesitan una política apoyada sobre intereses sensibles. Corresponde a la experiencia, a la razón y a la verdad esclarecer y guiar a quienes regulan la suerte de los imperios. Siguiendo sus lecciones, los soberanos se avergonzarán de las locas pretensiones y de los títulos frívolos que les forjan curas y cortesanos aduladores que los transforman en divinidades. Reconocerán que son hombres, se interesarán por servir y no destruir a la sociedad cuyo consentimiento los ha convertido en sus jefes. Obedecerán las leyes, las respetarán como expresiones de la voluntad general a la que todos deben someterse, según ordena la razón, y sentirán que su poder, su grandeza y su bienestar dependen necesariamente de la felicidad de sus conciudadanos. Siguiendo estas máximas, harán que los pueblos disfruten de la libertad, la seguridad y la propiedad que tienen derecho a exigir y sin las cuales el jefe es un usurpador y el Estado sólo una vasta prisión para todos los que encierra.

Si la justicia guiara a los príncipes, guiaría también pronto a los pueblos estimulados por recompensas o disuadidos por castigos. Ilustrados por una instrucción sólida y por una educación razonable, estos pueblos rebosarían de ciudadanos apegados a su patria, servidores solícitos de ella, dispuestos a emprender cualquier cosa por conservar los beneficios que les procuraría. En las familias habría padres activos y laboriosos preocupados por la felicidad de su descendencia, madres razonables y tiernas, niños dóciles, gradecidos y sumisos que, al envejecer sus padres, saldarían escrupulosamente la deuda contraída con ellos durante su infancia. Habría esposos unidos y fieles, amigos sinceros y seguros, súbditos diligentes y valientes. En suma, un soberano cuidadoso del cumplimiento de sus deberes llegaría a ser un Dios para sus súbditos, un Dios indudablemente más real y más fuerte que todos los dioses del Olimpo. Creador de su pueblo, este Dios visible sacaría en poco tiempo del caos de unos pueblos tan corruptos como los que vemos hoy a una nueva raza de hombres que, sin necesidad de temores, prestigios ni quimeras, a la vista de los intereses más reales, se sentirían impulsados y obligados a ser buenos, y a trabajar por el mantenimiento de una sociedad que les protegería, les brindaría seguridad y les recompensaría fielmente.

Desengáñate, pues, ciudadano, del ridículo prejuicio que te convence de que la política y la moral no pueden prescindir de la ayuda de la religión. ¡Ay! ¿No ves acaso que esta religión cuya utilidad se ensalza no es sino un freno ideal, demasiado débil para contener las fogosas pasiones de soberanos y súbditos? ¿Qué pueden sus amenazas y promesas dudosas sobre espíritus cegados por falsas opiniones, arrastrados por la costumbre y sumergidos en la ignorancia de lo que constituye el bienestar del hombre? Esta religión, ¿no corrompe con sus lisonjas a los reyes? ¿No los convierte en tiranos que corrompen a sus esclavos? El fervor que enciende, ¿no ha transformado a los hombres
en bestias feroces, encarnizadas en su mutua destrucción? En una palabra, si reflexionas, sentirás que los dioses despóticos y crueles envilecen a todos aquellos que ponen celo en servirlos, y que los soberanos que toman a esos dioses tiranos como modelos sólo pueden tener súbditos cobardes, sin buenas costumbres, sin honor y sin virtudes. La política ilustrada y la sana moral, fundadas sobre motivos naturales y palpables, no necesitan para subsistir ni motivos sobre naturales ni ficciones de otra vida, y tampoco el brazo de dioses invencibles, demasiado débiles para contener las pasiones de los hombres.

Reniega, sobre todo, del prejuicio fatal que te hace creer que tu felicidad y la felicidad de tu país dependen de tu modo de pensar sobre objetos inaccesibles a los sentidos. Las especulaciones que sólo tienen como base las cabezas de los hombres, modificadas de diversos modos, no pueden ser uniformes ni revestir interés alguno para la felicidad del género humano. Sé sincero contigo mismo, busca la verdad en la rectitud de tu corazón, convéncete de que no puede ser hallada sin la ayuda de la razón y que una ceguera voluntaria nunca te dejará percibirla. Cuando creas haberla encontrado, sigue las opiniones que juzgues más probables, y si tu imaginación, demasiado ardiente, necesita quimeras, permite al menos a los demás prescindir de ellas o figurárselas bajo rasgos diferentes de las tuyas. Exige al hombre con quien la suerte te ha unido que sea justo, bondadoso, pacífico y sincero, pero no le exijas de ningún modo que su cerebro piense, medite y razone como el tuyo. ¡Ay! ¿Acaso no sabes que tu espíritu puede extraviarse? Tolera, por tanto, los extravíos de los demás. Guárdate sobre todo de odiar a tus semejantes por conjeturas que la experiencia jamás podrá comprobar; por ideas sobre las cuales los mortales nunca tendrán un criterio común. Cualquiera que sea tu modo de pensar, acuérdate de que no puede autorizarte a ser injusto o cruel. Si supones que un Dios es el autor de la naturaleza, no creas que ese Dios puede contradecir a la naturaleza. Ésta proclama sin cesar que ames a los hombres, que les hagas el bien y que merezcas su amor, sin el cual no puedes estar contento de ti mismo ni satisfecho de los demás. Piensa lo que quieras de los dioses, pero no olvides jamás que vives con hombres, y que lo que les aflige o daña no puede ser una virtud. No rechaces a tu amigo virtuoso por no tener las mismas ideas que tú sobre hipótesis inciertas; rehúye al malvado porque es temible, pero no te alejes de ningún modo de tu semejante. No lo odies, ni destruyas a tu hermano, hijo de la naturaleza como tú, a causa de opiniones que, igual que sus gustos, dependen de su organismo propio o de circunstancias particulares que no puede controlar.

En tus investigaciones, no tomes nunca por guía sino a la experiencia; sólo ella puede conducirte a la ciencia real y te enseñará la verdad que encubren siempre ante ti y de la que intentan privarte. Sentirás que la experiencia es necesaria para tu conducta, para tu reposo, y que es beneficiosa para el género humano; en una palabra, que es uno de los mayores bienes para ti. Comprobarás que, cuanta más importancia dan a las mentiras que te enseñan, más firmemente tienen la intención de abusar de tus errores. En fin, todo te probará que sólo bribones y tiranos sin escrúpulos pueden prohibir al ser razonable el uso de su razón.

Ármate, pues, ¡hombre!, de una justa desconfianza contra quienes se oponen a los progresos de la razón o te insinúan que el examen puede ser perjudicial, que la mentira es necesaria y que el error puede ser útil. Todo aquel que prohíbe el examen tiene intenciones de engañar, todo aquel que pretende que hay que engañar es o un bribón o un pobre de espíritu que no ha considerado los peligros del error ni la extensa cadena de extravíos producidos por los prejuicios.

Si la mentira es capaz de procurar algunos bienes, son siempre pasajeros y frívolos; sus beneficios fútiles son de corta duración, incluso para los imprudentes que se creen interesados en eternizar la ignorancia y los males sobre la tierra. Sólo la verdad es capaz de procurar a los mortales una felicidad sólida y permanente, y esta felicidad es la misma para el que manda y para el que obedece.

Remóntate, pues, con ayuda de la experiencia hasta las fuentes puras de la verdad, ven a extraerla en la naturaleza. Allí encontrarás una moral sana, eterna, inmutable, tan duradera como la raza humana y no sujeta a las variaciones de sus dioses ni de sus caprichos religiosos. La moral natural es la única hecha para el hijo de la naturaleza, y vuelve al hombre justo, moderado, tolerante, bondadoso, útil y virtuoso. Le permite placeres honrados y le invita a buscar su felicidad. No tiene nada en común con esa moral fanática y sombría que lo oprime con temores, lo envilece, lo desespera y lo descorazona, lo vuelve inútil para sí mismo y peligroso para los demás. La moral natural no tiene nada en común con ese fervor que le hace creer que es un mérito ser cruel, intolerante e inhumano, que es un deber rehuir o perturbar a la sociedad y que justifica a menudo sus arrebatos más horrorosos.

Tras sopesar todas estas cosas, podrás un día desengañarte de los prejuicios de tu infancia. Reconocerás que esos dioses que te han hecho temblar con tanta frecuencia no son nada; que sus revelaciones, sus dogmas y sus cultos son ajenos o contrarios a la naturaleza. Que es a ti mismo a quien perjudicas cuando haces el mal, que ofendes al hombre cuando te entregas al crimen. Que es la Tierra y no el cielo la que padece tus abusos, y que haciendo el bien puedes expiarlos. Verás que la religión, que se jacta de ser el apoyo de la moral, es su rival y su enemiga. Sentirás que, lejos de contribuir a la felicidad del hombre, le engaña respecto a sus deberes, lo alimenta con ensoñaciones, combate sus más legítimas y agradables tendencias, le prescribe volverse miserable y le impide soñar con objetos realmente dignos de apego. Si dudaras de estas tristes verdades, pasea tu mirada por el mundo: observa el estado espantoso en que la superstición ha sumergido a todos los pueblos. ¡Cuántos desgraciados bajo el imperio de un Dios cuya bondad se alaba! Por todas partes verás gemir a los pueblos bajo el gobierno de hierro de algún tirano reverenciado que dice ser la imagen de la divinidad, su representante en la Tierra, el ejecutor de sus sentencias. Reconocerás que este Dios al que te somete la opinión es él mismo un tirano cuyos horribles ministros han convertido los Estados en un valle de lágrimas.

Mira a esos conciudadanos a quienes, desde la cuna, los sacerdo tes enseñan a odiarse por diferencias de opiniones, mira a los intérpretes del cielo dedicados en todas partes a cegar, perturbar, despojar y esclavizar a los habitantes de la Tierra. Mira cómo goza el clero en todos los países de consideración, riquezas y poder en el seno de pueblos a los que engaña y devora. Mira a la impostura altiva, segura de ser secundada por la credulidad de los pueblos, mostrando con un dedo el cielo y amenazando con el otro a los soberanos, sublevando a los súbditos, predicando la masacre y designando a sus víctimas. Mira cómo el poder supremo obedece a su señal, dispuesto siempre a declarar la guerra para vengar al clero y alimentar su furor.

Observa la cantidad inmensa de males que el espíritu religioso causa a los habitantes del mundo, mira a esos desgraciados a los que un monje cruel condena a sangre fría a las llamas a causa de dogmas, visiones, fábulas y ceremonias pueriles. Escucha a ese fanático cuya voz sediciosa empuja a los pueblos a destruirse a causa de sus propias fantasías que toma o hace pasar por inspiraciones llegadas de lo alto. Que tus miradas penetren en esos reductos solitarios, en esas lúgubres cárceles donde vírgenes en llanto ocupan sus tristes días en arrepentirse de sus indiscretos votos. Echa un vistazo a esas moradas de penitencia, cuyas bóvedas resuenan con los gritos, llantos, flagelaciones y suplicios voluntarios de una multitud de fervorosos desgraciados. Mira al universo entero lleno de esclavos inquietos y perseguidos por el temor continuo a un amo caprichoso que, mientras se complace en verlos gemir, exige su amor y quiere que homenajeen su divina bondad.

Recorre los anales del mundo y hallarás que la historia de los dioses está escrita en todas partes con caracteres de sangre; que es la historia de las fechorías, las locuras y las crueldades del género humano. Verás a los judíos guiados por jefes sanguinarios degollar a pueblos enteros en nombre del celoso Jehová. Verás a los fenicios y cartagineses entregar a sus propios hijos como alimento a Moloch. Verás a los egipcios en guerra por sus gatos, cebollas y cocodrilos, a los que ha convertido en sus divinidades. Verás a los romanos, guiados por los oráculos de sus dioses, usurpar el imperio del mundo para hacer de él un cementerio. Verás a los musulmanes llevar en nombre de Alá la desolación y la muerte a Asia, África y Europa. Verás a los mejicanos que considera un santo deber la ofrenda de miles de corazones humanos humeantes a su Dios feroz. Finalmente, verás durante muchos siglos al Dios de los cristianos, del que se alaba la moral bondadosa y pacífica, servir continuamente de pretexto a guerras, revueltas, regicidios, persecuciones y los más oscuros atentados.

A la vista de un espectáculo tan indignante, te verás forzado a admitir que el nombre del Altísimo es una fuente de frenesíes, pesadumbres y penas para los hombres: reconocerás que la religión, lejos de consolar a los mortales, no ha sido imaginada sino para multiplicar sus miserias. En fin, todo te convencerá de que sacudir o destruir sus ídolos, cuyos altares han sido siempre regados con sangre y lágrimas, es prestar un servicio al género humano.

Compadécete, pues, de ti mismo, compadécete de las desgracias de tu especie, cúrate de tus prejuicios, ten el valor de buscar la verdad, que tu corazón se alce contra los errores y las mentiras que asolan la Tierra. Atrévete al menos a asentar la paz dentro de ti, tranquiliza a tu alma sobre las inquietudes quiméricas, busca a la virtud fundamentos más sólidos que los que le proporcionan esos sistemas imaginarios que te han hecho reverenciar bajo el imponente nombre de religión, destierra de tu corazón esas animosidades que te desgarran, esos espectros que te enfurecen, esas opiniones que te degradan, esos hábitos que te embotan y esos prejuicios que te ciegan. Que las lecciones de la naturaleza aflojen y rompan de una vez por todas esas cadenas deshonrosas a las que tus manos no podían estar destinadas para siempre. Bendice la feliz audacia de los apóstoles de la razón, de los verdaderos amigos del género humano, que te hablan con franqueza: lejos de imponerte nada, te exhortarán siempre a someter sus consejos a la experiencia y al rigor del examen. Si se han equivocado, rechaza sus ideas vanas; pero si han razonado bien, adopta sus razonamientos a pesar del prejuicio. El filósofo apasionado sinceramente por la verdad, profundamente impregnado por el amor a sus congéneres, no intenta deslumbrarlos ni sorprenderlos ni tampoco imponerles sus propias opiniones. No adopta el tono imperioso de la teología arrogante que, erizada de misterios, ordena insolentemente creer lo que ni siquiera ella misma concibe y que, armada de sofismas, emplea sólo el arte de razonar para arrojar nubes sobre las ideas más claras. No, a pesar de la rabia impotente de los tiranos del pensamiento, a pesar de sus anatemas, sus proscripciones y sus hogueras, si he dicho la verdad, los amigos de la verdad esparcirán flores sobre mi tumba. Si he mostrado la verdad, mi débil voz, apoyada en su fuerza, a la que nada puede resistirse, no habrá anunciado en vano sus lecciones: ellas quebrarán tarde o temprano el imperio del prejuicio, derribarán el trono de la opinión, confundirán a la impostura y restablecerán a la naturaleza, la ciencia y la virtud en sus plenos derechos.

¡Hombre!, regresa a la naturaleza que has ignorado durante tanto tiempo para unirte a los fantasmas, recupera por fin el valor. Deja de temer a la verdad, no permitas que se continúe calumniando a tu razón, la única que puede enseñarte a distinguir lo verdadero de lo falso, lo útil de lo nocivo, la ilusión de la libertad. Convencido por sus lecciones, desterrados los terrores poco fundados sobre el futuro, piensa en tu felicidad presente, sométete dócilmente a los decretos del destino. Disfruta con moderación de los más legítimos placeres y trabaja para tu propia felicidad trabajando para la de tus semejantes. Goza: esto es lo que la naturaleza te ordena. Consiente en que los demás gocen: esto es lo que prescribe la justicia. Acércalos al goce: este es el consejo que te da la sagrada humanidad, la cual, mucho mejor que todas las religiones de la Tierra, te hará vivir en paz y morir sin angustias.

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A ciegas con el burka

BurkaInteresantísimo video de France 24 donde cabe destacar el atropello cotidiano que sufren (en el sentido literal de la palabra) las mujeres. Entramos en un bazar donde vemos toda la gama de burkas y sus precios. Testimonio de una joven a favor de la burka : “sin él no podríamos salir de casa solas”. Además, un intelectual paquistaní advierte a Sarkozy de que se está metiendo en un berenjenal al tratar de prohibirlo en Francia.
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Campamento de verano para niños promovido por Richard Dawkins

En Reino Unido, Richard Dawkins ha creado un campamento «ateo» para niños. Aprenderán a refutar teorías opuestas a Darwin.

Campamento de verano para niños promovido por Richard DawkinsRichard Dawkins, autor del libro » La Ilusión de Dios», ha montado un campamento donde se enseñará a los niños una actitud de escepticismo racional además de actividades deportivas.

Según el diario The Daily Telegraph , Dawkins, biólogo especializado en la teoría de la evolución, ha subvencionado ese campamento de cinco días en el que, junto a la natación y el piragüismo, los niños recibirán lecciones sobre filosofía moral y biología y aprenderán a refutar las teorías opuestas a las enseñanzas de Charles Darwin.
El campamento, en el que sonará la canción «Imagine», de John Lennon, que contiene estos versos: » Imagínate que no hay cielo, es fácil si lo intentas «, está destinado a menores de ocho a diecisiete años y trata de competir con los organizados por grupos religiosos.
La iniciativa forma parte de una campaña de Dawkins y del también conocido profesor de filosofía AC Grayling destinada a desafiar a las llamadas sociedades cristiana s, que fomentan la educación religiosa, ayudando a los niños a «pensar de modo independiente, a ser escépticos y racionales».
Las veinticuatro plazas disponibles en el campamento, que se instalará en Bruton (Somerset), durará del 27 al 31 de julio, están ya contratadas. En él se pondrá énfasis en el pensamiento crítico y una de las pruebas a las que someterá a los participantes es la bautizada como el desafío del unicornio invisible.
A los niños se les comunicará que cerca de sus tiendas de campaña viven dos unicornios y se les pedirá que demuestren que no existen tales animales mitológicos. «Los unicornios no son necesariamente una metáfora de Dios, p ero están ahí para que los niños comprendan la imposibilidad de una demostración de ese tipo » , afirma Samatha Stein, que dirigirá el campamento.
» No intentamos atacar la religión , pero ésta anima a las personas a creer en muchas cosas que no están demostradas», explica Stein.

Links relacionados:

http://www.telegraph.co.uk/news/newstopics/religion/5674934/Richard-Dawkins-launches-childrens-summer-camp-for-atheists.html
http://www.guardian.co.uk/world/2009/jun/28/atheism-camp-uk-richard-dawkins
http://www.timesonline.co.uk/tol/comment/faith/article6591236.ece

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Hijab: Obama escuece en Francia

redeker2El presidente americano Barack Obama ha defendido hoy en El Cairo que las musulmanas en Occidente lleven el velo, tomando una postura distinta a la que se sigue en Francia.

Por tres veces Obama ha defendido el velo islámico en su discurso dado en la Universidad de El Cairo, criticando el hecho de que un país occidental “dicte la vestimenta” que una musulmana “debe llevar”.

En nombre de la laicidad, en el año 2004 Francia prohibió la ostentación de signos religiosos en las escuelas mediante una ley especialmente pensada para el velo islámico, donde un decreto del Consejo de Estado lo considera “discriminatorio”. La polémica surgió también en países como Canadá, Alemania o Bélgica, donde un 90% de las escuelas lo prohibieron.

“Es importante que los países occidentales eviten molestar a los ciudadanos musulmanes dictándoles como deben vestir las mujeres y practicar su religión como ellos deseen”, ha pronunciado.

Sin citar a Francia ni a ningún otro país en concreto, Obama ha añadido que “no se debe disfrazar la animadversión al Islam con un falso liberalismo”.

“Sé que hay un debate abierto entorno a este asunto”, ha dicho Obama antes de entrar en este tema siempre controvertido en Occidente, ante un público incondicional y entregado en el que se encontraban numerosas mujeres vestidas con el velo.

“Rechazo el punto de vista de ciertas personas en Occidente”, ha afirmado, “que piensan que por el hecho de que una mujer escoja cubrirse los cabellos incurre en una ilegalidad”.

Además ha subrayado que “el gobierno norteamericano protegerá el derecho de las mujeres a llevar el velo y sancionará a aquellos que lo impidan”.

Por primera vez, una norteamericana de religión musulmana y cubierta con el velo, de nombre Dalia Mogahed, de origen egipcio, ha entrado en la Casa Blanca como consejera del Presidente.

Aún así la cuestión del velo y en particular su uso en la escuela sigue siendo una cuestión espinosa entre los gobiernos y las sociedades de los países musulmanes.

– Por Robert Redeker. Publicado en Le Figaro

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