Charles Taylor: Una nueva forma de pensar la secularización

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9780674026766¿Por qué es tan difícil creer en Dios en algunos ambientes del occidente moderno, mientras que –digamos– en 1500 era casi imposible no hacerlo? La respuesta más común corresponde con la “teoría general de la secularización” o “supuesto ilustrado”: la industrialización, la urbanización y, sobre todo, el triunfo irresistible de la razón y la ciencia, habrían desplazado a la religión de la esfera pública especialmente durante los últimos siglos, en lo que parece una línea de progreso indefinida y universalizable. La razón suplanta al mito, la ciencia a la religión. Darwin vence a la Biblia. La fe agoniza.

Para el filósofo canadiense Charles Taylor –uno de los principales promotores intelectuales del “multiculturalismo”, por cierto– esta teoría (que llama “de la sustracción”) es errónea, y propone un nuevo enfoque de la secularización a lo largo de más de 800 páginas en The secular age (Harvard University Press, 2007). El libro ha sido ampliamente reseñado y comentado (algunas de ellas: Storey, 2010; Jeffries, 2007; Morgan, 2007).

El fin de los ángeles y los demonios

Taylor piensa que tras el secularismo moderno hay un cambio profundo en el “imaginario social” de los europeos, y viene a discutir la noción –típicamente “ilustrada”– de que los seres humanos son naturalmente racionales, están orientados hacia el bienestar y beneficio mutuo de los individuos, y sólo es cuestión de tiempo que abandonen la opresión de las religiones y creencias oscurantistas, avanzando desde un “marco inmanente” hacia una resplandeciente “era secular”. En contra de la idea de “sustracción”, la secularización, en sus distintas manifestaciones, habría sido un subproducto de la Reforma cristiana (en principio protestantes, pero también católicos) al favorecer que el “yo poroso” (“porous”) típico de la religión tradicional, y vulnerable a fuerzas externas, como ángeles, demonios y espíritus, fuera reemplazado por el “yo protegido” (“buffered”) típico del mundo “desencantado” y secularizado. Este espíritu disciplinado prepararía el camino hacia un “orden moral moderno”, una sociedad basada en el mutuo beneficio de los individuos que, aunque justificada en un principio como cumplimiento del diseño divino, sería también la antesala de un “humanismo exclusivo”: “siguiendo el camino abierto por Spinoza, podemos ver la naturaleza como idéntica a Dios, y entonces como independiente de Dios”.

El éxito del “marco inmanente” en estas sociedades, en definitiva, no parte para Taylor de una lectura neutral y obvia de la ciencia, sino “de ciertos valores, virtudes, excelencias, aquellas que corresponden con el sujeto independiente y no comprometido, un sujeto capaz de controlar sus propios procesos de pensamiento, que es “auto-responsable” según la famosa frase de Husserl. Aquí hay una ética de independencia, autocontrol, auto-responsabilidad, y de desapego que es capaz de proporcionarnos control, una posición que requiere coraje, el rechazo de las fáciles comodidades de la autoridad, de los consuelos del mundo encantado, de la rendición a los sentidos” (Pág. 559).

La mente “ilustrada” y sus enemigos

De acuerdo con Jonathan A. Lanman, de la universidad Queen’s, en Belfast, la ciencia cognitiva de la religión apoya en general la teoría de Taylor, al cuestionar la aproximación “standard” de la racionalidad, que entiende la mente humana como “racional por naturaleza” y asume que las “visiones científicas reemplazan naturalmente a las sobrenaturales”. Según este punto de vista que podemos llamar “ilustrado” las personas “razonan de acuerdo con principios normativos racionales, con la excepción de lapsos momentáneos o errores de ejecución”.

Sin embargo, para muchos científicos cognitivos estos errores, sesgos y falacias no son tan “momentáneos” sino que forman parte de la arquitectura natural de la mente humana, especialmente de lo que llaman “pensamiento rápido”. Uno de los “errores” sistemáticos más conocidos es el “sesgo de confirmación”: “Una vez que nuestras mentes aceptan una idea, tienden a buscar evidencias que la confirman en lugar de la forma de actuar más racional consistente en buscar evidencias que podrían desconfirmarla”. Otro es la “falacia de conjunción”, que consiste en “razonar de acuerdo con estereotipos culturales más que en base a la lógica de probabilidades”.

Es más, esta forma “sesgada” de razonar es característica no sólo de la racionalidad natural de los hombres en su vida corriente, sino que afecta también al modo de razonar de los científicos, en particular en ciertas áreas de la investigación.

En contra también del “supuesto ilustrado”, no hay pruebas de que los seres humanos simplemente sustituyan sus creencias sobrenaturales, basadas en la religión y la superstición, por creencias naturales, basadas en la racionalidad y la ciencia. Es más frecuente que ambos modos de pensar convivan mutuamente.

El antropólogo inglés Edward Evans-Pritchard (1902-1973) estudió la superposición de superstición y racionalidad entre los Azande, un pueblo tribal del Norte de África:

En tierras de los Azande, los graneros a veces se vienen abajo a causa de las termitas. Los graneros también proporcionan sombra en verano y, consecuentemente, a veces pueden venirse abajo mientras la gente está sentada a su lado. Al ser preguntados por Evans-Pritchard, los Azande respondían rápidamente que la causa inmediata del colapso de los graneros eran las termitas. Simultáneamente, y sin una pizca de disonancia, decían también que los individuos bajo el granero debían haber sufrido un hechizo, para explicar por qué se derrumbó el granero y sobre qué personas lo hizo. Más que atribuir el asunto a la coincidencia, los Azande creían en la brujería. Esto no se debía a la ignorancia de una causa física, sino que se añadía a ella.

Legare y Gelman (2008) han mostrado evidencias de que esta forma de pensar persiste entre los sudafricanos actuales, donde las explicaciones biológicas sobre las causas del SIDA siguen conviviendo “naturalmente” con causas sobrenaturales.

Y no es necesario recurrir a ejemplos exóticos y remotos. Los mismos científicos occidentales son menos hostiles a la religión de lo que se piensa, y a menudo compatibilizan en su mente las teorías científicas con creencias religiosas o, al menos, “espirituales”, como evidenciaría el trabajo de Elaine Ecklund, cuestionando las teorías en contra del “acomodacionismo” religioso, como suele llamarlo el biólogo evolucionista Jerry Coyne. Aun asi, no deberia perderse de vista que las encuestas siguen mostrando que los científicos son mucho menos creyentes que la población general; y también hay evidencias experimentales de que, pese a todo, el pensamiento analítico, más asociado con el pensamiento “lento” y científico, sí promueve la increencia religiosa (Gervais y Norenzayan, 2012), por lo que la aproximación de Taylor sólo revelaría una parte de una historia muy complicada.