Un debate humanitario y racional sobre la inmigración

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En una carta abierta dirigida a 27 jefes de Estado de la UE, con motivo de la cumbre de Malta en enero de 2017, el presidente del Consejo Europeo Donald Tusk reconoció la necesidad de “reforzar las fronteras externas de la UE”. Los líderes europeos empiezan a reconocer que es una prioridad contener la inmigración ilegal procedente del Mediterráneo, mayoritariamente de naturaleza económica –como admite el propio Consejo– y que en conjunto no cabe equiparar con la huída masiva de un nuevo Holocausto.

Estas declaraciones coinciden con un momento de desconcierto internacional, en medio de la decisión del nuevo presidente de los EE.UU., Donald J. Trump, de prohibir la entrada en el país a ciudadanos procedentes de siete países de mayoría islámica: Siria, Irán, Sudán, Libia, Somalia, Yemén e Iraq, durante 90 días. La orden ejecutiva, justificada de forma extraordinaria como un intento de “mantener a los terroristas islámicos radicales fuera del país” contempla algunas excepciones diplomáticas, y también paraliza durante 120 días el programa para acoger refugiados de los Estados Unidos, reduciendo drásticamente el número total de refugiados que tienen prevista la entrada en el país en 2017 de 110.000 a 50.000. Trump también ha expresado su intención de ofrecer en el futuro un trato preferente a los refugiados cristianos.

Estas medidas, que algunos consideran un “veto a los musulmanes”, le han ganado a Trump críticas procedentes incluso de su propio partido. Para el senador republicano Ben Sasse la orden presidencial es “demasiado amplia” y manda el peligroso mensaje a Oriente Medio de que “Estados Unidos ve a todos los musulmanes como yihadistas”. Simultáneamente, Sasse reconoce que la pretensión de que el terrorismo yihadista “no posee una relación con el Islam y con ciertos países” es “un desastre”.

Sam Harris también ha destacado que la estrategia de Trump no es “consistente”, ya que no incluye países que según su propia doctrina deberían deberían estar vetados, como Arabia Saudí, los Emiratos Árabes, Egipto o Líbano, “cualquiera de los cuales ha sido una fuente más fértil de terrorismo yihadista que varios de los países nombrados por Trump”.

Ayaan Hirsi Ali también ha señalado algunas deficiencias en la nueva política de Trump, pero no porque las medidas emprendidas para regular la inmigración sean “inmorales” en sí, sino porque, según esta activista somalí por los derechos humanos “el problema ya está dentro de nuestras fronteras”. Hirsi Ali señala en concreto al papel que juega el adoctrinamiento radical (Dawa) como precursor de la violencia.

La decisión de Trump, en todo caso, subraya el delicado equilibrio internacional que persiste bajo el ideal humanista de un movimiento libre de las personas a través de las fronteras nacionales. No hay duda de que benéficas ideas como el espacio europeo de Schengen sólo han podido evolucionar recientemente, después de siglos de desconfianza y mutuo enfrentamiento.

El libre movimiento está lejos de ser una norma que hay que dar por descontada. Para poner un ejemplo, es menos conocido que los ciudadanos israelíes tienen prohibida actualmente la entrada en la mayoría de los países musulmanes, o que en un país como Kuwait no pueden entrar permanentemente ciudadanos procedentes de Pakistán, Irán, Afganistán, Iraq o Siria.

 

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La controversia también replantea el debate de qué podemos considerar una política de inmigración “racional”, una necesidad más acuciante en un tiempo propicio para reacciones emocionales teñidas por el miedo y el autoritarismo, pero también para demostraciones de exquisita moralidad no sustentadas en alternativas de acción factible.

El psicólogo evolucionista Gad Saad, procedente él mismo de una familia de emigrantes judíos libaneses huídos de la guerra, sugiere encontrar algún punto de equilibrio entre una “empatía suicida” y una “rigidez xenófoba”. Para Saad “es perfectamente racional exhibir un trato preferente por los inmigrantes que comparten los valores propios”. Sin embargo, aquellos que sostienen ideologías “anticuadas e iliberales” deben renunciar a sus creencias “o aceptar que no tienen derecho a unirse a nuestras sociedades”. A largo plazo, la coincidencia de valores es incluso más importante como objetivo para ordenar los movimientos migratorios que detener el terrorismo.

Una paradoja de la “sociedad abierta” es que difícilmente puede abrirse a aquellos que, amparándose en preferencias ideológicas o religiosas, lo que desean es cerrar las puertas, desde dentro, como implican las intenciones aislacionistas de Trump y los nuevos nacionalismos europeos, o desde fuera.