Los prejuicios contra los no creyentes son globales

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Según la hipótesis de la “prosocialidad religiosa”, las religiones son instituciones que han evolucionado para resolver el problema de la cooperación humana a gran escala. La creencia en Dios funcionaría, en este sentido, como un monitor sobrenatural que vigila desde lo alto el comportamiento de los actores sociales. Esto, de paso, explica por qué la mayoría de las sociedades históricas creen en “dioses vigilantes y moralizantes”, y por qué la idea de un Dios que no interviene en los asuntos humanos, al modo de los filósofos desde Aristóteles, resulta menos atractiva, intuitiva o socialmente funcional que la de un Dios intervencionista y tradicional.

La misma hipótesis explica también por qué se desconfía más de los no creyentes, tal como evidencia el estudio de Gervais, Shariff y Norenzayan –si bien estos mismos investigadores también documentan cómo la autoridad secular puede hacer que se reduzcan los prejuicios contra los no creyentes.

Los prejuicios contra los no creyentes tienen por tanto, profundas raíces psicológicas, y no se reducen por entero a acontecimientos culturales recientes –como la asociación entre comunismo y ateísmo en el caso de Estados Unidos, subrayada por Robyn Blumner en el foro EUROMIND.

La revista Nature Human Behavior acaba de publicar un nuevo trabajo con una muestra de más de 3000 personas repartidas en 13 países, incluyendo religiosos y seculares. Si los estudios previos hallaron evidencias de desconfianza hacia los no creyentes en muestras más pequeñas, y generalmente en países mayoritariamente religiosos, esta encuesta muestra ahora que estos prejuicios afectan incluso a las sociedades más seculares del planeta–aunque el sesgo como era de esperar aún es superior en los países más religiosos.

Los resultados de este trabajo contrastan con otras encuestas recientes en las que los prejuicios contra no creyentes no resultaban tan evidenciados, lo que lleva a los autores a concluir que “el reciente auge del secularismo en los países occidentales aún no ha borrado los prejuicios intuitivos contra los ateos.”

Estos estereotipos y prejuicios parecen tener por tanto un alcance global, partir de mecanismos psicológicos naturales similares, y persistir incluso en las sociedades más seculares –y entre los individuos menos creyentes–, mostrando que nos encontramos frente a un problema humano arraigado y de no sencilla resolución.