Stephen Hawking descarta la existencia de Dios para explicar el origen del Universo

Stephen Hawking

Stephen Hawking

El científico británico Stephen Hawking afirma en un nuevo libro que la física moderna excluye la posibilidad de que Dios crease el universo.

Del mismo modo que el darwinismo eliminó la necesidad de un creador en el campo de la biología, el conocido astrofísico afirma en su obra, de próxima publicación, que las nuevas teorías científicas hacen redundante el papel de un creador del universo.

El Big Bang, la gran explosión en el origen del mundo, fue consecuencia inevitable de las leyes de la física, argumenta Hawking en su libro, del que hoy adelanta algunos extractos el diario The Times.

Hawking renuncia así a sus opiniones anteriores expresadas en su obra ‘Una Breve Historia del Tiempo’, en la que sugería que no había incompatibilidad entre la existencia de un Dios creador y la comprensión científica del universo.

«Si llegamos a descubrir una teoría completa, sería el triunfo definitivo de la razón humana porque entonces conoceríamos la mente de Dios«, escribió en aquel libro, publicado en 1988 y rápidamente convertido en un éxito de ventas.

Argumento contra Newton

En su nuevo libro, titulado en inglés ‘The Grand Design’ (‘El Gran Diseño’) y que sale a las librerías el 9 de septiembre, una semana antes de la visita del Papa a Gran Bretaña, Hawking sostiene que la moderna ciencia no deja lugar a la existencia de un Dios creador del Universo.

En esa obra, escrita al alimón con el físico estadounidense Leonard Mlodinow, Hawking rechaza, según el adelanto periodístico, la hipótesis de Isaac Newton según la cual el Universo no puede haber surgido del caos gracias sólo a las leyes de la naturaleza sino que tuvo que haber intervenido Dios en su creación.

Según Hawking, el primer golpe asestado a esa teoría fue la observación en 1992 de un planeta que giraba en órbita en torno a una estrella distinta de nuestro Sol.

«Eso hace que las coincidencias de las condiciones planetarias de nuestro sistema -la feliz combinación de distancia Tierra-Sol y masa solar- seanmucho menos singulares y no tan determinantes como prueba de que la Tierra fue cuidadosamente diseñada (por Dios) para solaz de los humanos», escribe Hawking.

Múltiples universos

Según Hawking, que fue hasta el año pasado profesor de matemáticas de la universidad de Cambridge, puesto que ocupó en su día el propio Newton, es probable que existan no sólo otros planetas, sino también otros universos, es decir un multiuniverso.

En opinión del científico, si la intención de Dios era crear al hombre, esos otros universos serían perfectamente redundantes.

El conocido biólogo ateo Richard Dawkins se felicitó de la conclusión a la que parece haber llegado su colega Hawking: «Es exactamente lo que afirmamos nosotros. No conozco los detalles de la física, pero es lo que he sospechado siempre«.

En su libro, Hawking no excluye la posibilidad de que haya vida también en otros universos y señala que la crítica está próxima a elaborar una teoría de todo, un marco único capaz de explicar las propiedades de la naturaleza.

Eso es algo, recuerda ‘The Times’, que han estado buscando los físicosdesde la época de Einstein, aunque hasta el momento ha sido imposible reconciliar la teoría cuántica, que da cuenta del mundo subatómico, con la de la gravedad, que explica la interacción de los objetos a escala cósmica.

Hawking aventura que la llamada teoría-M, proposición que unifica las distintas teorías de las supercuerdas, conseguirá ese objetivo.

«La teoría-M es la teoría unificada con la que soñaba Einstein. El hecho de que nosotros, los seres humanos, que somos tan sólo conjuntos de partículas fundamentales de la naturaleza, estemos ya tan cerca de comprender las leyes que nos gobiernan y rigen el universo es todo un triunfo», escribe el astrofísico.

Leer más

La realidad sobre la moral humana

The Brights: Logo

The Brights: Logo

The Brights, una iniciativa para promover la «cosmovisión naturalista» en marcha desde 2003, aloja un proyecto muy interesante para estudiar la «Realidad sobre la moral humana«. La descripciónque proponen es bastante informativa aunque no aporte nada particularmente nuevo.  Cada uno de sus cuatro puntos niega otras cuatro posiciones alternativas; a saber, que la moralidad sea 1) Una cualidad que descansa sobre un sustrato no material o evolutivo, como el «alma» creada por Dios; 2) Una relación exclusiva de los seres humanos (Savater: «La moral trata de las relaciones con nuestros semejantes y no con el resto de la naturaleza»); 3) Una pluralidad de costumbres incompatibles entre sí (relativismo moral) y 4) Una cualidad exclusivamente «cultural» que parte del sujeto ético como «tabla rasa».

A) La moralidad es un repertorio evolutivo de mecanismos cognitivos y emocionales con distintos componentes biológicos, en tanto son modificados por la experiencia adquirida a lo largo de la vida humana.

B) La moralidad no es el dominio exclusivo del Homo sapiens; existen evidencias significativas en la literatura científica sobre diferentes especies, acerca de que los animales exhiben comportamientos morales o pre-morales básicos (patrones de conducta paralelos a los elementos centrales de la conducta moral humana).

C) La moralidad es un «universal humano» (existe en todas las culturas del mundo), una parte de la naturaleza humana adquirida durante la evolución.

D) Los niños pequeños y los bebés muestran algunos aspectos de conducta y cognición moral (que preceden a las experiencias específicas de aprendizaje y al desarrollo de una visión del mundo).

El proyecto de los «Bright» está desde luego orientado por una ideología secular enfrentada a los miedos tradicionales contra la «anarquía y completa confusión en nuestro modo de vida» (estas palabras son de Cicerón) que supuestamente ocasiona olvidarse de la religión.

Sin embargo, estudiar la «realidad sobre la moralidad» no necesariamente excluye las sombrías conclusiones de Cicerón, que de hecho ya empleó una metodología natural (no religiosa). Una cosa es el humanismo secular, y otra la ciencia de la religión y la moralidad.

Lo que excluye el proyecto naturalista es asumir el supuesto religioso o sobrenatural. Un proyecto de este tipo trabajaría sobre el supuesto contrario de que, cualquiera que sea la influencia de las religiones en la realidad de la moralidad humana (por ejemplo, a través de «sesgos» cognitivos favorables al comportamiento religioso, a través de rasgos religiosos adaptativos que favorecen la prosocialidad, etc) su comprensión será científica y natural (no sobrenatural).

Leer más

Topico de Cancer

Por CHRISTOPHER HITCHENS en www.pagina12.com.ar
En mis tiempos, más de una vez desperté sintiendo que me moría. Pero nada me preparó para esa mañana de junio pasado, cuando ingresé a la conciencia sintiendo que estaba encadenado a mi propio cadáver. La cavidad de mi pecho y tórax parecía haber sido vaciada y luego rellenada con cemento de secado lento. Podía escucharme respirar débilmente, pero no conseguía inflar mis pulmones. Mi corazón estaba latiendo demasiado o demasiado poco. Cada movimiento, por leve que fuera, requería planeamiento y reflexión. Me costó un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel en Nueva York y llamar a la emergencia médica. Llegaron con gran celeridad y se comportaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo para preguntarme por qué necesitaban tantas botas y cascos y tanto equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva la interpreto como una gentil y firme deportación, que me llevaba desde el país de los sanos hacia la frontera que delimita la tierra de la enfermedad. En unas horas, después de bastante trabajo de emergencia en mi corazón y pulmones, los médicos en este triste puesto de frontera me mostraron algunas postales del interior y me dijeron que mi siguiente parada sería con el oncólogo. Una especie de sombra se estaba extendiendo sobre los negativos. La noche de esa terrible mañana se suponía que debía ir al Daily Show de Jon Stewart y aparecer en un evento que tenía las entradas agotadas en el Upper East Side: una conversación con Salman Rushdie. Mi breve campaña de negación tomó esta forma: no iba a cancelar estas apariciones o decepcionar a mis amigos o perder la oportunidad de vender una pila de libros. Me las arreglé para llevar adelante ambos shows sin que se notara nada, aunque vomité dos veces, con una extraordinaria combinación de precisión, prolijidad, violencia y profusión, justo antes de cada presentación. Esto es lo que hacen los ciudadanos del país de los enfermos cuando se están aferrando desesperadamente a su viejo domicilio.
A su manera, esta nueva tierra da la bienvenida. Todo el mundo sonríe tratando de ofrecer apoyo y parece que no hay racismo en absoluto. Prevalece un espíritu igualitario, y los que dirigen el lugar obviamente llegaron a ese puesto gracias a sus méritos y su trabajo duro. Las contras son que el humor es un poco tonto y repetitivo, que casi no se habla de sexo y que la cocina es el peor destino que yo haya visitado. El país tiene un lenguaje propio –una lingua franca que se las arregla para ser al mismo tiempo boba y difícil, y que contiene palabras como ondansetron, para nombrar la medicación antináuseas–, así como algunos gestos inquietantes a los que cuesta tiempo acostumbrarse. Por ejemplo, un oficial que uno recién conoce puede abruptamente hundirte los dedos en el cuello. Así descubrí que mi cáncer se había extendido a los nódulos linfáticos, y que una de estas deformes bellezas –ubicada en mi clavícula derecha– era lo suficientemente grande como para ser vista y sentida. No es bueno cuando un cáncer es palpable desde afuera. Especialmente cuando, en este punto, no sabían cuál era el origen primero. El carcinoma trabaja astutamente desde adentro hacia afuera. La detección y el tratamiento con frecuencia trabajan más lentamente, de afuera hacia adentro. Se me insertaron muchas agujas en el área de la clavícula y me dijeron que los resultados de la biopsia tardarían una semana.
Trazando el recorrido de las células cancerígenas reveladas en este estudio, se tardó bastante más que eso para descubrir la desagradable verdad. La palabra “metástasis” fue la escrita en el informe que atrajo mi mirada y mi oído. El alien había colonizado un poco de mi pulmón, así como mi nódulo linfático. Y su base de operaciones original estaba localizada –-había estado localizada por bastante tiempo– en mi esófago. Mi padre había muerto, y muy velozmente también, de cáncer de esófago. Tenía 79. Yo tengo 61. En cualquier tipo de carrera que la vida pueda ser, abruptamente me había convertido en un finalista.
La notable teoría de los estadios de Elisabeth Kübler-Ross, en la que uno progresa desde la negación hasta la ira, desde la negociación hasta la depresión y de allí a la eventual dicha de la aceptación, no ha tenido demasiada aplicación en mi caso por ahora. De alguna manera, supongo, he estado en negación por mucho tiempo, quemando la vela por ambos extremos y sintiendo que daba una luz muy hermosa. Precisamente por esa razón no me veo frunciendo el ceño en shock, ni me escucho rezongando sobre la injusticia de todo el asunto: he desafiado a la Guadaña para que dirija su filo hacia mí, y ahora he sucumbido a algo tan predecible y banal que incluso llega a aburrirme. La ira estaría fuera de lugar por la misma razón. En cambio, me siento oprimido por una sensación de desperdicio. Tenía planes reales para la siguiente década y sentía que había trabajado duro para lograrlos. ¿Realmente no voy a vivir para poder ver a mis hijos casados? ¿Para volver a ver en pie al World Trade Center? ¿Para leer –o escribir– los obituarios de villanos como Henry Kissinger o Joseph Ratzinger? Pero entiendo esta especie de no-pensamiento por lo que es: sentimentalismo y autocompasión.
El estadio de la negociación, sin embargo. Quizás haya una vía de escape ahí. La negociación oncológica es que, a cambio de al menos la oportunidad de unos pocos años útiles, uno accede a someterse a la quimioterapia y después, si tiene suerte con eso, la radiación o incluso la cirugía. Así que éste es el trato: usted se queda un tiempo más, pero a cambio vamos a pedirle unas cosas. Estas cosas pueden incluir tus papilas gustativas, tu capacidad de concentración, tu capacidad de digerir y el pelo de tu cabeza. Parece un intercambio razonable. Desafortunadamente también incluye enfrentarse con uno de los más atractivos clichés de nuestro lenguaje. Ya lo escucharon. La gente no tiene cáncer: la gente lucha contra el cáncer. Nadie que te desee lo mejor omite esta imagen combativa: podés vencer esto. Incluso está en los obituarios de los que perdieron la lucha, como si uno pudiera razonablemente decir de alguien que ha muerto después de una valiente y larga lucha contra la mortalidad. No se aplica a los enfermos cardíacos o renales.
Yo adoro el imaginario de la lucha. Con frecuencia deseo estar sufriendo en una buena causa, o arriesgando mi vida por el bien de otros, en vez de ser un paciente en riesgo. Déjenme informarles, sin embargo, que cuando uno está sentado en una habitación con otros finalistas, y gente amable trae una bolsa transparente de veneno y la enchufa en tu brazo, y uno lee o no un libro mientras el veneno se introduce en tu organismo, la imagen del ardoroso soldado o del revolucionario es la última que aparece. Uno se siente hundido en la pasividad, se disuelve en la impotencia como un terrón de azúcar en el agua.
Estas son mis primeras reacciones acerca de estar enfermo. Silenciosamente estoy resuelto a resistir físicamente lo mejor que pueda, aunque sea pasivamente, y buscar el consejo más avanzado. Mi corazón y mi presión sanguínea y otros registros están recuperados: de hecho, se me ocurre que si no hubiera tenido una constitución tan corpulenta, hubiera vivido una vida mucho más saludable hasta aquí. Contra mí está el alien ciego y sin emociones, alentado por muchos que alguna vez desearon verme enfermo. Pero del lado de la continuidad de mi vida hay un grupo de brillantes y generosos médicos, además de un asombroso número de grupos de plegaria. De estas dos cosas espero poder escribir la próxima si, como decía siempre mi padre, se me permite.
Christopher Hitchens, el agudo y polémico ensayista inglés que hace años se mudó a Estados Unidos y lo convirtió en el centro de su mirada, dio a conocer estas líneas en la última edición de la revista Vanity Fair, después de comenzar el tratamiento contra el cáncer que le descubrieron cuando arrancaba la gira de presentación de sus memorias, Hitch 22. En la Argentina se acaba de editar el libro de ensayos Amor, pobreza y guerra (Debate).

Por CHRISTOPHER HITCHENSEn mis tiempos, más de una vez desperté sintiendo que me moría. Pero nada me preparó para esa mañana de junio pasado, cuando ingresé a la conciencia sintiendo que estaba encadenado a mi propio cadáver. La cavidad de mi pecho y tórax parecía haber sido vaciada y luego rellenada con cemento de secado lento. Podía escucharme respirar débilmente, pero no conseguía inflar mis pulmones. Mi corazón estaba latiendo demasiado o demasiado poco. Cada movimiento, por leve que fuera, requería planeamiento y reflexión. Me costó un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel en Nueva York y llamar a la emergencia médica. Llegaron con gran celeridad y se comportaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo para preguntarme por qué necesitaban tantas botas y cascos y tanto equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva la interpreto como una gentil y firme deportación, que me llevaba desde el país de los sanos hacia la frontera que delimita la tierra de la enfermedad. En unas horas, después de bastante trabajo de emergencia en mi corazón y pulmones, los médicos en este triste puesto de frontera me mostraron algunas postales del interior y me dijeron que mi siguiente parada sería con el oncólogo. Una especie de sombra se estaba extendiendo sobre los negativos. La noche de esa terrible mañana se suponía que debía ir al Daily Show de Jon Stewart y aparecer en un evento que tenía las entradas agotadas en el Upper East Side: una conversación con Salman Rushdie. Mi breve campaña de negación tomó esta forma: no iba a cancelar estas apariciones o decepcionar a mis amigos o perder la oportunidad de vender una pila de libros. Me las arreglé para llevar adelante ambos shows sin que se notara nada, aunque vomité dos veces, con una extraordinaria combinación de precisión, prolijidad, violencia y profusión, justo antes de cada presentación. Esto es lo que hacen los ciudadanos del país de los enfermos cuando se están aferrando desesperadamente a su viejo domicilio.
A su manera, esta nueva tierra da la bienvenida. Todo el mundo sonríe tratando de ofrecer apoyo y parece que no hay racismo en absoluto. Prevalece un espíritu igualitario, y los que dirigen el lugar obviamente llegaron a ese puesto gracias a sus méritos y su trabajo duro. Las contras son que el humor es un poco tonto y repetitivo, que casi no se habla de sexo y que la cocina es el peor destino que yo haya visitado. El país tiene un lenguaje propio –una lingua franca que se las arregla para ser al mismo tiempo boba y difícil, y que contiene palabras como ondansetron, para nombrar la medicación antináuseas–, así como algunos gestos inquietantes a los que cuesta tiempo acostumbrarse. Por ejemplo, un oficial que uno recién conoce puede abruptamente hundirte los dedos en el cuello. Así descubrí que mi cáncer se había extendido a los nódulos linfáticos, y que una de estas deformes bellezas –ubicada en mi clavícula derecha– era lo suficientemente grande como para ser vista y sentida. No es bueno cuando un cáncer es palpable desde afuera. Especialmente cuando, en este punto, no sabían cuál era el origen primero. El carcinoma trabaja astutamente desde adentro hacia afuera. La detección y el tratamiento con frecuencia trabajan más lentamente, de afuera hacia adentro. Se me insertaron muchas agujas en el área de la clavícula y me dijeron que los resultados de la biopsia tardarían una semana.
Trazando el recorrido de las células cancerígenas reveladas en este estudio, se tardó bastante más que eso para descubrir la desagradable verdad. La palabra “metástasis” fue la escrita en el informe que atrajo mi mirada y mi oído. El alien había colonizado un poco de mi pulmón, así como mi nódulo linfático. Y su base de operaciones original estaba localizada –-había estado localizada por bastante tiempo– en mi esófago. Mi padre había muerto, y muy velozmente también, de cáncer de esófago. Tenía 79. Yo tengo 61. En cualquier tipo de carrera que la vida pueda ser, abruptamente me había convertido en un finalista.
La notable teoría de los estadios de Elisabeth Kübler-Ross, en la que uno progresa desde la negación hasta la ira, desde la negociación hasta la depresión y de allí a la eventual dicha de la aceptación, no ha tenido demasiada aplicación en mi caso por ahora. De alguna manera, supongo, he estado en negación por mucho tiempo, quemando la vela por ambos extremos y sintiendo que daba una luz muy hermosa. Precisamente por esa razón no me veo frunciendo el ceño en shock, ni me escucho rezongando sobre la injusticia de todo el asunto: he desafiado a la Guadaña para que dirija su filo hacia mí, y ahora he sucumbido a algo tan predecible y banal que incluso llega a aburrirme. La ira estaría fuera de lugar por la misma razón. En cambio, me siento oprimido por una sensación de desperdicio. Tenía planes reales para la siguiente década y sentía que había trabajado duro para lograrlos. ¿Realmente no voy a vivir para poder ver a mis hijos casados? ¿Para volver a ver en pie al World Trade Center? ¿Para leer –o escribir– los obituarios de villanos como Henry Kissinger o Joseph Ratzinger? Pero entiendo esta especie de no-pensamiento por lo que es: sentimentalismo y autocompasión.
El estadio de la negociación, sin embargo. Quizás haya una vía de escape ahí. La negociación oncológica es que, a cambio de al menos la oportunidad de unos pocos años útiles, uno accede a someterse a la quimioterapia y después, si tiene suerte con eso, la radiación o incluso la cirugía. Así que éste es el trato: usted se queda un tiempo más, pero a cambio vamos a pedirle unas cosas. Estas cosas pueden incluir tus papilas gustativas, tu capacidad de concentración, tu capacidad de digerir y el pelo de tu cabeza. Parece un intercambio razonable. Desafortunadamente también incluye enfrentarse con uno de los más atractivos clichés de nuestro lenguaje. Ya lo escucharon. La gente no tiene cáncer: la gente lucha contra el cáncer. Nadie que te desee lo mejor omite esta imagen combativa: podés vencer esto. Incluso está en los obituarios de los que perdieron la lucha, como si uno pudiera razonablemente decir de alguien que ha muerto después de una valiente y larga lucha contra la mortalidad. No se aplica a los enfermos cardíacos o renales.
Yo adoro el imaginario de la lucha. Con frecuencia deseo estar sufriendo en una buena causa, o arriesgando mi vida por el bien de otros, en vez de ser un paciente en riesgo. Déjenme informarles, sin embargo, que cuando uno está sentado en una habitación con otros finalistas, y gente amable trae una bolsa transparente de veneno y la enchufa en tu brazo, y uno lee o no un libro mientras el veneno se introduce en tu organismo, la imagen del ardoroso soldado o del revolucionario es la última que aparece. Uno se siente hundido en la pasividad, se disuelve en la impotencia como un terrón de azúcar en el agua.
Estas son mis primeras reacciones acerca de estar enfermo. Silenciosamente estoy resuelto a resistir físicamente lo mejor que pueda, aunque sea pasivamente, y buscar el consejo más avanzado. Mi corazón y mi presión sanguínea y otros registros están recuperados: de hecho, se me ocurre que si no hubiera tenido una constitución tan corpulenta, hubiera vivido una vida mucho más saludable hasta aquí. Contra mí está el alien ciego y sin emociones, alentado por muchos que alguna vez desearon verme enfermo. Pero del lado de la continuidad de mi vida hay un grupo de brillantes y generosos médicos, además de un asombroso número de grupos de plegaria. De estas dos cosas espero poder escribir la próxima si, como decía siempre mi padre, se me permite.
Christopher Hitchens, el agudo y polémico ensayista inglés que hace años se mudó a Estados Unidos y lo convirtió en el centro de su mirada, dio a conocer estas líneas en la última edición de la revista Vanity Fair, después de comenzar el tratamiento contra el cáncer que le descubrieron cuando arrancaba la gira de presentación de sus memorias, Hitch 22. En la Argentina se acaba de editar el libro de ensayos Amor, pobreza y guerra (Debate).

Leer más

¿Creen en dios los científicos?

Escrito por Roger Corcho en El Mundo
Se acaba de conceder el premio Templeton al biólogo evolutivo Francisco Ayala por conciliar ciencia y fe. Ayala es un científico prestigioso, conocido en Estados Unidos sobre todo por haberse opuesto con firmeza a los grupos conservadores que pretendieron imponer la teoría pseudocientífica del diseño inteligente como alternativa al darwinismo. De origen español y nacionalizado estadounidense, Ayala tiene profundas convicciones religiosas, opuestas al fundamentalismo y a la lectura literal de la Biblia. Considera que ciencia y fe se ocupan de parcelas distintas y complementarias de la realidad. La ciencia trata sobre procesos naturales, mientras que problemas como el significado de la vida recaen del lado de la religión. Los límites son precisos: ni la fe puede ocuparse de cuestiones materiales ni la ciencia puede inmiscuirse en lo supernatural. Tesis parecidas son defendidas también por Francis Collins, que fue uno de los directores del Proyecto Genoma Humano. Para este médico, los descubrimientos científicos, en realidad, nos aproximan a dios.
Frente a discursos conciliadores como éste, investigadores como el zoólogo Richard Dawkins o el físico Steven Weinberg han plantado cara a la religión por considerarla enemiga de la razón y del progreso. Dawkins ha impulsado recientemente una campaña para juzgar al Papa por su responsabilidad en los casos de pederastia dentro de la iglesia. Además de promover el ateísmo con campañas publicitarias, o de organizar encuentros como la Convención Global Atea -celebrada en Melbourne a mediados de marzo de 2010 -, Dawkins es el autor del best seller El Espejismo de Dios, en el que argumenta que la existencia de dios es muy improbable, la fe supone renunciar a pensar, y la religión es malsana e irracional.
Estos intelectuales defienden que los relatos y creencias religiosas suponen un desafío al sentido común, con ángeles que dictan libros, muertos que resucitan, o las 72 vírgenes que esperan en el paraíso a la llegada del terrorista muerto en la yihad. Apuntan que en el momento de inventar paraísos, la imaginación no tiene límites y se sirve de una cacharrería espiritual que incluye milagros y demonios. Para el filósofo estadounidense Daniel Dennett, los dioses monoteístas no son más que rémoras infantiles comparables con Papá Noel. Pero si las creencias y narraciones religiosas no resisten un mínimo análisis racional, ¿por qué están tan extendidas? ¿Por qué creen los seres humanos en ideas tan absurdas?
Todas las culturas. Por otro lado, aunque la religión forme parte de todas las culturas, eso no quiere decir que sea beneficiosa. Según Dennett, «la gripe común se encuentra también en todas partes, pero eso no significa que sea buena para nosotros». Existen estudios científicos multidisciplinares del fenómeno religioso que han señalado, por ejemplo, que la religiosidad no es un rasgo meramente ambiental, sino que existe una carga genética y unos rasgos cognitivos que predisponen hacia lo sobrenatural. También se ha demostrado empíricamente que la religiosidad incrementa la confianza y favorece las conductas altruistas, da sentido a la vida y atenúa el miedo y el sufrimiento. Para Lionel Tiger, nuestro cerebro habría creado la religión para disminuir el estrés y la incertidumbre; las iglesias serían «fábricas de serotonina» (neurotransmisor que inhibe la agresividad y la pulsión sexual), instituciones creadas por el cerebro para sobrellevar con más éxito el hecho de vivir.
Estos datos dan a entender que el ser humano obtiene numerosos beneficios de la religión, lo que explica su fuerza y arraigo en todas partes del mundo (con la excepción de algunos países europeos como Suecia). Por contra, los ateos constituyen una minoría desorganizada y poco militante. En el caso español, las encuestas del CIS confirman que el 6,1 % de los españoles es ateo, lo que es previsible por el éxito de las procesiones de Semana Santa. A nivel mundial no existen estudios definitivos, pero giran en torno a cifras semejantes.
Sin embargo, entre la comunidad científica estos valores se invierten. En un estudio realizado en 1914 por el psicólogo James Leuba, una mayoría de científicos estadounidenses se declaró atea. Cuando focalizó su estudio exclusivamente al conjunto de científicos más prestigiosos, el número de ateos subió hasta el 70%. En 1996 se repitió la misma encuesta con resultados semejantes, y con una coincidencia interesante: al estudiar a la elite de los científicos, solo el 7% afirmó ser creyente. Es decir, lo inverso a cuando se analizan las creencias de la población estadounidense. Estas cifras cuestionan los citados discursos bienintencionados que armonizan ciencia y fe: aquéllos que se dedican a la investigación científica y al conocimiento sistemático del mundo son propensos de forma abrumadora -aunque con excepciones- a rechazar la existencia de entidades sobrenaturales o a creer en la inmortalidad.
Si el ser humano tiende naturalmente a la religión, no puede explicarse por qué tantos científicos sean ateos. Sería precipitado, sin embargo, concluir que la formación intelectual actúa como un escudo contra la religiosidad. Según la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey) de 2005, que contiene datos sobre las creencias religiosas según el nivel educativo del encuestado, el porcentaje de ateos entre las personas con estudios universitarios (14,8 %) es inferior al de las personas con estudios secundarios (17,2 %).
¿Es la religión una infección mental que tiene cura? ¿O es una necesidad natural? Los sociólogos Lois Lee y Stephen Bullivant afirman, con las encuestas en la mano, que la tesis ilustrada -«Donde reina la Razón, Dios se retira»- queda impugnada y que la segunda alternativa no tiene sentido por el alto índice de ateos presente en algunas comunidades y países. También aseguran que ha llegado el momento de emprender estudios científicos de la comunidad atea, similares a los que existen sobre los creyentes. Estaremos a la expectativa de sus resultados.
Escrito por Roger Corcho en El MundoSe acaba de conceder el premio Templeton al biólogo evolutivo Francisco Ayala por conciliar ciencia y fe. Ayala es un científico prestigioso, conocido en Estados Unidos sobre todo por haberse opuesto con firmeza a los grupos conservadores que pretendieron imponer la teoría pseudocientífica del diseño inteligente como alternativa al darwinismo. De origen español y nacionalizado estadounidense, Ayala tiene profundas convicciones religiosas, opuestas al fundamentalismo y a la lectura literal de la Biblia. Considera que ciencia y fe se ocupan de parcelas distintas y complementarias de la realidad. La ciencia trata sobre procesos naturales, mientras que problemas como el significado de la vida recaen del lado de la religión. Los límites son precisos: ni la fe puede ocuparse de cuestiones materiales ni la ciencia puede inmiscuirse en lo supernatural. Tesis parecidas son defendidas también por Francis Collins, que fue uno de los directores del Proyecto Genoma Humano. Para este médico, los descubrimientos científicos, en realidad, nos aproximan a dios.
Frente a discursos conciliadores como éste, investigadores como el zoólogo Richard Dawkins o el físico Steven Weinberg han plantado cara a la religión por considerarla enemiga de la razón y del progreso. Dawkins ha impulsado recientemente una campaña para juzgar al Papa por su responsabilidad en los casos de pederastia dentro de la iglesia. Además de promover el ateísmo con campañas publicitarias, o de organizar encuentros como la Convención Global Atea -celebrada en Melbourne a mediados de marzo de 2010 -, Dawkins es el autor del best seller El Espejismo de Dios, en el que argumenta que la existencia de dios es muy improbable, la fe supone renunciar a pensar, y la religión es malsana e irracional.
Estos intelectuales defienden que los relatos y creencias religiosas suponen un desafío al sentido común, con ángeles que dictan libros, muertos que resucitan, o las 72 vírgenes que esperan en el paraíso a la llegada del terrorista muerto en la yihad. Apuntan que en el momento de inventar paraísos, la imaginación no tiene límites y se sirve de una cacharrería espiritual que incluye milagros y demonios. Para el filósofo estadounidense Daniel Dennett, los dioses monoteístas no son más que rémoras infantiles comparables con Papá Noel. Pero si las creencias y narraciones religiosas no resisten un mínimo análisis racional, ¿por qué están tan extendidas? ¿Por qué creen los seres humanos en ideas tan absurdas?
Todas las culturas. Por otro lado, aunque la religión forme parte de todas las culturas, eso no quiere decir que sea beneficiosa. Según Dennett, «la gripe común se encuentra también en todas partes, pero eso no significa que sea buena para nosotros». Existen estudios científicos multidisciplinares del fenómeno religioso que han señalado, por ejemplo, que la religiosidad no es un rasgo meramente ambiental, sino que existe una carga genética y unos rasgos cognitivos que predisponen hacia lo sobrenatural. También se ha demostrado empíricamente que la religiosidad incrementa la confianza y favorece las conductas altruistas, da sentido a la vida y atenúa el miedo y el sufrimiento. Para Lionel Tiger, nuestro cerebro habría creado la religión para disminuir el estrés y la incertidumbre; las iglesias serían «fábricas de serotonina» (neurotransmisor que inhibe la agresividad y la pulsión sexual), instituciones creadas por el cerebro para sobrellevar con más éxito el hecho de vivir.
Estos datos dan a entender que el ser humano obtiene numerosos beneficios de la religión, lo que explica su fuerza y arraigo en todas partes del mundo (con la excepción de algunos países europeos como Suecia). Por contra, los ateos constituyen una minoría desorganizada y poco militante. En el caso español, las encuestas del CIS confirman que el 6,1 % de los españoles es ateo, lo que es previsible por el éxito de las procesiones de Semana Santa. A nivel mundial no existen estudios definitivos, pero giran en torno a cifras semejantes.
Sin embargo, entre la comunidad científica estos valores se invierten. En un estudio realizado en 1914 por el psicólogo James Leuba, una mayoría de científicos estadounidenses se declaró atea. Cuando focalizó su estudio exclusivamente al conjunto de científicos más prestigiosos, el número de ateos subió hasta el 70%. En 1996 se repitió la misma encuesta con resultados semejantes, y con una coincidencia interesante: al estudiar a la elite de los científicos, solo el 7% afirmó ser creyente. Es decir, lo inverso a cuando se analizan las creencias de la población estadounidense. Estas cifras cuestionan los citados discursos bienintencionados que armonizan ciencia y fe: aquéllos que se dedican a la investigación científica y al conocimiento sistemático del mundo son propensos de forma abrumadora -aunque con excepciones- a rechazar la existencia de entidades sobrenaturales o a creer en la inmortalidad.
Si el ser humano tiende naturalmente a la religión, no puede explicarse por qué tantos científicos sean ateos. Sería precipitado, sin embargo, concluir que la formación intelectual actúa como un escudo contra la religiosidad. Según la Encuesta Mundial de Valores (World Values Survey) de 2005, que contiene datos sobre las creencias religiosas según el nivel educativo del encuestado, el porcentaje de ateos entre las personas con estudios universitarios (14,8 %) es inferior al de las personas con estudios secundarios (17,2 %).
¿Es la religión una infección mental que tiene cura? ¿O es una necesidad natural? Los sociólogos Lois Lee y Stephen Bullivant afirman, con las encuestas en la mano, que la tesis ilustrada -«Donde reina la Razón, Dios se retira»- queda impugnada y que la segunda alternativa no tiene sentido por el alto índice de ateos presente en algunas comunidades y países. También aseguran que ha llegado el momento de emprender estudios científicos de la comunidad atea, similares a los que existen sobre los creyentes. Estaremos a la expectativa de sus resultados.

Leer más

Cuando religión y cultura se separan

Cuando religión y cultura se separanEren Güvercin: Una mayoría de suizos votó a favor de que se prohibieran los minaretes; Francia y Bélgica están en medio de un profundo debate acerca de la prohibición del pañuelo para la cabeza y el velo islámico. En Alemania, también, el debate sobre el islam a menudo bordea con la histeria. ¿Por qué están los europeos tan preocupados con los símbolos religiosos y las religiones “extranjeras”?

Olivier Roy: El debate en Europa ha cambiado en los últimos 25 años de la inmigración a los símbolos visibles del islam. Lo que quiere decir que incluso aquella gente que se opone a la inmigración tiene ahora que reconocer que la segunda y tercera generación de emigrantes está aquí para quedarse y que el islam ha echado raíces en Europa. Y el debate ha hecho un cambio peculiar: mientras que la postura anti-emigración estaba asociada primeramente con la derecha conservadora, el islam está ahora sometido a los ataques de ambas, derecha e izquierda, pero por diferentes razones. La derecha cree que Europa es cristiana y que el islam debe tolerarse pero como una religión inferior. Mientras el principio constitucional de libertad religiosa previene de prohibir el islam, se aprovecha cada oportunidad para limitar su visibilidad; El Tribunal Europeo de Derechos Humanos, por ejemplo, no se personó para parar que en Francia se prohibiese el velo islámico en las escuelas.

La izquierda argumenta a favor del secularismo, derechos de las mujeres y en contra del fundamentalismo: se opone al velo no tanto porque es islámico, pero porque parece contradecir los derechos de las mujeres. Así, como vemos, detrás del debate sobre el islam hay cuestiones mucho más complicadas: la cuestión de la identidad europea. A pesar de que la izquierda y la derecha toman muy diferentes posturas en relación con esto, estamos viendo el nacimiento de nuevos movimientos populistas (tales como el Partido para la Libertad en Holanda, de Geert Wilders) que combinan las dos aproximaciones, esencialmente con la ideas de la derecha pero usando argumentos de la izquierda.

En su libro usted dice que los grupos fundamentalistas como al-Qaida no tienen nada que ver con la tradición islámica. Pero en Europa la ideología fundamentalista se ve como la esencia del pensamiento tradicional. ¿Cómo explica esta contradicción?

La clase de terrorismo practicado por al-Qaida no tiene historia ni musulmana ni cristiana. En un fenómeno enteramente nuevo. Si consideramos sus manifestaciones – terroristas suicidas, matar a los secuestrados, civiles como blanco – esos eran métodos que se usaron antes al-Qaida por otras organizaciones: los Tigres de Tamil, por ejemplo usaban ataques suicidas; la extrema derecha en Italia fue responsable de las bombas en Bolonia en agosto de 1980; y la filmación en vídeo de la ejecución de rehenes en Iraq por al-Qaida es una escenificación, acto por acto, de la ejecución de Aldo Moro por las Brigadas Rojas, con la bandera y el logo de la organización en el fondo, el rehén esposado y las ojos tapados, el “juicio” de pega con la lectura de la “sentencia” y la ejecución. El modus operandi de Al-Qaida y su organización, el declarado enemigo del imperialismo de EE UU, el reclutamiento de jóvenes musulmanes educados en Occidente o convertidos al islam, todo esto indica claramente que al-Qaida no es la expresión del islam tradicional o incluso, del Islam fundamentalista; es una forma nueva de entender el islam,  cubierto con la capa de la ideología revolucionaria occidental

¿Cómo explica usted el éxito de tales movimientos o ideologías tan radicales? ¿Están realmente vinculadas a la pobreza y a la marginalización?

No. Ninguna investigación ha indicado una correlación entre pobreza y radicalización. Hay muchos más sauditas que nativos de Bangladesh en los movimientos del islam radical, de hecho no hay nativos de Bangladesh. Yo creo que la lucha actual es una continuación de la vieja confrontación entre los movimientos anti-imperialistas basados en el Tercer Mundo con Occidente y específicamente los EE UU. Bin Laden dice comparativamente poco acerca de la religión, pero habla acerca del Che Gevara, colonialismo, cambio climático, etc. Al-Qaida es obviamente un movimiento generacional, está hecho de jóvenes que se han distanciado de sus familias y de su ambiente social y que incluso no están interesados en sus países de origen. Al-Qaida tiene un asombroso número de convertidos entre sus miembros, un hecho que se reconoce pero que no ha recibido suficiente atención. Los convertidos son rebeldes sin causa que, hace treinta años, se hubiesen afiliado a la Facción Armada Roja o a las Brigadas Rojas, pero que ahora optan por el movimiento de mayor éxito en el mercado del anti-imperialismo. Están todavía en la tradición occidental revolucionaria milenaria que ha vuelto a la idea de establecer una nueva y más justa sociedad. Los nuevos movimientos son profundamente escépticos acerca de construir una sociedad ideal, lo que explica la dimensión suicida, también presente en la RAF.

Algunos europeos mantienen que la cultura europea es fundamentalmente cristiana, y que todo lo que sea islámico es problemático y extraño para Europa. ¿Qué dice a esto?

Dicen eso al mismo tiempo que el Papa Benedicto XVI, al igual que su antecesor, Juan Pablo II, regaña a Europa por rechazar e ignorar sus raíces cristianas. El debate sobre la libertad sexual, aborto, derechos de los homosexuales etc. no es una confrontación entre europeos y musulmanes, sino entre laicistas, en un lado – los cuales existen también en la comunidad islámica – y creyentes conservadores en el otro, sean musulmanes, católicos o judíos ortodoxos. Europa está profundamente dividida acerca de su propia cultura: los laicistas consideran la Ilustración (con sus derechos humanos, libertad, democracia) el verdadero certificado de nacimiento de Europa, mientras ciertas facciones orientadas hacia el cristianismo creen que la Ilustración llevó al comunismo, ateísmo e incluso nazismo.
¿Hay riesgo de que la islamofobia sea una realidad europea?

Esto, también, depende de cómo definamos islamofobia. ¿Es solo otra definición de racismo, y especialmente racismo contra la gente con nombres musulmanes, cualquiera que sea su religión? ¿O es el rechazo de una religión? Hay militantes anti-racistas que están en contra del velo islámico – entre feministas, por ejemplo – y hay racistas que piensan que el velo es irrelevante pues consideran a los musulmanes la quintaesencia del “otro”. Lo que hace esto insostenible es la falta de distinción entre una cuestión étnica y otra religiosa. Por supuesto que la mayoría de los musulmanes europeos son originarios de otras culturas, pero la conexión entre una cuestión etnicista y otra, religiosa, se está diluyendo – con europeos convirtiéndose al islam y musulmanes convirtiéndose a la cristiandad. Hay ateos “árabes” y “turcos” y más y más musulmanes quieren ser reconocidos como miembros de una comunidad confesional, pero no necesariamente como miembros de una comunidad cultural no europea. Tenemos que saber distinguir entre “comunidades étnicas” y “comunidades de fe”, porque estos son fenómenos diferentes que necesitan abordarse por diferentes vías.

¿Cómo deben los políticos lidiar con esas religiones globalizadas que se han apartado de sus culturas?

Yo creo que son precisamente esas religiones – más bien que las instituciones establecidas como la Iglesia Católica – las de mayor éxito hoy día. No tiene sentido luchar contra esta tendencia, particularmente en países en los que la libertad religiosa está escrita en la constitución. Por el contrario, debemos reforzar la separación entre la iglesia y el estado asegurando la igualdad religiosa total – no en el sentido de un multiculturalismo religioso, sino mirando con ojo a las condiciones bajo las cuales una comunidad de fe puede aceptar ejercer sus derechos – con una forma neutral y claramente definida de libertad religiosa, dentro del marco de las leyes existentes

Los medios frecuentemente promocionan una dialéctica de liberal contra islam radical. ¿Cuál es su opinión sobre esta terminología y juicio de valores que implica?
Yo no creo que un creyente necesite elegir una interpretación “liberal” de su religión para hacer de él un buen ciudadano. Y no estoy convencido de esas llamadas a una “reforma islámica”. Los que están clamando por un Lutero musulmán nunca han leído a Lutero. No fue liberal de ninguna manera y fue también un declarado antisemita. La idea de adaptar a los musulmanes a un contexto occidental, no tiene nada que ver con la teología, es mucho más sobre las prácticas personales y el esfuerzo de los propios musulmanes en adaptarse. Tratan de reconciliar sus prácticas en un medio ambiente occidental, y encuentran las herramientas necesarias para esto dentro del propio medio ambiente. A largo plazo estos cambios se trasladarán a reformas teológicas de diverso grado, pero no tiene sentido asociar modernidad con liberalismo teológico. Hacer esto es distorsionar la historia o confiar en quimeras.

Olivier Roy es director de investigación del CNRS (Centre National de la Recherche

Scientifique) y dicta classe en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (EHESS) y en el Institut d’Etudes Politiques (IEP) en Paris. Sus libros incluyen

“Secularism Confronts Islam”, «Globalized Islam», «The Politics of Chaos in the Middle East», «The Search for a New Ummah» (Columbia University Press) «The Afghan-Pakistan Connection» (Mariam Abou Zahab).

Eren Güvercin es un periodista “ freelance”

Traducción de Fernando Peregrín

Leer más

Un hombre en la Ciudad

autor: Arcadi Espada en  Diarios de Arcadi Espada

Entre las ruinas del Partido Socialista de Cataluña todavía hay un hombre. Ángel Ros, el alcalde de Lérida. El alcalde lleva una lucha ejemplar y pionera contra el burka, al que quisiera erradicar de la ciudad. Su actitud contrasta vivamente con los apaciguadores socialdemócratas. Sea la alcaldesa de Cunit, que protegió a un imán acusado de agredir a una mujer. Sea la ministra Aído, que recita sobre el burka lo que aprendió de sus abuelitos: prohibido prohibir. O sea, ayer mismo, el ministro Chaves, que trata al presidente de la comunidad de Melilla como si el presidente Imbroda fuera el extranjero moral. ¡Que lo es, claro, dada su militancia! El alcalde de Lérida es uno de los escasos ejemplos de convicciones y nobleza que ha dado en los últimos tiempos la vida política española, y mi único temor es que su partido pretenda aprovecharlo. (Bueno: en realidad no es mi único temor. A diferencia de otras retóricas, el enfrentamiento abierto con los islamistas tiene riesgos precisos). No le falta razón a Mourad El Boudouhi, el jefe islamista de Lérida que acaba de presentar unas alegaciones contra la decisión de prohibir el burka en las dependencias municipales, cuando dice que «Lérida parece una propiedad privada, fuera de este país.» En efecto: hay algo de ajenidad en la actitud del alcalde respecto a lo que es habitual en los socialdemócratas. Las alegaciones de Boroudi, sin embargo, son también interesantes por otros motivos. Ha dicho, por ejemplo: «Nadie tiene derecho a hablar y decidir por esas mujeres.» Hay que obviar la galería de sarcasmos que provocan estas palabras en boca de un islamista. Lo interesante es que Boroudi utiliza un argumento de raíz liberal del que se apropia, sin problemas, la flexible socialdemocracia. Un argumento que, en el fondo, fiel a su raíz, ignora y desprecia el espacio público, pretendiendo que sus normas comunes pueda fijarlas cada cual. El problema público de las mujeres veladas (como el de los toros embolados) no es que sean humilladas: es que son humillantes.

El cambio a peor del espacio público en cuya creación participó es la peor pesadilla de un ciudadano. Una Melilla marroquí. Una Cataluña catalana. Un Gibraltar español. Cualquiera de estas posibilidades satisfaría a los muertos y a los dioses de cada respectivo. Pero el cambio sería desmoralizador para los vivos. Una característica indiscutible de nuestra vida ha sido la constante mejora de las condiciones físicas y morales del espacio público. Igualdad y luz, ésta es la Ciudad. Resulta alentador que un alcalde se resista a verla convertida en una chabola de sombras.

Leer más

La ciencia natural de la moral

La fundación Edge ha organizado este verano el seminario The new science of morality en el que han participado Roy Baumeister, Paul Bloom, Joshua D. Greene, Jonathan Haidt, Sam Harris, Marc D. Hauser, Josua Knobe, Elizabeth Phelps y David Pizarro (todas las ponencias se pueden ver en la web). Este conjunto es una muestra muy representativa de la psicología y la filosofía moral contemporánea, y según el mismo resumen de la fundación, sus resultados podrían estar convergiendo en un agenda común sobre el estudio científico de la naturaleza humana. Como indica Jonathan Haidt, la ciencia natural de la moral vive de hecho una «edad de oro» después de que Trivers y Wilson anunciaran en los años setenta una «Nueva síntesis» entre el pensamiento biológico y los temas morales. Naturalmente este «paradigma» tiene consecuencias más amplias de las que involucran a una pequeña élite académica. Por de pronto, consecuencias pedagógicas. Hoy por hoy, enseñar a la ciudadanía «ética» o «moral» sin teoría de la evolución, primatología o teoría de juegos, es una estafa.

Aunque la ciencia natural de la moral es una empresa escrupulosamente empírica y descriptiva, que en principio no ofrece «mandamientos» a seguir, ni una doctrina universal, es difícil imaginar que pueda dejar intacto el campo mismo de la acción moral, en particular cuando el método de las ciencias positivas contrasta tan fuertemente con el enfoque «tradicional» basado en el dogma, la fe y la autoridad. Sam Harris, como siempre el más atrevido, propone un proyecto de ciencia moral basado en la «persuasión»que va mucho más alla del afán descriptivo. Su objetivo sería limar los prejuicios culturales y cognitivos arraigados en las culturas y en la naturaleza humana que impiden la maximización del «bienestar humano». Respondiendo a la famosa pregunta de Adorno y Horkheimer: pensar es posible después de Auschwitz, pero es imprescindible recuperar el prestigio de la ciencia positiva y la tradición empirista de la integridad intelectual, lo que por cierto exige un cambio de actitud bastante drástico en los filósofos y científicos sociales de este momento. Harris:

En 1947, cuando las Naciones Unidas estaban intentando formular una declaración universal sobre los derechos humanos, la Asociación Antropológica Americana dio un paso al frente para decir que no se podía hacer. Esto sería simplemente endilgar una noción provincial de los derechos humanos al resto de la humanidad. Cualquier noción de derechos humanos es el producto de la cultura, y declarar universal una concepción de los derechos humanos es algo intelectualmente ilegítimo. Esto era lo que nuestras mejores ciencias sociales pudieron hacer con el crematorio de Auschwitz aún humeando.

Sam Harris publicará en octubre su último libro: Moral landscape: How science can determine human values.

Publicado por nuestro colaborador Eduardo Robredo Zugasti en La revolución naturalista

Leer más
Página 17 de 26« Primera...10...1516171819...Última »

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR
Aviso de cookies